Se desata la tormenta cuando empiezas a descifrar una millonésima parte del jeroglífico, lo que corresponde a solo un miserable tornillo de la máguina más grande que puedas imaginar. Y entonces, la ilusión se convierte en decepción.
Ese maldito tornillo destruye tus esquemas, tu estructura, incluso derrumba lo poco en lo que creías creer. Te contradice, te prueba, pero sobre todo te atrae, te gusta, lo necesitas...
¿ Y que haces entonces? Lo tiras a la basura contradiciendolo tu a él y deseando, pensando que algún día recuperarás ese tornillo y que algún otro día conseguirás la máquina entera.
¡Ilusa otra vez!
-----------------------------
Primero despierta la ilusión, aparentemente fuerte, condenadamente vulnerable, que tarde o temprano sucumbe ante el fantasma de la decepción, que al fin y al cabo, siempre será un fantasma que ayudado por la esperanza sembrará la duda.
La duda, aparentemente molesta, increíblemente necesaria, nos hace pensar y deriva en la anhelada y ansiada respuesta.
Podemos suponer entonces que la ‘’cantidad’’ de inteligencia es directamente proporcional a la intensidad y al número de veces que se repite este cotidiano proceso, invisible a ojos de muchos, incluyendo a veces los míos.
La inteligencia se puede definir de muchas formas (todo se puede definir de muchas formas) y nunca sabremos cual es la más correcta, la que más se acerca a la perfección. Pero no importa lo que es, lo que importa es lo que puedes hacer con ella. Puedes convertirte en el malvado que siempre quisiste ser y triunfar con un plan brillante para destruir el mundo o puedes ser el héroe y salvarlo. Pero yo creo que lo que de verdad te da la inteligencia es la capacidad de elegir con criterio. Dicen que no hay elecciones buenas ni malas, si no elecciones distintas…puede que sea verdad, puede que las elecciones sean buenas o malas a ojos de los demás. Yo elijo seguir ilusionándome para algún día reunir la inteligencia necesaria para saber elegir que hacer con ella.