EROS LLORA (Escrito por JOEL FORTUNATO)
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Payada de la madre

Autor/a: jrma
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 07/10/2012
Leído: 1138 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

los payadores elogian el valor de la madre
Dedicado a Carmen Álvarez Menéndez, madre del autor

ESTAMPA PRIMERA:


EL VIEJO-. Ya con su lento derroche
llega, lenta, la alborada,
a esta tierra alborotada
por su magnífico broche.
Vedla en su mágico coche,
recorriendo las alturas:
rompiendo sombras oscuras
muestra toda su belleza
y a lucir su luz empieza
en las abruptas llanuras.
Con qué gusto cada aurora
nos enseña su reflejo,
pues vive en ella el espejo
del fuego que se demora.
Valiente llama atesora
cuando se ve soberana,
que, como estrella lejana
de las pampas argentinas,
sus cabriolas peregrinas
en sus brillos engalana.
Corre la brisa agitada
y, tornándose alegría,
hace la mañana fría
en su clara llamarada.
Su rara luz apagada
lentamente se convierte
en el fuego del sol fuerte,
con todos sus resplandores.
LA CHINA-. Hoy vendrán los payadores
a probar si tienen suerte.
Porque su ingenio derrama
en el verso más hermoso
el dulce color goloso
de la ambición de la fama.
Porque se canta y declama
sin tener buenos dineros.
EL JOVEN-. Vengan acá, compañeros,
que, si ustedes lo prefieren,
y sabrán lo que dijeren
en sus versos verdaderos.
EL VIEJO-. Júntense ya, que ya vienen
los payadores cansados
de los caminos andados
que las horas entretienen.
Déjenlos que, antes que cenen,
podrán cantar a su gusto
en medida y verso justo,
lidiando en tamaño reto.
EL JOVEN-. Al talento me someto
y de su reto me asusto.
Pasemos a la cantina
para escuchar ese canto.
EL VIEJO-. Pasá vos, pues, entre tanto,
me quedo yo en esta esquina.
Pasate vos con la china,
que los he de recibir.
LA CHINA-. No sé qué puedas decir
a esa gente tan sesuda,
pues son gente a la que ayuda
Dios en su gran decidir.
EL ARRIERO-. Digo lo mismo que el viejo,
y es que, en su sabiduría,
los viejos la cortesía
tienen en el entrecejo.
Yo seguiré su consejo
y espero aquí a esos señores,
que vienen los payadores
que bien saben platicar
con el arte de cantar
sus tristezas y dolores.

La china y el joven pasan a la cantina.

EL VIEJO-. Este momento dichoso
de escuchar al payador
de la vida es lo mejor.
EL ARRIERO-. Siempre el canto es generoso.
¿Vos te acordás de Donoso,
que cantaba noche y día,
y jamás se confundía
en el arte de cantar?
La muerte lo halló al payar,
oyendo lo que decía.
EL VIEJO-. Ellos son gente esforzada,
que tanto trabajo tiene
el que improvisa, que viene
el alma a su ser cansada.
EL ARRIERO-. Una vez una payada
escuché con devoción,
cuando, al tocar su canción,
el payador me hizo un guiño:
era entonces solo un niño
y él era el famoso Antón.

Llegan ya los payadores.

EL MANCO (señalando a uno)-. Ese es Manuel el Pampero,
que ayer de su tierra vino.
EL VIEJO-. Al otro dicen Silvino,
y canta con más esmero.
EL ARRIERO-. Pues yo al primero prefiero
por su voz y su guitarra.
EL VIEJO-. El otro mejor amarra
el verso en rima constante,
y es la rima consonante
la de Silvino Cimarra.

ESTAMPA SEGUNDA:

Dentro de la cantina. Todos se han acomodado en torno a los payadores, salvo dos borrachos que casi dormitan en el fondo de la sala. Los payadores toman alientos.

PAYADOR 1-. Hablan los vientos callados
cuando recorren, con calma,
ese paisaje del alma
que los mira alborotados.
Y los versos, derramados,
siempre escapan por los ojos,
entre lágrimas y antojos
de los ánimos heridos
de los gauchos encendidos
hasta en sus mismos despojos.
Dicen del viento que es cierto
que, furibundo, se lanza,
si a los ingenios alcanza,
al recorrer el desierto.
Yo, con ingenio despierto,
comparezco en este lance,
para dar al viento alcance,
si que lo alcance precisa,
que, sutil como la brisa,
sé salir de cualquier trance.
Y, con mi ingenio valiente,
os digo a vos, compañero,
que no es el cantar ligero
entre toda nuestra gente.
Conviene bien ser prudente
y valerse de consejo,
pues ya del sol el reflejo
se ve perderse en un monte
y, de horizonte a horizonte,
del crepúsculo es reflejo.
La noche llega calmada
tras las horas de trabajo,
y, pues la guitarra trajo,
cantar quiero una payada.
Así pues, la noche entrada,
mayor ingenio despunta,
y aquí va pues la pregunta,
por si podés responderla,
que sé que habrás de saberla,
según mi mente barrunta.
Por el dolor lastimero
que a tanta madre le daña
por el hijo de la entraña,
compadre, preguntar quiero.
Y ya su respuesta espero
y quiero bien que me diga
por qué ese dolor obliga
y es el dolor más hiriente
el de la madre doliente
por esos hijos que abriga.
PAYADOR 2-. Pues de la entraña venidos,
los hijos son misma entraña,
lo que al uno a la otra daña,
hasta después de nacidos.
Y es que después de paridos,
no es posible caso alguno
que alguien diga inoportuno
donde admirar separados
hijo y madre, pues, juntados,
son en espíritu el uno.
De esta manera le digo,
que la madre más amante
es un alma delirante
si ve al hijo sin abrigo.
Y en el canto me fatigo
con insistir en la idea,
que nunca hay madre que vea
triste al hijo con su duelo
y no le venga recelo
de cualquier dolor que sea.
Los instintos naturales
a madres con hijos ligan
y a quererlos las obligan,
y a sufrir todos sus males.
Lo mismo en los animales
lo podés vos contemplar,
que al hijo dan de mamar
y le dan el alimento,
aunque buscarle el sustento
la vida pueda costar.
Sabé que payando vivo,
estimado compañero,
y que en todo soy sincero,
y nunca me muestro esquivo.
Pues este bien que recibo
en el arte de cantar
me permite disputar
hasta con el más plantado,
y, pues vos has preguntado,
ahora os toca contestar.
La pregunta, señor mío,
de esta manera la haré,
de modo que respondé
templado, pues ya hace frío.
¿De dónde saca su brío
por defender la criatura,
toda madre que se apura,
ya animal o ya persona,
que su vida no perdona
y toda su fuerza apura?
PAYADOR 1-. Del alma, si no del pecho,
con encono y emoción
acaso del corazón,
de sufrimiento desecho.
Renunciando a su provecho,
a todo bien y a la vida,
del dolor que arde en la herida,
por ser dolor compartido,
el del muchacho vencido
y el de la madre rendida.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
CANTOS Y PAYADAS
Todos los derechos reservados.





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