Una vida en la encrucijada, capitulo 2 (Escrito por Santonio)
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Esclavo de un castigo

Autor/a: Jesus Cano
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 07/06/2015
Leído: 444 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

¿Qué castigo merece un hijo al pedir imposibles caprichos? ¿Y el padre al concederlos? La respuesta desvela porque la humanidad no perece, a pesar de los esfuerzos de un temeroso dios.
Raquel caminó con dificultad hasta la ventana, no podía abrirla. En el hospital todas eran fijas. Aun así disfrutó de la vista, desde semejante altura el panorama era espectacular. Divisó en la distancia al viejo mendigo, casi se lo imaginó más que reconocerlo. Pero estaba segura. Agudizó su vista un poco extrañada, en las afueras, surgiendo de la espesa arboleda, le parecía divisar un edificio blanco. Estaba muy lejos y, a causa de la medicación, la vista se le nublaba por momentos. No conseguía recordar aquella rara construcción. Sin perder la ventana de su mirada, caminó de espaldas hasta sentarse en la cama. Fantaseó con la muerte, dándole forma humana. Pero no con capucha negra y azada, en su mente era un joven escalador, que pausadamente trepaba por la fachada del alto hospital. ¿Para qué correr? Tenía la victoria asegurada. Tal vez por eso las ventanas no se podían abrir, para no darle facilidades. Existen lugares que niegan su propia descripción. Donde la percepción individual es diferente en cada sujeto, y en ocasiones contraria. Algunos creen que están muy en el interior de la mente, confusos entre la imaginación y la ciencia. Otros piensan que su ubicación es inalcanzable, a infinita distancia de la humanidad. - Hijo. Te he mandado llamar ante la necesidad de una explicación, sobre una duda que solo tú puedes aclarar. - Me asombras, padre. Pensé que todo lo sabías. - No en este caso. Desde que mis manos modelaron la creación, tu mirada evita la mía y tus palabras son cada día más ausentes. ¿Qué es lo que mella nuestra relación? - Que tú te lo preguntes ya es una respuesta. Es ley y justo que me sienta inferior a ti. Pero deseo la igualdad ante mis hermanos. A todos les concediste algo… Todos son dueños de la creación; Uno de la luz, otro de la oscuridad, al mayor le regalaste los elementos, y al más cercano a mí los sentimientos humanos. Y así sucesivamente con todos. ¡A todos les pertenece algo! ¿Y yo, padre? ¿No merezco nada? - ¿No te das cuenta que al llegar a ti mis manos estaban vacías? Ya no quedaba nada por otorgar. - Te equivocas, padre. Sí queda algo para mí. - ¡Imposible! Nada me pasó por alto. - La irrealidad. Concédemela y también seré dueño de tu obra. - No puedes pedirme eso. La irrealidad pertenece a la inexistencia. Si la creo para ti perderá la esencia de su sentido. ¡Sembraría el caos! Todo lo imposible sería posible. No puedo hacerlo. - Hay una manera; Créala para mí y ocúltala donde nadie la encuentre. De esa forma, el concepto de su inexistencia perdurará… ¡Ocúltala en el fondo del mar! - No es suficiente. El ser humano sondeará cada metro de los océanos. - ¡Pues en la cumbre de la montaña más alta! - No. Todas las montañas serán coronadas. Ni el espacio es seguro. Déjame pensar, probablemente halle un lugar donde el ser humano no alcance. - Estoy seguro de ello, conozco tu sabiduría. - No estés tan seguro… Jamás pensé que el ser humano llegara tan lejos. Ha de ser un lugar donde no quieran, y no donde no puedan. El hijo se alejó satisfecho e ilusionado, dejando tras de sí a un padre temeroso de su propia obra. Jamás se planteó el alcance de la misma hasta ese instante. Nadie conocía la historia de Caín. Ni tan solo su nombre. Por esto y por su desagradable carácter, fue bautizado así por casi toda la ciudad de Tarrasa. Cualquier portal era perfecto para pasar la noche y casi todo era comestible. Muchos lo habían visto comerse las mondas de las patatas que encontró en las basuras. Y si alguna beata pretendió ganarse su trocito de cielo acercándole un plato caliente, él la ahuyentó con escupitajos y blasfemias. El hedor de sus ropas anunciaba su llegada, y pronto quedaba sólo cuando asomaba su gris mirada bajo las peludas cejas. Colmado de locura, caminaba por las calles gruñendo no se sabe qué. Durante muchos años se le supuso que tendría unos sesenta. Los niños decían que fue un rico dentista, que un día no pudo aguantar un dolor de muelas y se hizo mendigo. Algunos que lo vieron sin el mugriento abrigo, comentaban que su cuerpo era huesudo, y que en su brazo izquierdo había una enorme cicatriz desde el codo al hombro, partiendo en dos el tatuaje del nombre de una mujer. Algo raro para un dentista. Despertó sobresaltado, palpó su blanca barba esperando encontrar la causa del horrible pinchazo en el pecho. Entonces, de un salto, se puso de pie y, maldiciendo, se deshizo del abrigo en busca de algún bicho. No sería la primera vez. ¡Nada! Ahora no encontraba el abrigo. ¿Tan lejos lo tiró? La verdad es que poco veía, aún menos en aquella vieja casa abandonada. La tenue luz de la luna se filtraba por los rotos ventanales como caprichosa neblina, pero no era suficiente. Gateando recorrió la dirección por donde suponía que el abrigo cayó. Por fin sus dedos dieron con la preciada pana. Su índice se coló por un agujero en la tela… sin duda era su abrigo. Una vez se lo puso marchó de la ruinosa casa de campo. Vestigio de una añeja burguesía catalana, extinta como aztecas y zares. En su desordenada cabeza, cortaron su pensamiento afilados recuerdos. No los reconocía, aparecían de súbito, nítidos y concisos, para desaparecer dejando solo un eco de su existencia. Una confusa silueta como pista de su haber. La sensación era caótica y agradable, como relámpagos de intenso placer, que nacían, culminaban y morían en un escaso segundo. - ¡Adiós templo a la verdad! – Gritó sin mirar atrás - ¡Que en tus paredes se desvele lo más oculto! Sonrió ante su propia ocurrencia. Y la sonrisa forzó las marcadas arrugas de su rostro, que habían perpetuado una desagradable mueca. ¡Qué extraño! Sentía la gran necesidad de comunicar lo que siempre callaba. ¿Qué le sucedía? Innumerables ideas asomaban por los rincones de su mente; historias jamás contadas, sucesos que nadie supo y se perdieron por los infinitos caminos del desconocimiento. Cuando cerraba los ojos podía percibir colores nunca visto, tonos capaces de causar todas las sensaciones conocidas, así como otras indescriptibles. Bajó el camino de tierra y piedras corriendo con la ansiedad de un niño. Tan corta era la vida, que le faltaría tiempo. El espesor de los árboles ocultó la cúpula del templo, mientras en sus paredes se dibujaban signos ortográficos relatando la más oculta verdad. Jade y cristal… Alabastro y mármol. Pobres materiales para una construcción que jamás debió existir. El mendigo posó sus pies en el asfalto y contempló la ciudad que ahora se le antojaba sensual. Limpió con un rápido gesto las babas de su barba y corrió a una plaza donde dentro de pocas horas podría encontrar niños. Un temor acudió a él, pero pronto lo superó. Ya pasaron muchos años y fue muy lejos, como para que nadie sepa que mató a uno. A la distancia que recorre un pensamiento: – Hijo, no sabes cuál es mi pesar al llamarte esta vez. – ¿Qué sucede, padre? – Escondí tu posesión donde nadie quería saber que guardaba… En un lugar oscuro y cerrado por dentro con el resentimiento. – Si, lo sé. En el corazón de un repulsivo mendigo. – Pero el mendigo ha decidido compartir sus sentimientos. –Lamentó el padre pensativo- Lo que en su corazón oculté era tan extraordinario que no lo pudo retener. - ¡Eso es catastrófico! ¡Sembrara la irrealidad! - ¡No! No lo hará, tú lo evitarás. – ¿Cómo, padre? - ¡Mátalo! Tan unida está a él la irrealidad, que sólo tornará a la no existencia con el cuerpo y alma de Caín. Ése será tu castigo por egoísta. - ¡Padre! ¡Solo pedí tener lo mismo que mis hermanos! - ¡No te conformaste con la igualdad de mi amor! Quisiste posesiones. - No podré hacer semejante acto… - No más palabras. Cumple con tu destino Abel. Las palabras del padre se mezclaron con su figura, cada silaba formó parte de su piel, y cada centímetro de su ser se confundió con su propia voz. Gesticuló con la mano, tal vez a modo de despedida. Pero sus movimientos se disipaban en el entorno. Abel agudizó la vista. Si estaba en aquel lugar era porque Caín andaba cerca. Miró con asombro su atuendo, jamás ninguna tela había cubierto su cuerpo. Los tejanos le molestaban al igual que la camiseta blanca. La fresca brisa acarició su faz y experimentó un escalofrío ante la nueva experiencia. Estaba en las afueras. A orillas de un boscoso valle que acunaba la ciudad. Desde allí se divisaba todos los edificios, discordes entre sí, formando un insulso laberinto que enrevesada los destinos de los que allí habitaban. Destacaban altas chimeneas, tal vez el desalmado ladrillo pretendía alcanzar el cielo destacando su soberbia. Su verde y fría mirada nadaba, en los entreabiertos ojos, como grietas en su morena tez. Pero nada parecía darle una pista de la situación del mendigo A su derecha, un crudo polígono industrial no cesaba de bramar quejidos metálicos que, en la distancia, se mezclaban con el tumulto de los automóviles. Las industrias se filtraban por la ciudad para aparecer en los extremos. Centrando su atención en las carreteras y claros, percibió a sus espaldas un extraño gruñido, probablemente de un cerdo de granja. A aquella distancia bien podría ver al mendigo si caminaba por la parte de la ciudad próxima a él. Le extrañó la poca familiaridad de los edificios, tan diferentes y desacordes como la más horrible de las composiciones. Pues para un dios, hasta la variedad debía tener sus constantes. El equilibrio era la constante única para toda existencia. El gruñido a sus espaldas se tornó rítmico. “Tal vez una cerda de parto” – Supuso. Ahora su asombro fue mayor. Aquello que corría por las aceras eran niños. ¿Se abrían equivocado al situarlos en semejante ciudad? A primera vista no estaba diseñada para tales aventureros. El gruñido alzó su tono hasta la impertinencia. Abel se giró sobresaltado. Si la cerda estaba cerca y encima de parto… ¡Podía morderle! La supuesta cerda resultó ser un andrajoso anciano tirado en la hierba, durmiendo con feroz entusiasmo. Su rostro era tan grotesco como sus ronquidos. El huesudo brazo derecho le hacía de almohada, mientras la mucosidad se secaba en el blanco bigote. El muchacho reconoció a Caín, y un temor sin fin azotó su razón. Inclinándose arrancó una florecilla silvestre que se marchitó al contacto con sus dedos… Testimonio de una profecía irreversible donde sus manos deberían dar la muerte. Aferró una gran piedra y caminó hacia el mendigo. – “¿Y si no es suficiente?” – Sopesó la piedra – “Si tengo de atizarle dos veces, él me mirará a los ojos.” Dio dos pasos más. – “Si del primer golpe no lo mata… Oiré sus quejidos. ¡Jamás los olvidaré!” Sus pasos comenzaron a vacilar. – “Pero si en vez de gritar me pregunta por qué… ¿Le arreo otro piedrazo o le respondo?” Con cuidado soltó la piedra para coger otra mucho más grande. Al levantarla, unos cuantos bichos corrieron en todas direcciones molestos por el desahucio Ésta no la pudo alzar sobre su cabeza, con tal peso sólo consiguió apoyarla sobre su vientre mientras la sostenía con ambas manos. Así, a cortos pasos entre bufidos y tropezones, consiguió aproximarse. Con tan poca fortuna que su sombra fue proyectada sobre la faz de Caín, el cual abrió sus grises ojos para observarlo con tranquilidad. Abel quedó paralizado sintiéndose taladrado por aquella mirada. Ante el peso de la culpa, los segundos se le antojaron cojos, mientras la brisa se mofaba correteando entre las plantas. - ¿Qué…? ¿Qué miras? – consiguió balbucir el perplejo dios intentando disimular su asombro, mientras unas delatoras gotitas de sudor recorrían su frente. Las fuerzas flaquearon y la piedra resbaló de sus manos. Aunque cayó en su pie, a él le pareció oír el chasquido del cráneo del mendigo al romperse. Caín proseguía mirando con calma cómo el muchacho se retorcía de dolor aferrando su pie. Hurgó con el meñique en su nariz, aproximándolo a sus ojos para ver el producto de su búsqueda. Tras unos segundos de admiración rascó su mejilla, dejando pegada en la barba la seca mucosidad. Por fin hablo con sosegada voz: – Veo que has traído una piedra para poderte sentar a mi lado y hablar. – Dijo con la misma tranquilidad que miraba. – ¿Eso crees? – Preguntó limpiándose una lágrima. - ¿Para qué si no? – Alzó sus pobladas cejas. - ¡Para eso! Para eso mismo. –El temor recorrió su espalda como una sacudida eléctrica. – Pues tú dirás. – Se sentó con los pies cruzados, ofreciendo una alta gama de hedores de su cuerpo al fino olfato del muchacho. Abel encontró su mente vacía. ¿Qué podría decir? Tal vez media verdad sería suficiente. No necesitaba más para alejar aquel desgraciado demente de la sospecha. A fin de cuentas, media verdad equivalía a una mentira entera. - ¿Es justo que un hijo, que pide peligrosos caprichos a su padre, aprenda la lección deshaciéndose él mismo de lo conseguido? No obtuvo respuesta, el anciano observó la piedra que utilizaba de asiento el joven. Limpió las secas babas de su bigote pellizcando con las uñas, con delicadeza las depositaba en la yema de su dedo escrutándolas con curiosidad. Tras un tedioso instante comenzó a sacudir la cabeza haciendo crujir su cuello como ramas secas. El resultado fue satisfactorio, pues una sonrisa de placer se dibujó en su faz. Y tornó a mirar atentamente al muchacho como si esperase aún la pregunta. A punto estuvo Abel de insultarlo, presa de la ansiedad que aquel grotesco ser le provocaba. Pero Caín comenzó a hablar, tal como aquellas viejas maquinas que de pronto comienzan a funcionar sin que nadie lo espere. – El hijo es el alumno y el padre el maestro. –Susurró respondiéndose para sí. – Pero estos papeles no cesan de intercambiarse. –Proseguía mientras se limpiaba la mugre de las uñas con los dientes- ¿Qué castigo merece el padre? – ¡Te he preguntado por el hijo! – Se indigno por semejante falta de respeto. - ¡Sí! –Chasqueó sus dedos sacudiendo la saliva– Pero todo esto es provocado por el padre. ¡Él no debe conceder esos caprichos al hijo! - ¡NO! ¡El hijo le pide…! – No te líes. Todo lo demás es fruto de la falta del padre. – Sacudió su diestra al aire empujando la condescendencia hacia Abel. - ¡Eres un ser horrible y estúpido! –Estalló en su impotencia. – En eso puedes tener razón. –Respondió levantándose- Pero en lo demás no. ¡Me voy! Tú ya tenías tu respuesta ¿Para qué quieres la mía si no la aceptas? Tan seguro no estarás de la tuya. Dicho esto el mendigo se alejó sin cesar de gruñir manoteando. Se detuvo a unos metros, y alzando ambas manos negó con la cabeza, tras esto miró severamente al muchacho durante unos segundos, y prosiguió su camino. - ¡Te maldigo, padre! –Gritó Abel mirando al cielo- Ya he conocido a Caín… Y me ha planteado dudas. –Miró a la piedra- ¿Por qué no saltaste sobre su cabeza? Se fijó en la mancha de sangre en forma de “U” que su pie había dejado en ella. Bien podía ser una irónica sonrisa. Sentado en la piedra observó el asedio de la noche. La ciudad también se resistía a algo tan natural, luchando, prolongando la agonía del día con una triste diálisis de filamento y cristal. Ahora los coches destacaban mucho más, con sus faros devorando la oscuridad. En el pequeño espacio que abarcaban aquello parecía gran cosa. Un rojizo quiño destacaba entre las sombras. Esto llamó la atención de Abel que, levantándose de la traicionera piedra, caminó hacia él adentrándose en la ciudad. Tras una precipitada bajada alcanzó su meta. Penetró en el prostíbulo, alzando su cabeza para echar una última mirada a la roja estrella de neón que destellaba sobre el local cómo sutil reclamo. – “Una guió para que no se perdieran… Y ésta guía a la perdición” –Pensó mientras abría la metálica puerta. Se sentó a unos metros de la barra, frente a una pequeña mesa, en un minúsculo sofá de oscura tela. Sus rodillas chocaron con el perfil de la mesa que, al parecer, estaba clavada al suelo. Frente a él, en la barra americana, una prostituta daba sorbitos a una copa mientras miraba y sonreía con descaro al trajeado hombre del otro extremo. Una bella mujer de color paseaba cruzando el local, regocijando en la tenue luz aquellos senos que se desbordaban por el ceñido escote. A su derecha unas siluetas ocupaban más sofás, que bordeaban la circular pista de baile. El rumor apenas dejaba percibir la música, dulce pero irreconocible. - ¿Me invitas a una copa? Abel la miró con admiración. Su rubio era falso, pero no la claridad de su piel y su mirada jade. - ¿Cómo te llamas? – Percibió el meloso perfume de la mujer mezclado con el sudor. – Rusia… ¿Y tú? ¡Qué bonita voz! ¡Quebrada y fresca! Tal como chaparrón en la sequía. Jugueteó con su ondulada melena, que cayó sobre la mitad visible de su pecho. Su ceñida blusa azul celeste perdía brillo en las zonas de roce. Probablemente ya era vieja, pero cara en su momento. - ¿De verdad te llamas Rusia? –Alzó una ceja desconfiado. – Si vienes en busca de la “verdad” te has equivocado de iglesia. –Sonrió con picardía. -¡No me creo que te llames Rusia! - ¡Mira, niño! –Enronqueció su voz- ¡Que para hacer el censo está el ayuntamiento! - ¡Nada! ¡Nada! –Pacificó- Pues Rusia. Su falda de gasa transparentó una huesuda rodilla que estuvo a punto de romper la magia. - ¿Y esa copa? –Se impacientó apoyando sus puños en la cintura. – No podría pagarla. - ¡Cómo! ¿Y qué haces aquí sin plata? ¡A ver si va ha ser verdad que venias a por el censo putero! – Quiero olvidar. –Miró su maltrecho pie. La prostituta meditó con maligno gesto. Sus carnosos labios mostraron enormes y blancos dientes, mientras dibujaban una sonrisa. – Puedes hacer una apuesta, si la aceptan y ganas podrás beber hasta reventa. Eso se estila mucho en este local. – Hizo un exagerado gesto con los ojos al camarero, el cual marchó de la barra para alcanzar una poblada mesa. - ¿Y si pierdo? – Pagarás a aquel grupito de allí. –Señaló, con un gran índice, a cinco hombres del fondo. Los cuales hablaban con el camarero y señalaban al muchacho. - Ellos no vienen a buscar mujeres y tú eres todo un capricho. Seguro que te cubren la apuesta. - No te acabo de entender… ¿Qué apuesto? – algo de lo que los demás no te crean capaz. –Rió con falsedad- ¿eres capaz de volar? Yo no lo creo. Vuela y ganarás. – De acuerdo, apostaré. Pero si gano, quiero todo lo que pida en la barra. - ¡Espera, cariño! –Puso la palma de su mano en el pecho de él.- Eso habrá que avisarlo. ¡Aquí da alergia la barra libre! Rusia se acercó al camarero e intercambió unas palabras. Este se alzó de hombros y camino hacia el “grupito” el cual, tras una escrutadora mirada a Abel asintieron con exagerados aspavientos. El camarero llamó con un gesto al muchacho. - ¿Qué eres capaz de hacer? – Preguntó entornando sus pequeños ojos. – Puedo marchitar una flor con sólo tocarla. Rusia tornó a reírse con aquellas carcajadas tan practicadas. Sus enormes senos bailaron a la par, y medio oscuro pezón asomó por el raido escote. Definitivamente, rompió la magia. - ¿Pero cómo? ¿La tocas y a la semana se chuchurre? –Se informó con desconfianza. – Al instante y ante todos. - ¡APUESTA! –Gritó el camarero- Me parece que te vas a agachar más esta noche que en toda tu vida buscando caracoles. Rusia rió otra vez. Pero ya no había magia por romper. Abel la miró a las rodillas y se le antojó que por ahí le asomaba el alma. Los curiosos aparecieron entre la neblina de humo, mientras el “grupito”, sabedor ya de la apuesta, discutía algo sobre turnos. Uno de ellos se levantó sonriendo al muchacho. Su ropa era juvenil a pesar de tener unos cincuenta años, lucía una perilla blanco platino, tal como las finas patillas que morían en ella. El resto del pelo era demasiado oscuro para ser natural. Sus castaños ojos asomaban por encima de enormes y oscuras ojeras. – ¡El tío dice cargarse las flores con sólo tocarlas! –Informó el camarero.- Sólo hace falta la pasta del que no lo crea y una flor. Si no lo consigue, los “Niños de San Vicente” cubren la apuesta. El grupo alzó los brazos aullando, y varios billetes cayeron sobre la barra. Algunos se acercaban curiosos, ya que no eran ese tipo de apuestas las que se estilaban en aquel local. De entre las más curiosas, la de aquel enano que aseguraba poder con cinco prostitutas, una detrás de otra. O el joven borracho, que juró poderse meter el mango de una cucharilla por la nariz. Este acabó en el hospital, y nunca más volvió. Ahora hablaban de marchitar una flor, y los asiduos buscaban el truco en algún juego de palabras o efecto visual. - ¡Eso quiere decir desvirgar a una tía! –Gritó un gordo, mientras bailaba su puro apagado entre sus labios, dándoselas de listo.- ¡Y eso lo hace cualquiera! - ¡Pues no serás tú! –Le contestó otro.- ¡Porque con esa cara, en cuanto te acerques sale la tía corriendo como los conejos! - ¿Y esa flor? –Preguntó el camarero con una enorme sonrisa mirando al entorno.- ¿Es que no hay ninguna florecilla por aquí? Una delgada muchacha se abrió paso entre los curiosos y desprendió una rosa de entre sus negros rizos, ofreciéndosela a Abel. Él no puedo evitar mirar aquella cara, sus castaños ojos mostraban cicatrices de anciana. Sus labios, a pesar de ser finos, destacaban en aquella pálida tez. Se separaron un instante, mostrando dos blancos incisivos algo separados entre sí. Pero aquello no mermó su agridulce sensualidad, tan solo tildaba de simpatía su severa aura formando un extraño equilibrio. Tendría treinta años, tal vez veintitantos muy mal gastados. Alzó la rosa hasta el rostro de él, pues no mediría más de uno sesenta. Abel la recogió percibiendo la poca firmeza de aquella mano. La rosa se marchitó ante la ovación de los apostadores. La dueña de la maltrecha flor siguió con la mirada uno de los ajados pétalos, que cayó con lentitud al suelo para ser pisoteado por lo presentes. El “grupito” cesó de discutir, uno de ellos dejó el vaso con ira sobre la mesa y maldijo entre sientes. Era delgado y huesudo, no paraba de sudar, y del bolsillo de su azul traje sacaba un pañuelo a cada instante, para secarse el sudor del cuello como si de un tic se tratara. Su vidriosa mirada quedó posada en la mesa mostrando frustración. Había ganado mucho dinero con la apuesta, pero el dinero le sobraba, hubiera preferido otro resultado. El camarero aferró el brazo de la muchacha que ofreció la flor: - ¡Eh! Picarol. De todas las putas tú eres la peor. ¿No estás compinchada con el gilipollas ése? - ¿Qué pasa? –Tiró de su brazo liberándolo- ¿Eras el primero en el turno? –sonrió mostrando manchas de nicotina. – Muy graciosa. –enrojeció de rabia. - ¡TÚ! –Señalo a Abel alzando una ceja.- ¿Quieres algo más de mí? Sesenta euros con ducha. Él negó con la cabeza. Picarol se giró con lentitud en busca de un posible cliente, el blanco vestido le colgaba hasta medio muslo literalmente, pues para aquel cuerpo tan delgado nada bien quedaba semejante prenda. Alzó su escuálido brazo acariciándose la nuca, mientras desaparecía entre la muchedumbre y los destellos de los focos de colores. Abel miró al camarero: – Quiero olvidar. – Sin problemas. –Dijo recogiendo algunos billetes de la barra, producto de la apuesta.- ¡Esto es tú parte! –Alzó en su mano unos cuantos.- ¡Marchando un cubata! Picarol se dirigió a un cincuentón que le hacía gestos con la mano. Se sentó junto a él con practicada elegancia, a la par que depositaba su mano en el muslo del posible cliente. Este soltó dos risotadas encogiendo su papada, y al mover la cabeza, uno de los coloridos focos se reflejo en su resplandeciente calva. Cruzaron escasas palabras, ambos se levantaron y rodeando la pista de baile, accedieron a una puerta cercana a la barra. Tras cruzarla caminaron por un estrecho pasillo, a su izquierda mostraba varias puertas repintadas en blanco, y frente a ellas una fila de posters sin enmarcar de cantantes ya extintos. Picarol penetró por una de las puertas que yacían abiertas con la mirada perdida al frente, y su acompañante la cerró al pasar. Transcurrieron varias horas hasta que Abel descubrió el nombre del camarero. No creyó que aquello fuera exactamente olvidar, sino que la embriaguez y el malestar sustituían al recuerdo. - ¡Héctor! –Gritó con torpe voz señalando un vaso vacío. Héctor lo miró de reojo, con aquellos ojos pequeños y juntos. Terminó de atender a un cliente y de dos pasos se acercó al vacío vaso. - ¿Otro? –Casi se asombraba. Su puntiaguda nariz relucía a causa del sudor. - ¿Por qué llevas el pelo tan corto? – Pregunto con sonrisa bobalicona y un ojo entornado.- Pareces… ¡Yo que sé! Pero algo pareces. - ¿Ginebra? –Lo ignoraba Héctor – Si te lo dejas crecer te beneficiará. -Balbucía- Todo lo que te tape la cara lo hará… ¡Ja! ¡Ja! –Y en la carcajada notó el amargor de la bilis en su garganta. El camarero se estremeció como si le hubiera dado frió. Al parecer era un vicio, pues aquel cuerpecillo no cesaba de dar respingos en los momentos más inesperados. Llenó el vaso con indiferencia, y mirando a Rusia señaló con el índice hacia el suelo, ella soltó una risotada que a Abel le molestó hasta el punto de odiarla. Alzó el vaso, pero resbaló de sus manos rompiéndose en el suelo. Miró entre sus rodillas a los pedazos que aún bailaban, y la inclinación lo desplomó sobre ellos. Notó cómo penetraban en su mano derecha, a la vez que el taburete caía golpeándole el herido pie. - ¡Pobrecito! ¡Pobrecito! –Exclamó uno del “grupito”, que con rapidez se aproximó posando su mano en el hombro del muchacho.- ¿Te has hecho daño? Te curaré en mi casa. ¡Veras qué bien! Yo soy casi medico. Abel miró su mano, no conseguía pensar con claridad, y su benefactor tiraba de su brazo con insistencia. - ¡Vamos! ¿A qué esperas? Mi coche está justo enfrente. Solo un paseíto y ya está. Su espontaneo amigo era el más joven del “grupito” Tal vez unos treintaicinco años, sus castaños ojos eran grandes y expresivos, destacando en aquella redonda cara morena. Desvalido miró a su entorno sin comprender nada. La sangre que manaba de la herida tiñó más pedazos de cristal y algunas colillas. Cuando su mirada se detenía en un lugar, el propio lugar comenzaba a moverse como el péndulo de un viejo reloj sujeto a su estomago. - ¡Vete con él! –Bramó Rusia en un intento de protagonizar el pequeño espectáculo.- ¡Te divertirás! ¡Ja! ¡Ja! ¡Carlos es todo un galán! Por fin se reincorporó, pero si el del “grupito” le soltaba estaba seguro de caer otra vez. Se aferró a lo primero que palpó su mano, pues sus rodillas cedían por momentos. - ¡Cuidado! –Gritó Picarol al notar el peso en su hombro. - Vamos, Cascabel. Ayúdame a llevarlo al coche. - ¡A mí no me metas en tus líos! –Forcejeó sin lograr soltar la mano de Abel.- ¡Carlos, que te conozco! - ¿¡A ti qué te importa!? ¡Sólo son cinco metros! –Protestó entornando los ojos con rabia. - ¡Maldita sea! –Comenzó a caminar hacia la puerta a la par que sujetaba a Abel por la cintura. Sentado en el asiento delantero del Alfa Romeo se sintió más seguro. Picarol cerró la puerta sin dejar de mirarlo a través de la ventanilla, Carlos se sentó frente al volante abriendo ambos cristales. - ¡Muchas gracias! – Déjalo dormir un poco y mañana le das puerta. –Casi susurró rendida por el cansancio. - ¡Pero qué dices! ¿Tú has visto que cuerpo? Y esa carita de ángel perdido. –Sonrió canturreando la última frase. - ¡Carlos! Es un crío… -Tomó aire de la fresca noche liberándolo con lentitud.- Tendrá veintidós años… - ¡Suficientes! –La miró con recelo. – Y además está borracho. –Alzó los delgados brazos con las palmas de las manos hacia arriba, como sujetando un gran trozo de entendimiento que ofrecía a su falto interlocutor. - ¡Pues sí que me ha salido humanitaria la puta! –Comenzó a enfadarse. Con rapidez, Picarol abrió la puerta trasera para sentarse de un salto. Carlos giró su cabeza con los dientes prietos, para enfrentarse a aquellos inmutables ojos vidriosos. - ¡Sal de aquí! – Llévalo a mi casa. –Ordenó ella con voz severa mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, - ¡Ni lo sueñes! ¿No ves, que una cosa así solo pasa una vez en la vida? –Casi plañió en un intento por hacerla comprender. – Si no lo haces te marco la cara. –Sonrió con maldad. - ¡Esto me lo pagarás! ¡Puta! –Rabió arrancando el auto. –No pienso olvidarme… ¡No! – Deja de replicar. ¿Quién sabe si en realidad te estoy haciendo un favor? Picarol quedó silenciosa y pensativa el resto del viaje. Su mirada se desvanecía en las rasgadas luces de los edificios. Sin saber por qué sintió ganas de llorar, pero se las compuso para evitarlo. Acarició la nuca de Carlos, tornando a reincorporarse en su asiento con gesto melancólico. - ¡Tía! ¡Estás muy rara! –Aceleró consciente de que la noche estaba perdida. Caín despertó sobresaltado por su propio grito. Sus grises ojos, desorbitados por el miedo, buscaban con desesperación la confirmación de que aquello era un sueño… Una horrible pesadilla. Miró al cielo y vio las estrellas. - ¡Malditas curiosas! –Les gritó alzando su crispado puño.- ¡Ciegas os quedarais todas! Observó la fuente junto a la que pretendió dormir tan sólo hacía un par de horas, redonda y de ancho muro, con un chorro central que alzaría un metro. Un gato, enorme y blanco, saciaba su sed posado en el borde. Caín limpiaba su sudor con la mano derecha, mientras que su izquierda asía un canto. La pedrada tiró al gato al agua, entre chapoteos y brincos alcanzó la orilla para desaparecer en la oscuridad. - ¡Ni “miau” ni leches! –Le gritó también al gato. Se sentó en el borde de la circular fuente. Ya no pensaba dormir más, pues tenía miedo de soñar otra vez lo mismo. Recordó el sueño con temor: Estaba en un gran salón de colores muy vivos. En un rincón yacía un pajarillo muerto, atravesado por la aguja de un reloj. Sobre él pendía de la nada un plato de cristal con un tenedor doblado. De unas ventanas, pintadas en las azules paredes, surgían risueños niños que se aproximaban a él para besar sus mejillas. Él, presa de la felicidad, tumbado en sendos cojines de plástico transparente, disfrutaba del amor de los niños. Uno de ellos le arrancó un mechón de la barba de un mordisco… Otro la oreja y se manchó masticándola. El pajarillo muerto alza el vuelo y el tenedor se endereza… Los niños continúan devorando la carne del mendigo, que con horror, ve asomar sus blancos huesos a la luz. Las caritas se manchan de sangre y el pajarillo se posa en el suelo… ¡Una rata ciega olfatea en busca del ave! Él intenta correr para apartar al pájaro del roedor, que lo tantea con su hocico, pero unas raíces de cristal le aprisionan los pies. La rata de un rápido gesto parte con sus afilados dientes el cuello del pajarillo. No se alimenta de su carne, emite un ensordecedor chillido de dolor. Cada vez hay más niños hambrientos. Actúan sin maldad, creen que los gritos del mendigo son parte del juego. Pide ayuda a un niño que no participa en el festín. Uno de ellos deja de comer y lo mira con profundo odio. Sonríe como un psicópata adulto y comienza a llorar… Entonces despertó Caín. Miró al agua de la fuente rascándose la nuca. – los niños… -Susurró con temor, pues en aquel instante disfrutaba de plena lucidez. Aquella lucidez que la casualidad le regalaba unos segundos, a veces minutos, de cuanto en cuando. La justa y necesaria para darse cuenta de su propia locura y desear así alejarse de la cordura por siempre. Recordó sus manos manchadas de sangre y sudor, y como su corazón se encogió hasta el infarto. El borroso diseño del suelo clavado en sus pupilas, mientras el riego sanguíneo se negaba a alcanzar su celebro. La muerte poseyendo su cuerpo fue espantada por el tardío tamborileo de su corazón… Una ráfaga de luces de colores lo tornó a su realidad: La locura. “Los niños…” susurró con temor. Escupió varias veces, y un hilo de saliva quedó pendiendo de su labio cual telaraña. Se alejó lentamente de la fuente caminando por la blanda tierra. Algo lo hizo girar bruscamente, y mirando al suelo agudizo su mirada. ¡Sus pisadas no dejaban huella alguna! - Ya no hay destino. –Se dijo para sí.- No vamos a ninguna parte. La noche envejecía caminando hacia su fin, tal como una oscura y misteriosa dama, que impasible buscara la llama más intensa y brillante para darse muerte. Tal vez porque nadie la comprende, ya que todo el mundo teme, cuando ella llega, lo que por el día miran con indiferencia. Abel abrió un ojo, el otro permanecía cerrado negándose a obedecer. Con sus dedos despegó el parpado sepultado por las pestañas y a saber qué porquería. Miró su mano, que le dolía horrores, la cual mostró un feo corte en el centro de la palma. El tobillo no le preocupó demasiado, era lo que menos le molestaba. Al mover la cabeza creyó que su cerebro chocaba contra el cráneo, como si estuviera suelto, provocándole un agudo dolor que acababa mordisqueándole detrás de las cuencas. Palpó en la oscuridad buscando un interruptor, pero el dorso de su mano topó con la pared. Chasqueó la pastosa lengua, intentando tragar saliva que sofocara el fuego de su estomago. Con la diestra tuvo más suerte y consiguió encender la luz. - ¡Donde estoy! –Se sobresaltó de pronto. En el centro del techo, pendiendo de un hilo eléctrico, una gran bola de papel iluminaba con avaricia la pequeña habitación. Nada contrastaba con nada. Frente a la cama de metal, junto a la puerta, una cómoda de madera barnizada lucía sobre sí un jarrón con once rosas. A la izquierda de la cama, pues su derecha estaba pegada a la pared, un armario de fórmica blanca presidía la estancia casi rozando la antigua mesita de chapa. Sobre la cabecera de la cama pendía un amarillento cuadro, representando el rostro de un demacrado hombre al cual no reconocía. “Jesús de Nazaret” Leyó al pie “Será el autor” Pensó ¡De pronto un sudor frío…! Como si se percatara en aquellos segundos se la situación; no sería capaz de vivir en aquel mundo de locos. Como un marinero en plena tormenta, sólo se había preocupado de mantener el barco a flote… Y ahora, con la calma, se percataba de los daños de la nave. Irrecuperables. Toda la rabia que se apoderaba de él la proyectó en la imagen de Caín… - ¡Maldito perro! .Pronunció sin separara sus dientes- ¡Te mataré! ¡No vales mi condena! Saltó de la cama con decisión. Pero su equilibrio fue truncado por una dolorosa punzada en su pie derecho. Levantando el pie se apoyó en el armario. Su mano tampoco colaboró; el corte de la palma arrancó un grito de su garganta mientras caía, con tan mala fortuna que su cara colisionó con la esquina de la mesita. Su ojo ardía a la vez que la frente se humedecía. Apretó sus dientes en un vano intento de superar el dolor, tras un sollozo alzó su rostro del suelo, y por el único ojo que ahora le funcionaba, vio caer gotitas de sangre que estallaban en las blancas losas. El otro ojo le escocía horrores invadido por la hemorragia. - ¡Es que en este mundo son todo golpes! –Se indignó. – no disculpes tu torpeza con todo el mundo. Abel miró incrédulo a Picarol que, firme ante la puerta, observaba con asombro. Lo contemplaba con los brazos cruzados, apoyando el hombro en el marco de la puerta. Esto daba una graciosa inclinación a su menudo cuerpo. – Tú eres… ¿La chica del bar? –La señaló desde el suelo. – Pues sí, te trajimos aquí anoche. –Se separó del marco con brusquedad. Para Abel las últimas palabras se perdieron en la lejanía. Su mirada nadaba por su rostro recorriendo la habitación hasta detenerse en Picarol, la cual proseguía hablando. El muchacho intentó prestar atención a las palabras, pero le resultó difícil escapar de aquel estado de ánimo, similar al pensativo en un éxtasis de observación y nada más. Ella calló al notar la pringosa mirada. Cruzó sus brazos bajo los flácidos pechos, pues aquel vestido ajustado; viejo uniforme laboral, negro como su profesión, destacaba en exceso el desnivel de sus senos. Con nerviosismo retiró una mano posándola en su hombro. El encaje del tirante estaba desgatado y recosido. - ¡Pero bueno! –Se enfadó- ¡Quieres recordarme toda la vida! ¿O qué? Como respuesta obtuvo una infantil sonrisa que la inundó de satisfacción. – Lávate la cara, la tienes ensangrentada. Te traeré una tirita… Aunque creo que eso no bastará. El golpe te ha dejado gilipollas. -dijo dirigiéndose por el pasillo y abriendo una puerta, sin dejar de caminar, desapareció por ella. Abel penetró por la puerta del fondo suponiendo que sería el aseo, un plato de ducha amarillento y agrietado, lucía un grisáceo moho en los bordes que sentaban en el suelo. Al inclinarse sobre el lavabo golpeó con el trasero la puerta y casi dio de dientes con el minúsculo estante de cristal, pero tan sólo derribó un estuche atiborrado de lápices de labios y esmaltes. - ¿Te has roto algo más? Sonó la voz de Picarol. - ¡Lo siento! - ¡Ya! Ya, ya. Poniendo un índice en cada lado de la herida oprimió con dolor. Un hilito de sangre manó de la rota ceja recorriendo su nariz, y la herida se abrió como una minúscula boca de dos centímetros. Tapándose la ceja con una bolita de papel higiénico penetró en el comedor. Picarol, sentada en un sofá de eskay granate, cortaba una sección de una tira de tiritas. Retiró su mirada de las tijeras. – Si quieres te lavo la ropa… Estás hecho un asco –Dijo observando la camiseta en su pretensión de ser blanca. A pesar de sentirse desvalido, en su faz perduraba el cariz de crueldad… La crueldad de un dios. Y ahora, de pie ante ella, su cuerpo dominaba el lugar. Una tenue voz anunciaba el comienzo de la guerra en algún lejano país, para dar paso a la siguiente noticia: Cientos de estrellas se apagaron a la vez la noche anterior. Tal vez un efecto óptico que dejó una gran mancha oscura en el firmamento, puede que la ovación de un lejano sol, y el polvo cósmico impedía la visibilidad. - ¡Que extraño! –Exclamó mirando la radio situada en la librería- Juraría que no tiene pilas… Me la habré dejado encendida. Ven, te pondré la tirita. Él observo las marcas de su brazo, punzadas con contornos azulados y alguna que otra dureza. - ¿Tú también estás herida? – No exactamente. –Sonrió- Esto son secuelas, las heridas quedan en el alma. – Que manera tan poética de expresarte para ser una drogadicta. - ¡Pues si sabes tanto…! ¿Para qué te haces el tonto? –Comenzó a enfadarse pegando la tirita con brusquedad. – Procuro informarme antes de confundirme… Cascabel le dio la espalda recogiendo un vaso con café de la mesa. Su cara tenia le expresión del rey que echan a patadas del trono por orden del bufón. – Pero me parece muy bien lo que tú hagas con tu cuerpo. - Abel intentó arreglar la situación. – Pero cada cual decidimos nuestro destino. - ¡Corta el rollo! –Bramó mirando a la defensiva. – ¡Que sabrás tu del destino! - Pues que cada uno elije qué camino seguir. –Casi susurró. Picarol se calmó al escuchar aquel argumento, su crispación paso a un tono maternal. - ¿Crees que un niño de tres meses elige sus caminos? –Le preguntó alzando las cejas. - No. Pero más tarde si lo hará –Razonó el muchacho. - ¡Ya! –Negó con la cabeza- más tarde… Más tarde ya tendrá unas nociones, unos fundamentos, unas ideas adquiridas que le condicionaran a elegir unos u otros caminos. - Pero todos… -Meditó un instante- Tenemos el libre albedrio en todo momento. - ¡No! Te equivocas. Nadie elige donde nacer. Pero eso define bastante las oportunidades. ¿Crees que nacemos racistas, valientes o mentirosos? - Podemos ser propensos a algo. –Sonrió victorioso. - ¿Sabes por qué hay tan pocos genios en la historia? –Dejo el vaso de café sobre la mesa. - ¡Claro! Porque la genialidad no abunda. –Tildó como algo evidente. - ¡Otra vez te equivocas! Por qué es una lotería, se han de dar varias circunstancias: La primera, que sea un genio; La segunda, la posibilidad en su entorno para explotar su genialidad; la tercera, que su obra se dé a conocer al mundo. - ¿Quieres decir que no decidimos nada? - Quiero decir que es mucho más complicado. - Lo complicado es entenderte. –Se le escapó una bobalicona risita. - ¡Bueno! –Se aproximó un paso a Abel.- Imagínate que el que sería l mejor nadador del mundo, nace en el núcleo de una familia pobre en medio del desierto. - ¡Pues lo dicho! No decidimos nada… - ¡Que sí! Nuestro destino lo escribimos nosotros. Pero en unas páginas que ya tienen unas pautas marcadas. - ¡Una mezcla de ambas cosas! –Resolvió.- No es que haya pocos genios… Lo que hay es mucho incomprendido. - Si nadie sabe de su existencia… No existe. - No estoy muy seguro de eso. –Puso cara de circunstancia. - Aun así, seguimos siendo responsables de nuestros actos. –Acarició las marcas de su brazo.- Pero con atenuantes, Por eso es mejor conocer toda la historia antes de juzgar. Abel saboreó el misterio que le inspiraba aquella mujer, pues ni los argumentos ni sus palabras parecían los de una prostituta común. Se sintió enormemente atacada cuando la llamó drogadicta. ¿Quería dar la imagen de lo que fue antaño? ¡Quién sabe! Tal vez de lo que le gustaría ser. – Te aseguro, Picarol, que comienzo a sentir curiosidad por tu historia. Ella soltó una carcajada rozando con ambas manos sus rizos negros, y con los restos de una antigua sonrisa lo miró. Recogió otra vez el vaso de café para darle un largo sorbo. – No creas que detrás de cada puta hay un bello relato. El mío se podría escribir en un billete de veinte euros… ¡Anda! –Sacudió la cabeza como para que los recuerdos salieran despedidos de su mente.- Quítate la ropa. El muchacho la miró con los ojos muy abiertos y una mueca de sorpresa. - También te informo. –Dijo ella con tono despreocupado. –Que entre ninfómana y prostituta hay una gran diferencia. Él alzó los hombros sin entender. - ¡Que lo que pretendo es lavarte esa ropa! - ¡Claro! ¡Claro! –Se ruborizó. - ¡Ves! Es imprescindible conocer toda la historia. Abel se deshizo de la camiseta con un rápido gesto. Sentándose en el sofá, junto a Picarol se quitó las bambas. – Pero… ¡El pie también! –Exclamó al ver la herida. – Una piedra. –Susurró sonriendo con gesto de resignación. Chasqueando la lengua aferró la camiseta alejándose de él, pero un impulso la hizo girar para admirar aquel cuerpo que ahora se despojaba de los pantalones. Había visto muchos hombres desnudos… Jamás semejante equilibrio. Presa de deseo, se sintió absorbida a la intención de abrazarlo. Una ola de calor nació en su estomago bullendo por cada poro de su cuerpo. Casi se asustó de semejante sensación desconocida para ella, y la ofuscación tiñó su tez mientras su garganta se secaba. – A ti no te gustó que te mirase así. –Alzó su cara con picardía señalándola con el dedo. - ¿De dónde has sacado esos calzoncillos? ¿Has atracado a algún jubilado? –Bromeó liberando la tensión. – Ocurrencias de mi padre. –Alzó los hombros tirándole los pantalones. – Tengo un equipo de tenis masculino en el armario, seguro que te va bien. - ¡Gracias! –Recostó su espalda en el sofá estirando las piernas. – Abel… - ¿Si? – No creo que tú me mirases así. Picarol caminaba hacia la cocina sin percatarse de cómo la expresión de Abel tornaba a la fría crueldad. Sumergiendo en el lodo de la hipocresía todo rasgo de inocencia. Un bramido metálico le sobresaltó. Era el timbre que, oculto en un rincón, asustaba como rápida araña a todo aquel que olvidara su presencia. - ¡Abre tú! –Gritó apoyándose en la lavadora. Él cojeó hasta la puerta, y abriéndola con la mano izquierda dejó asomar tras de ella a un delgado hombre. Bajo su fino y corto bigotillo chorreó una sonrisa que aún destacó más a causa de su morena piel. - Buenos días. –Pronunció con acento dulzón- ¿Está Picarol? – Si, pasa… Supongo. Picarol penetró en el comedor ofreciendo con un ademan el sofá al visitante. Pero sus ojos demostraron hostilidad. Sin mirar, tiró sobre Abel la muda de tenis. - ¡Navil! ¿Qué te trae por aquí? –Preguntó con tono de desconfianza. No dijo nada. Caminó hacia el sofá con mucha calma, tras sentarse y cruzar sus manos sobre las rodillas respondió: – Negocios, negocios. - ¡No! ¡No! ¡No! –Negó con el dedo como riñendo a un niño que toca algo que no debe.- Sabes que no puede ser, me conocen demasiado. Navil cruzó las piernas y la miró tranquilamente. Abel contemplaba la escena preso de ansiedad. Pues la calma y la lentitud de árabe era más un modo de vida que una actitud, y le molestaba a horrores. – Pues… ¿Cómo lo haremos? –Y golpeó con las manos las cruzadas piernas mostrando los dientes como caballo sano. – Tú sabrás. Yo no pienso participar en nada. –Retiró una silla de la mesa sentándose con brusquedad. –La última vez casi me pillan. Navil clavó sus ojos en el cenicero que yacía en la pequeña mesa de cristal frente al sofá. Extendió un largo y fino dedo aproximándolo para sí. – A esa cara inocente se le puede sacar mucho partido. –Dijo el árabe señalando con los ojos. Por las pupilas de Picarol asomó una felina rebeldía, y su mirada rasó la silueta de Abel para taladrar a Navil nuevamente. - ¡Déjalo en paz! ¡Te meterás en líos con él! –Señaló a Abel despectivamente- Es… Muy torpe. Navil se hizo el sordo. - ¿Quieres un trabajo? - ¡No quiere un “trabajo”! –Contesto Picaron con rapidez. - ¡Claro que sí! ¡Míralo! Ahí, sentado… -Alzo sus manos lamentando.- ¡Sin nada que hacer! ¡Claro que quiere un trabajo! Abel observaba la escena divertido mientras se vestía. Ahora, Picarol se dirigió a él con nerviosismo mal disimulado. – Mira si es porque… ¡Maldita sea! Te puedes quedar aquí… Sólo unos días. ¡Más bien pocos! Podrás solucionar tus problemas sin necesidad de hacer tratos con Navil. - ¡Gracias! –Se le iluminó la cara cómo a un chiquillo.- Te devolveré el favor. Por eso acepto el trabajo. - ¡A la mierda! –Tiró sus brazos hacia atrás como si se despojara del lastre. – ¡Muy bien! ¡Muy bien! –Felicitó Navil.- No te arrepentirás, muchacho. Hoy a las nueve baja al bar de esta misma esquina y espérame. Ahí te contaré que has de hacer y a qué precio. –Cerró los ojos unos segundos alzando su delgado índice.- ¡Te gustará! ¡Ya lo verás! – Sí… Dile el precio. –Susurró con ironía. – Pues… -Se levantó con su cansina calma.- Hasta luego. - ¡No te vayas! Necesito algo… -Dijo sin apartar la mirada de la mesa. Navil alzó su mano separando los dedos. – Sabes que nuca llevo nada encima. Pásate por el sitio que tú conoces. Picarol asintió mientras él abría la puerta. Ella miró a Abel con temor. – No sabes dónde te metes. La puerta se cerró sin golpe, con lenta calma. - ¿Por qué me has hecho esa oferta? - ¿Qué te quedes unos días en mi casa? No es gran cosa, pero no sé porque lo hago. Te veo desvalido, y sospecho que te hace falta. Abel sonrió con cara de niño malo y ella sintió otra vez la sensual picadura de aquellas facciones. – No vayas esta noche. –Manoteó en el aire aconsejando al muchacho.- Déjalo pasar. – Me irá bien ese dinero, así te podré pagar el favor que ahora me haces. Picarol se levantó de la silla y cogió un cigarrillo de un paquete de tabaco, que yacía sobre la radio de la librería, partió la mitad y se prendió la mitad con el filtro, fumó con placer, de pie junto a la mesa. – Por pagarme el favor no tengas prisa, a los favores les pongo yo el precio… ¡Ostias! Tiró el cigarrillo brincando el dolor. Miró a la pata de la mesa, pues pensaba haberse clavado una astilla, pero vio como una enorme rata se alejaba de sus pies. - ¡Es una rata! –Se asombró Abel. – Suben por el tragaluz del lavabo. ¡Y esta hija de puta me ha mordido! La rata dio de bruces contra la pared, y desorientada tornó a chocar contra la puerta. - ¿Qué le pasa a ese bicho? –Se extrañó el muchacho alzando los pies. - No te preocupes por ella, preocúpate por mí… ¡Me ha mordido! - ¡Esta ciega! – ¡Y dale con la rata! –se resignó apoyándose en la mesa para asirse el robillo. Abel se arrodilló junto a ella para examinar la mordedura. – No te preocupes. Ni siquiera te clavó los dientes. - ¡Estupendo! –Ironizó- ¡Ya puedes correr a ver si la rata se ha hecho daño en las encías! – No te pongas así. ¿Quieres que la cace, o no? - ¡Si, por favor! No me hace gracia que esté por aquí suelta. – Se ha colado por esa puerta. –Señaló con el dedo. – Es mi habitación ¡Anda! Ve tú y cierra la puerta. – Te asustan las ratas madrugadoras. –Dijo muy despacio y con aire de relato de miedo. – No tanto como tú te crees. –Entornó los ojos con picardía- Las ratas no marchitan flores. – Vale, vale. Ya la cazo. –Comenzó a caminar con decisión. Abel penetró en la habitación cerrando la puerta. Una gran cama de metal dorado apoyaba su cabecera en la pared del fondo, a algunas partes se les había desprendido el brillante cromado, mostrando el pálido metal interior. A su derecha un enorme armario de bambú a juego con el tocador, que consumía el espacio en la pared de la izquierda, junto a un sillón de mimbre. Esparcidos por las blancas paredes destacaban pequeños dibujos realizados a rotulador; mariposas, rostros, árboles y un pajarillo de vivos colores que, por su elaboración, obtuvo más atención que ninguna otra representación. No estaba posado en una rama como era de esperar, en vez de eso, descansaba en la aguja de un reloj que dominaba todo el fondo del dibujo. Se tumbó en la cama, apoyando su pecho en el borde del colchón para asomar su cabeza bajo este. Pilas de libros y cajas de cartón encontraron su guarida allí. Tras de todo esto, los jadeos de la rata. Cogió una de las cajas de cartón y vacio su contenido sobre la cama, eran fotografías, una de ellas mostraba a Picarol portando sendos libros junto a otras risueñas muchachas. Lo del fondo bien podría ser una universidad. Aferró la caja y con rapidez la puso sobre la sorprendida rata, con un rápido gesto la catapultó hacia la ventana, con tan poca fortuna que el animal golpeó en el marco para caer en el interior. Abel se aproximó y la rata, instintivamente, se puso a dos patas mostrando unos afilados dientes bajo el muerto brillo de sus ojuelos. Dio un lento paso alzando la caja, pero la rata torció su hocico, dejando escapar por este un ronco grito, olfateó y cayó muerta. Picarol abrió la puerta asustada. - ¿Qué ha sido eso? – La… La rata. –Señaló atónito, con la caja aún en sus manos, al muerto animal. - ¡Que dices! Las ratas no gritan así. – Pues está no lo sabía. –Dijo absorto, sin perder de vista el pequeño cadáver. – Era como un grito de angustia… Como el de un viejo falto de voz… – Tal vez fue tu conciencia. –Bromeó. – No te burles, te aseguro que no me ha gustado. Se me ha puesto la piel de gallina. – No le des más vueltas. Ahora eres tú la que se preocupa demasiado por la rata. – tienes razón. He de salir un momento, si necesitas algo cógelo. Antes de marchar entró en la habitación introduciendo las fotografías en la caja que tiró bajo la cama. Una quedó fuera, boca abajo, como el naipe que decide el destino de una partida. La giró con curiosidad, para descubrir que aquello no era un farol. Sintió un vacio en el estomago al enfrentarse al rostro de su padres. En la imagen estaban alegres, con aquellas intensas sonrisas que puedes detectar aunque les tapes las bocas, simplemente mirándoles a los ojos. Maldijo al azar, arrugando la foto y tirándola por la ventana. - ¡Cuidado! ¡No te vaya a morder! –Bromeó Abel desde el comedor. Ella miró la rata de reojo, y en su imaginación expiró un negro vaho que escapó por el aire. - ¿Te encargarás tú de la difunta? –Preguntó Picarol dominando su asco. – Si, no te preocupes. – Aseguró desde el sofá, cambiando el canal del televisor con el mando a distancia. - ¡Pues no te olvides! ¡Yo salgo un momento! Nada captaba su interés, la mayoría de programas hablaban de la vida de alguna persona insulsa e inerte. Los periodistas convertían en grandes revelaciones las más absurdas trivialidades. Se enfrentaban al protagonista defendiendo su noticia con uñas y dientes. Curiosamente, ocupaban más tiempo televisivo que el propio entrevistado, al cual interrumpían ante cualquier intento de defensa, con inquisidores argumentos nacidos del rumor. Parecían habituales las insinuaciones, los gritos y algún que otro gesto despectivo en los profesionales, que más que de razón, estaban ávidos por el protagonismo. Picarol marchó en silencio y sin mirar tras de sí. Con pasitos rápidos, como para dejar atrás el ansia que la comenzaba a perseguir. Pero no conseguiría despistarla, aquella perseguidora conocía su olor, sus miedos y sus alegrías. Siempre sabía dónde encontrarla. La única forma de esquivarla era ocultarse debajo de un tupido velo, tejido con agujas hipodérmicas y la ansiada paz química. Caín se detuvo ante el antiguo edificio de maternidad. Una señora volcó su carrito de la compra al salirse una de las ruedas de la acera, fue un intento de no cruzarse con el andrajoso y maloliente mendigo. Dos botellas cayeron rodando hasta la entrada de urgencias de Mutua de Terrassa, una se rompió, y la otra fue recogida por la señora, que corría tras de ella sin soltar el carrito, lo cual provocó un nuevo vuelque y que la compra se esparciera por la carretera. Aquello no era interesante, y el mendigo prosiguió su camino, haciéndose con la rota botella que aún conservaba algo de líquido. Al reincorporarse una ambulancia frenó frente a él. Acto seguido dos camilleros sacaron un muchacho negro del vehículo, en su rostro mostraba un tremendo corte, y por los comentarios de los camilleros aquello no era una persona… Era la presa de algún grupo racial. Una doctora se asomó por la pequeña cuesta de la entrada de urgencias. -¡¿Otro?! –Exclamó alzando un paquetito de galletas que sostenía en su mano.- Pero… ¿Qué diablos está pasando? La camilla superó la cuesta y la doctora palpó la herida de la presa, que con su amoratada mano retiró la de ella. -¡Te quieres estar quieto! ¡Estoy trabajando! La camilla penetró en el edificio, mientras un camillero palmoteaba la espalda de la indignada doctora animosamente. -¡Quince horas llevo! ¡Nadie ha tenido peor día que yo! Caín rodeó la entrada y bajó por un caminucho del parque de Vallparadis, el castillo de la Cartuja presidía el pequeño valle, junto al circular edificio del museo textil… Veinte metros entre ambos para siglos de diferencia. Pisó el hormigón del parque echando un vistazo a los rectangulares bancos de mármol y a su moderna iluminación. Con torpes pasos recordó la reforma del 1959, vio como levantaban las ruinas del castillo y, respetando su diseño, crearon un precioso parque. Caminillos y bancos de piedra, todo había sido sustituido por cemento y metal. La piedra, molida y reciclada tornaba a ser parte del lugar. Por fin, tras caminar entre los arbustos y alcanzar la cumbre de la empinada cuesta, penetró en el agujero de la valla que limitaba la antigua fábrica textil, abandonada durante décadas. Dejando atrás un patio saturado de escalinatas. Unas, accesos de viejos vestuarios, otras a ninguna parte, pues la mitad cedieron al tiempo, cruzó una gran nave, sostenida por columnas de metal gris, sorteando los surcos de baldosines practicados en el suelo, para transportar los fluidos de las máquinas de antaño, bajó unas anchas escaleras, casi una rampa a causa de la erosión, y camino por las entrañas de la fábrica. El techo del sótano estaba formado por pequeñas cúpulas, de cuya intersección manaban bastas columnas de ladrillo formando un singular laberinto. Pronto dejo tras de sí todo esto, sorteando un portón que le inspiraba miedo, por el se asomó un día de lluvia, y lo que vio allí con ayuda de un papel ardiendo, no le gustó. Era el colector general de todo el alcantarillado del edificio, un tremendo pozo circular con muchas bocas en sus paredes por donde caían sucias aguas al infinito y oscuro fondo. El tremolar del agua simulaba voces de tumulto, y en semejante bula, Caín creyó oír reproches y acusaciones. Apresuró sus pasos subiendo por una escalera de madera ignorando los secos lamentos de los peldaños. Cruzó otra nave, su techo de cañizo se hundía por momentos, y se coló por una cabina de metal que daba paso a una estrecha abertura en la pared en forma de “U” invertida. A pocos pasos de aquel túnel acabó el trayecto, en un receptáculo de ladrillo macizo, de tres metros cuadros por dos de alto. De cada pared partía un oscuro túnel idéntico al anterior. Miró hacia arriba para ver el lejano ojo de la chimenea que, sobre él, mostraba una pequeña porción de cielo. De un rincón sacó una vela y la encendió, las corrientes de aire no la apagarían, pues los demás túneles estaban lapidados por los escombros a pocos metros de sus bocas. Recordó al muchacho de la ambulancia, su cara quedaría marcada para toda la vida. Así firmaba el odio; con más énfasis y perpetuidad que el mejor de los escritores. De pocos días a ahora vio y escuchó muchos casos de racismo… Demasiados. ¿Quién levantó la veda? Tomó un trago de la rota botella, era zumo de piña. Limpiándose la barba con la manga palpó un grueso libro al cual le faltaban gran cantidad de hojas, pronto se acabaría y tendría de buscar algo que le sirviera de papel higiénico. Procuraría que fuera mejor que aquellas lisas páginas poco prácticas hasta para eso. Pero no le importaba mucho, ya que el libro no le costó nada, ni siquiera buscarlo. Se lo regalaron dos señores muy trajeados tras calentarle la cabeza con incoherencias religiosas. Juntó tres piedras formando un hueco similar a un triangulo, donde introduzco la vela y miró otra vez hacia arriba, gozando de la sensación de vértigo. En el lejano ojo comenzaba a oscurecerse el cielo. Sonrió con toda la cara, como los niños y los ancianos… cuando aún no sabes nada o ya lo has olvidado todo. De un pequeño brinco se aproximó a un ladrillo en el terregoso suelo, al retirarlo dejó al descubierto un hoyo que ocultaba su más preciado tesoro; una maltrecha radio naranja a la cual le colgaba el porta pilas de sus hilos. La conectó, pero del altavoz sólo manaron leves golpecitos. De sus bolsillos sacó seis pilas usadas, trofeos de un desecho lujoso, y las intercambió hasta que la voz del locutor de hizo perceptible. Era la cadena Ser. No sabía por qué, pero en aquel lugar era la única cadena que aquella radio de F.M recibía. Se tumbó sobre una manta cubriéndose con otra. Las mantas no eran problema, ya que Caín saqueaba las bolsas depositadas en los portales para ayuda humanitaria. Él lo creía justo ¿Por qué la enviaban tan lejos con la falta que le hacía a él? Con el dinero del porte comería meses. ¿Qué porción de cielo merecía un pedazo de tela? ¿Un palmo, un metro o todo un reino? ¡Nada! Con la tela se amordazaba la conciencia, pero la conciencia asomaba su afilada y molesta lengua por los agujeritos del tejido. Arrimó la radio a su oreja mientras un tal Roberto daba paso a las noticias: Iraq retornaba a la guerra contra Irán y, suponiendo bajas sus defensas, Kuwait pretendía saciar su sed de venganza. - ¡Que beban petróleo! –Se dijo Caín. Algo comentaron de Pakistán y la India… De todos modos ¡Que se maten! Sólo son moros. Pobre muchacho negro, se lamentó cediendo al sueño. La gran tienda de ropa siempre fue considerada de calidad, su fachada había sufrido muchas reformas bajo la vigilancia de la pequeña virgen de piedra que, con gesto cansado, torcía su cabeza en eterna resignación sobre el establecimiento. Desde el interior, Picarol miraba atreves de los escaparates cómo los transeúntes deambulaban por la rambla, otros penetraban en la subterránea estación de Renfe como ofrendas por el bienestar de la ciudad en boca de un dragón. Se acercó a la cajera con la intención de pagar las prendas que pendían de su brazo. -¡Oye! ¡Oye! –Exclamó una voz femenina.- Que me está atendiendo a mí. Una delgada muchacha le ofreció la irónica sonrisa de “no te pases que todo lo sé” Y señaló una falda sobre el mostrador de la cajera. Picarol, inexpresiva, se retiró un paso y la muchacha se colocó frente a la caja. -Es que ésta es muy cara y la otra es casi igual. - Elija la otra si lo desea. –Decía la cajera haciéndose cómplice de Picarol con una furtiva mirada. -Claro, tú me dices eso, pero la calidad… La muchacha era atractiva, lucía unas gafas rosas, de diseño, que no cesaba de retirar y aproximar a sus grandes ojos sostenidas por dos dedos, por su vestimenta; larga falda estampada y chaleco tejano sobre una blusa blanca, pretendía ser más original que personal. Esto no lo dedujo la insignificante prostituta, que tras de ella se impacientaba, no por su estilo de vestir ni por el enorme lazo purpura que daba forma a una graciosa cola sobre su cabeza, sino por sus matemáticos ademanes y por la exactitud de las palabras. Las personas honestas no daban el significado exacto a las palabras, las deformaban y estiraban abandonadas al diálogo, pues el lenguaje es torpe y corto para la expresión. -Por favor, hable con una dependienta para estas dudas. –Invitó la cajera. -No, si ya estoy. –Miró de reojo a Picarol.- La cuestión es que esta tela… Lo dicho: un lenguaje militarizado sólo podía pertenecer a una persona esclava de la apariencia y asesina del poeta. - ¿Por qué no me deja pasar? –Preguntó Picarol endulzando la voz.- Sólo quiero esto. –Y alzó su brazo depositando en el mostrador las etiquetas y el importe exacto. La muchacha la miró con media palabra en la boca, y aire despectivo en la mirada que la siguió hasta la puerta y más allá. -¿Cuál? –Sentencio la cajera mirando las faldas que se ofertaron para quitárselas de encima con rapidez. - Bueno, ya me pasaré otro día. –Batió su cola colocando las faldas sobre el mostrador.- Es que no lo tengo muy claro. - Ya… Abel observo los libros de la librería, apilados indiscriminadamente comenzaba el tiempo a hacer mella en sus gastados lomos. Sacó uno al azar, su cubierta estaba casi intacta, al parecer no fueron tocados de su lugar en muchos años, simplemente limpiados con un paño húmedo, ahí el deterioro de sus lomos. “Los fantasmas de mi celebro” Leyó para sí la titulación. Lo dejó en su sepulcro cogiendo otro “Vander 2” Lo colocó sobre la mesa haciéndose con otro. “Desarrollo sin destrucción” Por Mustafá Kamal. – Esta lectura no encaja con ella. –Susurró intrigado. Halló todo tipo de libros sobre antropología, sociología y algún que otro sobre teología. Otro, muy grueso, hacía de pata bajo la librería, víctima de la ortopedia casera. Las letras del lomo eran ilegibles, y alguna tira de algodón yacía adherida en sus desgarros. Abel se agacho tirando del libro con ambas manos, el libro se desplazó mostrando las primeras letras de la cubierta. “El po…” Leyó sin aclarar el misterio. Impelió un poco más notando dolor en su mano a causa de la herida. “El poder de…” Dio otro tirón y el libro salió disparado bajo la mesa. Un chasquido llamó su atención, alzó la cabeza para ver cómo la librería se precipitaba sobre él. Corrió bajo la mesa, junto al libro. Un estruendo ensordecedor dominó todo el piso, a la vez que figuritas, utensilios y cristales se despedazaban frente al muchacho. Una hucha de arcilla también participó en el cataclismo particular, desangrando su economía por todo el suelo. La mesa cedió, y una de las patas desgarró la corta pernera de su pantalón de tenis. Gateando y con rapidez escapó postrando su espalda junto a la puerta de salida. El silencio fue telonero del escándalo, pues Picarol armaría otro similar al ver aquello. A los pocos minutos la puerta se abrió. Abel, aún no había recuperado el aliento y la expresión de la muchacha se tornó de mármol. Sin mediar palabra sus pupilas escarceaban, asumiendo un plano general de lo que fue su comedor; El sofá, sacrificado por un estante de cristal, bajo un montón de leña que fue la mesa y su librería. La mesita de cristal tampoco conforme con su haber, prefirió ser un puzle y aprovecho la ocasión. – Que extraño. –Susurró entre dientes.- No he oído acercarse a los bombarderos. –Y unos inquisidores ojos se proyectaron en los del muchacho. Amontonaron todo lo que pudieron junto a una de las paredes del comedor, poco se pudo salvar de semejante desastre. Pronto pudieron utilizar el maltrecho sofá. Abel se sentó sin dejar de mirar el amontonado estropicio. Picarol ya planificó soluciones. Al día siguiente compraría varios paquetes de bolsas, y bajarían todo lo roto poco a poco. Lo comentó con calma, incluso con amabilidad. Como si aquello hubiera sido el resultado de una travesura. Tal vez se lo tomó así porque aquello ya no tenía solución, o no daba tanto valor a los objetos que la rodeaban. -No te muevas de ahí. –Dijo con una sonrisa acercándole las bolsas de ropa que había comprado.- ¡Pruébate esto! Sus castaños ojos brillaban ilusionados mientras Abel sacaba una prenda tras otra de las bolsas. Ella, primero, miraba como el muchacho extendía la ropa en el sofá, y luego observaba la cara de él, con una sonrisa que daba color a aquella pálida faz. Como un amanecer en un glacial. Abel se probó todas las prendas, intercambiando unas con otras bajo el criterio de Picarol, que reía con ganas ante los exagerados gestos del improvisado modelo; Ahora alzaba los brazos marcando bíceps; se subía los pantalones para destacar genitales; desabotonaba la blusa y apretaba el estomago luciendo abdominales. La risa de ella era la joya oculta en una cueva de nostalgia; espontanea y fresca, inesperada para aquel desolado cuerpecillo. En ocasiones la traicionaban sus instintos, y durante unos segundos su mirada se tornaba lasciva. El deseo la hacía temblar la voz, y un sudor frio escarchaba su tez mientras sentía como se le removía todo su interior. Entonces apartaba la mirada carraspeando. Asombrada por aquellas sensaciones que desconocía, al menos con semejante intensidad. Abel, agradecía con inocente voz, como si las palabras fueran capaces de velar la astucia de su mirada. Tras el divertido momento, Picarol marchó a la cocina volviendo, a los pocos minutos, con un café. Se sentó junto a Abel apoyando el vaso, sin soltarlo, en el brazo del sofá. - ¡Y bien! –Exclamó mirándolo con curiosidad- ¿De dónde vienes? - ¿De qué lugar? –Se asombró abriendo los ojos. - ¡Claro! Tienes un acento tan… -Meditó un instante arrugando la frente- ¡Neutro! Que es imposible adivinarlo. Abel no estaba preparado para contestar a aquella pregunta, pero si para evitarla. No debía dejar pasar mucho tiempo para responder, pues levantaría sospechas. Semejante pregunta no precisaba ser pensada. - Esa pregunta es la peor contestada del mundo. –Respondió mirando al techo. - ¿Qué quieres decir? –Se desconcertó ella. - Pues que cuando preguntas a alguien, de dónde vienes, es porque quieres conocerlo mejor. –Alzó los hombros.- Y la información que te da un lugar es muy genérica, en ocasiones errónea. - ¡Visto así! –Se acomodó cruzando los pies.- ¿Y cuál es la pregunta? - ¿Quiénes te rodeaban? –Alzó el dedo índice con una sonrisa- ¡No! ¡Mejor aún! ¿Cómo eran los que te rodeaban? Eso sí que transmite información de la persona. - Pues sigo pensando que es más sencillo decir de Burgos, o de Toledo. - ¿Entonces? –La miró con curiosidad. Picarol dio una sacudida enfrentando su cara a la de él. - Entonces… ¿Qué? –Giró sus palmas abiertas hacia arriba. - ¿Cómo era la gente que te rodeaba, Picarol? - No creo que te deba contestar a eso. – No… Si no quieres. Pero puedes hacerlo. - ¿Por qué te interesa? –Pregunto con curiosidad entornando sus ojos. – Indagaba sobre tu vida. –Su cara plasmó la más pura inocencia. - ¿Para…? –Se creyó el centro del universo mientras el gozo la desbordaba. A – Quiero saber cosas de ti. Ahora somos amigos ¿No? Es lógico que saciemos la curiosidad. ¡Amigos! ¡Curiosidad! Un nudo en su estomago disparó las alarmas de futuro, y algo más que la librería se hizo añicos. Por su mente pasaron, fugaces como cometas, los rostros de mil amigos que ojalá jamás hubiera conocido. Discípulos de Judas, tan aplicados que humillaron al maestro. ¡Ella no quería su amistad! ¡Tampoco satisfacer curiosidades sobre la puta drogadicta! Quería aquel cuerpo… Quería ser su capricho y su meta. ¡Todo el lote a ser posible! Como un martillazo, se vio junto a él; Joven, y guapo, lleno de vida y entusiasmo, capaz de enamorar a una piedra, y a su lado ella; una ramera toxicómana, con los pechos tan caídos como sus ánimos, y su piel arrugada por los manoseos, sin olvidar la caries que probablemente le pegó algún viejo baboso… suponiendo que los penes tuvieran caries. Abel observaba como golpeaba los escombros a patadas sin dejar de gruñir entre dientes. A - ¿Qué te pasa ahora? Ella abrió las puertas de la resignación, y por ellas se coló una depresión coronada. – No me pasa nada. –Y una lágrima de pura vergüenza rodó por su mejilla. Sólo una, no tenía fuerzas para el otro ojo. – Es difícil entenderte. –Se puso de pie simulando asombro por la escena. – Ponte ropa para la ocasión. Navil te espera impaciente por destrozarte la vida. –Dijo con desdén en su voz. – ¡Es verdad! Son las nueve. En un corto espacio de tiempo Abel bajaba las escaleras de dos en dos luciendo un elegante pantalón de marca a juego con la camisa, liguera y fresca, ideal para un tres de agosto. Su mente calculaba, con fría lógica, los próximos pasos a dar. No cabía ningún sentimiento en sus planes. Pero el simularlos era parte de la estrategia. Picarol recogía libros y figurillas de plástico, las únicas que sobrevivieron. Todo lo veía borroso y espectral, pues sumida en sus pensamientos, a cada momento se sentía peor. ¿Qué razón de ser tuvieron sus ilusiones? ¿Cómo pudo enamorarse de semejante manera en apenas un día? Todo escapaba a su comprensión. Cupido jugó sucio, envenenando las puntas de sus flechas y atravesando su cerebro en vez del corazón. Tan alto voló en sus aspiraciones, que pudo tocar las estrellas; esas bolitas de fuego provocadoras de feas y dolorosas quemaduras. El pudor y el mal humos afloraban en ella un insólito atractivo; sus pómulos enrojecidos le daban una perspectiva de viveza, y el brillo de sus ojos, como ascuas a punto de expirar, tiznaban el cáliz del viejo almendro. Sus ademanes nerviosos y bruscos se tornaron suaves, ya que todo el cuerpo le pesaba más de lo normal en aquellos momentos. El conjunto de todo era la belleza de un triste poema para leer en soledad. Una pionera lágrima saltó al vacio para estrellarse sobre la cubierta de “El poder de Zrom”. Recordó sus palabras el día que lo intentó leer: “Un libro mediocre y aburrido” Podría ser su biografía. Mas pensó que el muchacho no era para tanto, en una auto-piadosa mentira… ¡Ni que fuera un dios! Caminó hacia su habitación, y una vez dentro abrió el armario de bambú. De puntillas alcanzó una cajita de madera y con ella se sentó en la cama, frente al tocador. Sacó de su interior un encendedor de gasolina y una cuchara sopera unida a una jeringuilla de cristal por un tubo de goma anudado. Liberó la cuchara y, con una ansiedad que le cortaba la respiración, corrió a la cocina, de la nevera sacó medio limón dejándolo en el mármol, con tembloroso pulso llenó la cuchara de agua donde, oprimiendo el limón, vertió unas gotas. Su respiración era agitada, tragaba saliva constantemente y solo una idea ocupaba su mente. Volviendo a sentarse en la cama con calma para que no se le derramara la mezcla. Ahora depositó la cuchara con cuidado sobre el tocador, junto al encendedor que le sirvió de apoyo para que ésta no se volcara. Desdobló un papelito derramando su contenido en la cuchara, y prendió el encendedor dejándolo de pie, para acto seguido estrangular su brazo con el tubo de goma, cerrando su puño con tal fuerza que emblanqueció. Calentó la cuchara con la llama esperando el color ambarino y, con ímpetu, peló el filtro de un cigarro dejándolo en el líquido. Miró con fascinación como el filtro se empapaba rebajando el contenido de su entorno, le clavó la aguja hipodérmica y succionó con la jeringuilla el contenido. Pronto halló la vena, pero el temblor en su mano la obligó a practicar varios pinchazos fallidos, hasta conseguir su propósito. La heroína se fundió con su torrente sanguíneo, mientras Picarol bombeaba la jeringuilla un par de veces, para dejarla escapar de su mano dando grandes bocanadas de aire, tal como un pez rindiéndose fuera del agua. Un cosquilleo en la punta de los dedos anunciaba cómo escapaba todo su malestar. Se tumbó en la cama recordando, en un deforme pensamiento, como Abel la deseaba ofreciéndole toda su vida. ¡Claro! Se lo tenía que pensar, ya que el muchacho debía sufrir un poco. Ahora su cuerpo tenía dos pieles y circulaba entre ellas fresca agua. El agua comenzó a penetrar por sus pies despegando una piel de la otra, provocando un agradable picor. El vital líquido proseguía su camino entre las pieles alcanzando las rodillas, continuó por su vientre y el pecho hasta manar por su cabeza. Era parte de un manantial que purificaba el alma. La conciencia, escondida en un rincón, asomaba tímidamente entre un bosque de placeres y gozos, para correr a esconderse bajo un manto de felicidad. Su pelo flotaba en todas direcciones, y los poros supuraron una melosa sustancia por la cual se deslizó. El timbre sonó, esto la hizo reír. La conciencia abrió un ojo, pero nada pudo vislumbrar y tornó a su escondite. Abel sorteó la puerta del bar “Encuentro” con rapidez. El suelo estaba saturado de colillas y sobrecitos de azúcar. Una larga barra de madera cruzaba casi todo el recinto, para morir a pocos metros del fondo, donde un fuego a tierra lucía sobre sí una cabeza de jabalí. En la primera mesa cuatro ancianos jugaban al dominó con estrépito y entusiasmo, mientras un joven los miraba desde la barra sin soltar su cubalibre. Azadas, tridentes y otros utensilios de granja, adornaban las paredes en torno a un olor agrio. Navil batió su mano en alto, a modo de saludo y reclamó desde la mesa del fondo. Abel, a zancadas, se aproximo sentándose frente a él. La mesa era circular y pequeña, como las demás, y en su centro perdió el color de la formica verde. Seguramente con el roce de las fichas de dominó al removerlas. Una gruesa mujer, entrada en años, asomó medio cuerpo por el mostrador. -¡¿Qué quieres?! –Gritó agitando sus gordos pechos en el interior de la oscura bata. Navil señaló con un lento ademán al muchacho para que éste se diera por aludido. -Un zumo de melocotón. –Dijo a media voz. -¡¿Cómo?! –Tornó a gritar apartando el grasiento pelo de su oreja. - ¡Un zumo de melocotón! –Gritó esta vez. - ¿Eso tomas? –Sonrió Navil alargando las palabras. Un seco golpe en la barra anunció que el zumo estaba servido. Navil tomó un traguito de su copa humedeciendo su bigotillo. Con calma sacó una servilleta de papel de su bolsillo y se limpió la boca, para apartarla mirándola atentamente, como si pudiera leer el destino en las resultantes manchas. Abel se levantó y volvió a la mesa con el rayado vaso, ya que la señora pocas intenciones tenía de acercárselo, sentada en su taburete y absorta por la televisión que, alzada en un estante, revendía alguna estúpida fantasía a aquel que jamás la podría vivir. - ¿Y bien? –Cató el zumo que resultó ser de naranja. Navil lo miraba, con su sonrisa de conejo feliz, sin mediar palabra. Estirando las pausas en un tedioso silencio, tanto como lo hacía con sus palabras. Un par de ventiladores de techo espantaban las moscas en su lento giro. Oscilaban de un lado a otro con un rítmico gruñido. -¡Pito tres! –Gritaron desde la otra mesa dando un fichazo. El joven de la barra, que no perdía el hilo de la partida, casi cayó del taburete ante el sobresalto. – Es un negocio muy interesante. –Por fin pronunció con dulzona tranquilidad.- Muy interesante. - ¿Qué he de hacer? –Se abrieron sus ojos como los de un niño. – Portes a unos lugares. ¡Solo portes! De aquí para allí, de allí para aquí. –Señalaba con su índice a un lado y a otro. – Ya sabes que no tengo coche. –Se desilusionó. – No, no. Te equivocas, el coche tiene matricula, es como si fueras por la calle con el carnet de identidad en la espalda. Y aparcado en una puerta destaca. No interesa. Los paquetes son muy pequeños y los llevarás en una bolsa de deporte. - ¡Eso es fácil! –Se iluminó su rostro nuevamente. – Pero has de tener en cuenta unas normas; bares o discotecas nunca los servirás por el mismo orden ni iras por las mismas rutas. La rutina es peligrosa. –Explicaba acercando su cara a la de Abel, como si hablara con un chiquillo.- En los bares, al entrar, si el camarero te pregunta ¿Qué quieres tomar? Te tomaras algo y te marcharas, pues será su modo de advertirte. Si no te presta atención iras al aseo, tras de ti irá otro al que le darás el paquete sin dialogar con él. – Pero yo no le conozco… – No te preocupes. –Alzo su mano.- Él te reconocerá a ti por la bolsa y tu actitud. - ¿Eso es todo? – Casi. En la discoteca, si te piden el pase les dices que no lo tienes y te marcharas. Si cruzas la puerta y no te prestan atención… - ¡Al aseo! –Mostró entusiasmo. – Eso es. ¡Aprendes pronto! Toma las direcciones. –Le dio una hoja de papel doblada. Abel desdobló la hoja alisándola en la mesa. Era un listado impreso con letras grandes y mayúsculas. No cabía error posible. Sin dejar de leerla pretendió coger el vaso de zumo. Pero la torpeza tildó el acto, y tan solo consiguió tumbarlo derramando el contenido sobre la hoja. - ¡Lo…! ¡Lo siento! –Se disculpo arrastrando la silla para evitar mancharse. Navil chasqueó la lengua negando con la cabeza, mientras el muchacho intentaba limpiar el papel con la palma de su mano. - Tranquilo. –Dijo por fin el árabe. Sacando una servilleta de papel y un bolígrafo de su bolsillo, comenzó a copiar las direcciones. Cuando terminó, la aproximó al ofuscado muchacho. - ¡Toma! –Sonrió condescendiente.- Y esta vez ten cuidado. - ¿No me das la bolsa? –Se extrañó mirando al entorno de Navil. – No seas tonto. La bolsa la recogerás en la primera dirección. Yo jamás llevo nada encima, y en todos los casos, tú no me conoces. - ¿Y…? - ¿Y qué? Ya está todo. ¡Nada más! –Negó sosegadamente con la cabeza.- ¡Nada más! - ¿Cuánto me pagaras? –Apartó la copa de licor con el dorso de la mano, y acercó su rostro al de él taladrándolo con su verde mirada. Esto coaccionó a Navil, que no esperaba semejante reacción del tímido muchacho. – Bueno… ¡Claro! Del último paquete podrás coger algo por cada día de entrega. – Pero yo necesito dinero. –Moduló su voz con mucha claridad, a la vez que sus parpados se entornaban oscureciendo las verdes pupilas. – A Picarol le pagaba así y le iba muy bien. –Quitó importancia al asunto en espera de respuesta. Se hizo el silencio durante unos segundos, y el árabe intentó evitar mirar aquella inescrutable expresión de diablo viejo. Sorbió de su copa atragantándose, y carraspeando en espera de respuesta, se vio obligado a romper el molesto silencio. - ¡Pruébalo al menos y si no te gusta hablaremos de dinero! –Esta vez sus palabras eran rápidas, casi descontroladas. Abel sonrió. Pero su sonrisa no mostraba amabilidad, era como el animal que enseña sus fauces para demostrar su poder. Con calmada y severa voz hizo una aclaración: - Lamento si te he llevado a alguna confusión. Yo no soy una puta drogadicta dando sus últimos coletazos. –La sonrisa desapareció.- Ni siquiera te la chuparía por una dosis. ¿Esperas que me juegue mi libertad? Navil percibió tal crueldad en aquellas facciones que se sintió abrumado. La incomodidad la acentuaba aún más su silencio, y aquella respiración tranquila, inalterable. Comenzó a sentirse nervioso como pocas veces en su vida. – Es otro mundo… Una dimensión que te gustará. –Puso su mano en el hombro del muchacho.- ¡Te lo aseguro! Pruébala y luego me cuentas. – No por eso dejaré de necesitar dinero. –Dijo muy serio- No es mi caso, pero piensa que corres peligro pagando de esa manera. - ¿Qué quieres decir? –Retiro la mano con extrañeza. – Los chivatazos se pagan con dinero, procura que los portes te los haga gente a la que les sobre. –Y por fin tornó a reír, pero de una manera muy desagradable. - ¿Cuánto? –La gravedad se derramó en su morena faz. – Trescientos por día. Supongo que es justo, ya que me juego mucho, teniendo en cuenta que a ti no te conozco. Navil alzó sus hombros resignado. Miró la copa con rabia. Ya no le apetecía beber, deseaba marcharse sin dar la sensación de huida. - ¿Estás de acuerdo? No olvides que los tratos los haces tú. –Suavizó sin abandonar el crudo tono de advertencia. – Por supuesto. Me gusta tener gente lista a mi lado. –No separó los dientes al decir esto.- Mañana empezarás, y si no te va bien, siempre tendrás un esplendido futuro como político. –Procuró que las últimas palabras sonaran a insulto en un temeroso intento de aliviar su humillación. Abel se levantó ofreciendo una inocente sonrisa, como telón que cubre una escena de terror. Navil evitó la despedida mirando al ventilador con desdén. El muchacho partió con frescura y una liguera cojera, dejando atrás el claqueteo de las fichas del dominó. El joven de la barra soltó su bebida y los observó con disimulo, tal vez aburrido de la eterna partida de dominó. La camarera bostezó mostrando todos sus dientes, para continuar absorta con la televisión. Insistió una vez más con el timbre y un ruido en el interior del piso le indico que Picarol se disponía a abrir. Tras un largo minuto, la cerradura chasqueó y la puerta se abrió mostrando las ruinas de una mujer. – ¡Eh…! -Escapó de sus torcidos labios mientras su cara, pegada a la puerta, la mantenía en equilibrio. – Soy yo… ¡Abel! –Se asomó por aquel ojo a medio abrir. – Pasa… Pasa… -Balbucía empapada por el sudor. Abel empujó la hoja para poder pasar desplazando a Picarol a la vez. Cerró la puerta con delicadeza, sosteniendo a la muchacha por una axila con su brazo. Ella se apoyó con una mano en la pared arrastrando sus pies hacía la habitación, y diciendo algo que pudo ser un “Buenas noches”. Abel comprendió que era toda una proeza sortear el mueble roto en aquel estado, la cogió en brazos alzándola con facilidad y la cara de ella humedeció la camisa con el sudor. Algo se estremeció en el interior de el al percibir el calor de aquel frágil cuerpecillo de alma fulgente. Tragó saliva dominando el sentimiento. Dejándola sobre la cama con ternura inspirada, se sentó en el borde del colchón, y con el pie izquierdo se saco las zapatillas del derecho liberándose del roce en la herida. La mano de Cascabel se posó sobre su rostro sobresaltándolo. El anular y pulgar acariciaron simultáneamente sus cejas para deslizarse sorteando la colina de su nariz. Él observo aquellas rendijitas por donde asomaba el castaño triste en un estado de semiinconsciencia. Sus dedos continuaron repasando los finos labios, y la mano se precipito sobre la almohada como huyendo del pecado. Abel se levantó y permaneció de pie frente a la cama, tragó saliva y marcho al comedor. Permaneció recogiendo el comedor y bajando la basura a la calle hasta altas horas de la noche. No pretendía ayudar ni enmendar nada, simplemente aportaba factores necesarios para que el producto fuera el previsto. Ósea; en su beneficio. Colgó la camisa de seda en una percha tras la puerta, y los pantalones los plegó en el pie de la cama. Se tumbó inclinando la cabeza para divisar las estrellas por la ventana. No durmió, trascurrió la noche calculando cual debería de ser su actitud y sus actos con la finalidad de un propósito. Sentado en un portal jadeaba con angustia. Falto de aire, el sol quemaba sus pupilas y sus entumecidos parpados se negaban a cerrarse. Pensó que había llegado el final, que su viejo cuerpo se ofrecía a ser pasto de la tierra, pero las nauseas iban desapareciendo con dificultad y el mareo dejaba de acosarlo. De entre los curiosos surgió una cincuentona que se acercó con cautela. - ¿Qué Te sucede? ¿Te encuentras mal? –Su voz era ronca y firme. Caín alzó sus desafiantes ojos. La mujer no se asustó. Deshizo el nudo del pañuelo que cubría su cano pelo y se lo ofreció. Él lo aceptó con desconfianza, pero se limpio los restos del vomito de su barba con la mano. - ¡Lárgate, bruja! –Bramó de repente. - Pobrecito, cuanta crueldad has sufrido. –Susurró la mujer sin inmutarse. Intentó recordar si la conocía. No, jamás la había visto antes. Y a pesar de ello aquella cara le decía algo. Unas risas destacaron entre los curiosos. - ¡Quizás estéis viendo a vuestro futuro! –Levanto la señora su ronca voz. Caín bajó la guardia intentando, en su locura, hallar algún resto de cordura en un intento de explicarse. Fue la primera vez que hizo semejante intento, siempre fue a la inversa. - ¡Aquí! –Palmoteó su pecho- Se ha retorcido algo sucio… ¡Horrendo! Como… Como un gusano negro. La mujer le prestó atención. - ¿Te duele? –Posó la punta de sus dedos en el pecho del mendigo. – No es dolor… Algo muy malo está pasando. –Se reincorporo alejándose.- ¡Todos sois victimas de vosotros mismos! La mujer oía sus gritos al alejarse con compasión. - ¡La dictadura se disfrazará de disciplina y el sadismo de rebeldía! ¡Besaremos el látigo! Los niños seguían a Caín entre carcajadas y burlas. Jugaban al más valiente. ¿Quién se acercaría más al viejo gruñón? – Vosotros sois las víctimas. –Desplazó su dedo señalándolos.- Futuros verdugos que ahora bebéis la sangre con indiferencia. Una piedra rozó el brazo de Caín. – Seguid practicando… Os falta muy poco… -Bajó la voz mientras un chiquillo de apenas seis años corrió hacia él alzando sus brazos en una invitación para que lo cogiera. – No, criatura. Tú tampoco te salvarás. –Y le dio la espalda con lentos pasos. La madre se precipito medio agachada, y de un tirón retiro a su hijo. ¿Qué mensajes alcanzaron el cerebro del mendigo para estar tan seguro de sus palabras? Tal vez la locura tocaba fondo, pero su comportamiento parecía más coherente que nunca. Algo sucedió en su corazón que lo lleno de gozo… ¿Por qué ésta angustia repentina? ¿Por qué este placer de pronto? - ¡Vamos a ver el castillo de mármol! –Exclamó un chiquillo. Y todos corrieron hacia las afueras de la ciudad. - ¡NO! ¡No valláis allí! –El negro gusano se retorció otra vez en su corazón y el vomito lo enmudeció. - Vamos señora. No se preocupe más por el mendigo. –Aconsejó un tendero, que contemplaba la escena, a la señora que ofreció el pañuelo. Ella, haciendo visera con su mano para divisar la grotesca silueta, miró con desprecio al consejero espontaneo. - Si usted supiera quién es ese hombre no hablaría así de él. –Se humedecieron sus ojos. - ¿Usted lo sabe? –Indagó esperando develar uno de los grandes misterios de la ciudad. - ¡Por supuesto! Fue uno de los mejores historiadores, muy apreciado en las universidades… en los viejos libros de texto aparece su nombre. –Dijo con orgullo. - ¿Y cómo acabó así? - sufrió un infarto caminando con su hijo de tres meses en brazos… -Tomó aire angustiada.- Su cuerpo al caer aplastó a la criatura asfixiándola. Jamás se recupero, ni de una cosa ni de la otra. - Y usted… ¿Cómo sabe todo eso? La señora escapó de las preguntas con cortos y cansinos pasos. Aferrando su alianza con infinita pasión contuvo un sollozo. El tendero hecho un último vistazo al mendigo. - Espero que sea realmente un loco y no un profeta. –Y sonrió ante su propia ocurrencia penetrando en la bodega, donde una joven aguardaba con impaciencia. - Ya era hora. –Dijo la muchacha señalándose el reloj. - Estaba viendo al mendigo. –Se disculpó. - Ese, cualquier invierno amanece muerto… - ¿Sabías que fue profesor…? –Se hizo el interesante, colocándose tras un pequeño mostrador de madera. - ¿Qué dices? No creo, porque yo tengo el titulo de administrativa y no se lo saca cualquiera. - A mí también me extraña… ¡Paparruchas! ¿Qué va a ser? Caín tiró el pañuelo al suelo y comenzó a caminar. Tal vez los niños no encontraran hoy el templo de mármol y cristal. Sólo unos pocos dieron con él y no se les prestó mucho crédito. Otros lo buscaron sin resultado… ¿Quién sabe si existiría de verdad? Pues la verdad, compartida por pocos pierde toda su esencia, y pasa a un segundo plano donde te puedes reír de ella. No, si lo buscan no lo encontraran. El templo era algo casual con lo que tropezabas. Caín lo halló varias veces en su búsqueda de una vieja casa de campo abandonada que una noche utilizó de guarida. No encontró la casa pero si se cruzó con el raro templo al cual se atrevió a entrar. Estaba vacío y en sus paredes esculpido un relato que lo asustó. Reconoció de buena tinta al mendigo que protagonizaba parte de la horrible historia, y corrió alejándose de aquel maldito lugar. Otros días buscó el templo, maldiciendo su estupidez por no haber leído el final del relato… Jamás lo encontró. Pronto dejó de darle importancia a lo sucedido, pero entonces comenzaron los rumores de personas que hallaron fortuitamente la extraña construcción, y sus sospechas se hicieron solidas, tan solidas como el mármol y el cristal. Desde entonces, para Caín buscar la verdad era antinatural… Forzar la naturaleza a evolucionar más deprisa, como las plantas que se deforman ante este suceso, eso le sucedía a la verdad. No era una cosa que tú encontraras, era un monolito que te caía de la nada con todo su peso, aplastando las teorías, los más fuertes cimientos y las razones de ser… Si, solo deberíamos plantearnos la pregunta y esperar tranquilamente la respuesta. Según Caín, el tiempo la traería, pues era nuestro legado. Ya la buscaron con precipitación dictadores, ciencias y religiones. ¿Y qué sucedió? Que durante siglos se sentaron en falsas teorías y verdades artificiales. Hasta que el tiempo parió la única, y no las suyas, obligando a todo el mundo a adaptarse a los hechos con humillación o vivir una mentira de tres patas. Sorbió la mucosidad de su nariz que amenazaba con gotear. Frotó su pecho bajo la ropa con la punta de sus dedos, y las bolitas de mugre y sudor seco corretearon por su barriga. Picarol despertó con molestias en todo su cuerpo. Chasqueó la lengua intentando liberarla de la sequedad, y con sus manos buscó por los contornos un paquete de cigarrillos. Nunca estuvo allí. Reincorporándose, se quitó el vestido cubriéndose con un batín azul que pendía tras la puerta, y salió de la habitación. Su bostezo se transformo en una sonrisa. Todo estaba recogido, las maderas y cristales desaparecieron y lo aprovechable formaba una pequeña pila junto a una columna, formada por libros a la izquierda del sofá. Escarbó hasta encontrar el paquete de tabaco rubio y prendió un cigarrillo, inspirando el humo lo expulso con un carraspeo. Se dirigió hacia la cocina; carente de armarios superiores, el sol penetraba por un ventanuco sin cortinas. De un cajón saco un paquete de café, y con una cuchara de plástico sació el hambre de una cafetera-melita, situada bajo el ventanuco, junto a una minúscula fregadera de acero. Tras ella, el amarillento frigorífico cesó su constante zumbido con un chasquido y un ligero temblor. Un denso silencio se hizo, sólo durante unos segundos, pues la cafetera comenzó a escupir el agua hirviendo sobre el café del filtro provocando gorgoteos. Picarol llegó en una carrera al aseo, donde se libró de enormes legañas. Cada día nacían como el amanecer, pero ningún poeta les dedico una oda. Dejó el cigarrillo en el borde del lavabo para cepillar sus dientes. Después manoseó su enredado pelo asiendo con temor un cepillo de púas. Volviendo a la cocina vertió el café en dos vasos, a la par que el frigorífico tornaba su monótono zumbido. Una vez en el comedor arrimó al sofá una silla con el pié, y allí dejó los vasos. Golpeó la puerta de la habitación de Abel abriéndola con lentitud. ¡No estaba!. Se sentó en el sofá desencantada, saboreando el abrasivo café. Poco a poco, con su mirada perdida en el solitario vaso que quedó sobre la silla, comenzó a construir una maqueta de pequeñas ilusiones. Arañando el futuro recogía los restos de entre las uñas para amasarlo. Se planteó las posibilidades con las que dar un amuleto a sus pretensiones… Alguna llegaría a la meta si sentía confianza. Recordó a la muchacha de la tienda de ropa. La que aburría a la cajera sin piedad. Se imagino cómo sería ella vestida así, añadió los gestos y la forma de hablar a su persona. ¡Se gusto! ¡Estaba rompedora! Más en su traicionera imaginación, una jeringuilla asomaba por el bolsillo del chaleco tejano, mientras un señor que ella no invitó a su fantasía, le sobaba un pecho luciendo sendos billetes en la mano desocupada. - ¡Maldita sea! –Dio un pisotón. Abel miró con disimulo al salir de la última entrega. Con un fugaz barrido de sus ojos localizó al muchacho que lo había seguido durante toda la mañana. Ya pensó algo así cuando, en el bar donde la noche anterior habló con Navil, el muchacho de la barra se sobresaltó ante el golpe de la ficha de dominó. Fingía seguir con atención el juego de los viejos, pero si se asustó por el fichazo, es porque su atención se dirigía en otra dirección, y la otra dirección posible era Navil. Cruzó la carretera destacando en su mano la vacía bolsa de deporte. Caminaba tranquilo, no era a él a quien querían. Buscaban al árabe que siempre iba limpio y no conocía nadie. A esa anguila de ciudad que escapaba de los dedos de la policía con elaborado arte. Pronto la policía tendría un golpe de asaz suerte, de eso se encargaría Abel, que consideró que Navil como un oportuno alfil en sus jugadas. Pero en una buena jugada lo profesional era sacrificar algunas fichas importantes sin llegar a tablas, y el tablero comenzaba a hacerse pequeño. Penetró en el edificio Gutenberg y entró en uno de los dos ascensores, pulsó la última planta, y una vez alcanzada, salió del mismo para llamar al ascensor hermano. Las puertas se abrieron y, agarrándose al maco de acero con una mano, pulsó el botón interior de la primera planta sin interrumpir la célula de seguridad de las puertas. Caminó para agacharse tras el mostrador de recepción, su perseguidor entró con precipitación, mirando a un lado y a otro, se percató de que un ascensor estaba en la planta, pero el otro estaba bajando. Maldijo para salir corriendo por las escaleras. Abel retornó a la calle, ya no le apetecía que le siguieran ni era necesario por el momento. Picarol oía la televisión desde la cocina. Pocas veces cocinaba con tanta dedicación, mientras el sudor recorría su cuerpo recordándole el asfixiante calor, cebado aun más, por los fogones. La vulgar película española, donde un pecho era causa de risa, finalizó dejando atrás una España de represión, y el noticiario dio lugar; Las opiniones de los periodistas sepultaban la noticia hasta aplastar su forma bajo escombros de “Yo creo” “Pienso que” Tal vez se dieron cuenta de su poder ante una ignorancia de masas ansiadas de apariencia intelectual. Si eran periodistas y además salían por la “tele” su palabra iba a misa. Nunca mejor dicho, teniendo en cuenta que, de un tiempo a aquí, comenzaron a aconsejar lo que se debía pensar y en lo que nos equivocábamos… Similar a cualquier religión. Y así, grandes profesionales quedaron faltos de luz, cubiertos por la sombra de aquellos que esgrimían la verdad en pro de la sociedad. El locutor narraba con énfasis como en Australia crecía un brote de racismo, el primer germen fue un eufórico ex-cura que predicaba la palabra de Jesús contra el islam. En su particular cruzada crecieron sus fieles. Supuestos católicos sedientos de sangre mora, que asomaban sus dientecillos, afilados y largos como los clavos de la santa cruz. Picarol apagó la televisión con desprecio. – Católicos, islámicos, indios… -Gruñía para sí. –Sólo se pondrías de acuerdo para hacer la guerra contra los marcianos. Al girarse vio a Abel cerrando la puerta. - ¡Hombre! El “currante” –Dijo con sorna.- Veo que te diste cuenta de la llave que te dejé en la mesita. – No. –Sonrió- He utilizado una ganzúa. – Te creo capaz. –Entró a la cocina saliendo con una fuente de ensalada en las manos- ¡Maldita sea! –Exclamó con perplejidad poniendo cara de tonta. - ¿Qué te pasa? – Que no tenemos mesa. –Y miró la fuente de ensalada que tan decidida pretendió colocar sobre lo que no había. – Déjame a mí. Levanto su mano con solemnidad. Cascabel volvió a la cocina desconfiada. Abel tiró los cojines del sofá al suelo y los ordeno, frente a ellos extendió un mantel. – ¡Ya está! –Exclamo señalando con ambos brazos el sencillo panorama. – Es una solución. –Dijo dejando la fuente en el mantel y platitos con aperitivos de lata, después trajo una bandeja con entremeses y un bol de ensaladilla rusa. De pie, frente al mantel azul, repasó con la mirada los platitos blancos. Portadores de berberechos, patatas chips, calamares en salsa y unas olivas rellenas. Se sintió muy satisfecha. La ensaladilla yacía en un bol de plástico amarillo, junto a la bandeja de cristal transparente plagada de diversos embutidos. ¡Todo un festín! Era como celebrar una ocasión que aún no se conocía. Ambos se sentaron con los pies cruzados y comenzaron a comer. Ella no podía evitar mirar a escondidas los músculos del brazo del muchacho al extenderse. En su imaginación, él la miraba del mismo modo. – Quítate la camisa y así no te la mancharas. –Aconsejó con lascivo disimulo.- Total, hace calor. Abel mostró sus manos manchadas por la grasa del embutido, pues comió con ellas y dejo de lado los cubiertos, separó sus brazos a medio alzar en invitación a Picarol para que se la desabotonara. Ella dejó el tenedor y liberó cada botón de su linchante ojal para destapa un pecho viril y saciado de poderío… Otra vez se sintió deforme. Sostuvo una manga para que pudiera sacar el brazo y luego hizo lo mismo con la otra. Ya de pie, de un suave tirón la retiró de la cintura para plegarla sobre una silla. Inspiró aire como si le diera una calada a un cigarrillo imaginario, e intentó concentrarse en la comida. Difícil labor, con aquel ser a su lado, que irradiaba una insoportable atracción a cada célula de su cuerpo. ¡Ojalá fuera bajo! O feo, o tartamudo… Ojala aquellos verdes ojos no fueran las garras que le arrancaban el alma. Miró la televisión hasta las cinco de la tarde, mientras Abel leía con entusiasmo “El poder de Zrom”, Tumbado en los cojines del sofá cuan largo era. Pronto se quedó dormido utilizando el libro y un brazo de almohada. A Cascabel le hubiera encantado quedarse frente a él observándolo, fascinándose por aquello que no alcanzaba, rozándolo con las puntas de sus dedos. Pero tenía otros planes que no quería aplazar. Se vistió con un conjunto de pantalón y blusa, estampados en flores de discretos colores, y unos zapatos casi planos. Colgándose el bolso del hombro dio un último vistazo a Abel antes de marcharse. Tumbado parecía más alto, sus relajadas facciones parecían perder toda la inocencia y jovialidad que le caracterizaban. Como si fuera otra persona. Salió del portal con pasos rápidos y cortos. Mirando al frente, como si pensara en otras cosas y jamás en su destino. Años atrás disfrutaba saboreando su entorno. Pero en su profesión era mal hábito. Podía toparse con algún asiduo al prostíbulo, y a este no le haría mucha gracia que se cruzasen sus miradas. Sobre todo si iba acompañado. Fuera de las paredes del local ella no solo no existía, sino que era una presencia molesta. - ¡Picarol! –Saludo Rusia con asombro- Ya íbamos a organizar una expedición “En busca de la puta perdida” –Y soltó una de sus carcajadas apoyándose en la barra.- Solo nos faltaba el “Indiana-tetones”. - ¡Vale! ¡Vale! ¡Déjalo ya! - ¡Joder! ¡Qué fina vienes tú! ¿Te ha retirado algún marques? - ¿Has visto a Carlos? -Se hizo la sorda. Rusia abrió mucho sus grandes y claros ojos simulando asombro. Todos sus gestos eran teatrales por lo general. - ¿Y para que buscas tú a ése maricón? ¡En el paro te veo! - ¡Vamos! ¡¿Lo has visto o no?! –Comenzó a irritarse. – Pues sí, y aun cliente tuyo que anda loco buscándote. ¡Miguel! Eso, se llama Miguel. Ese que siempre tiene el puro apagado en la boca… - ¡Ostias! Ese pesado. Mira, si lo ves ahora dile que ya no vengo aquí. –Dijo agudizando la mirada y divisando a Carlos. El local estaba casi vacío por la temprana hora, aún no se había formado la neblina de humo, y las luces eran más intensas. Los rincones olían a chicle de fresa, un intenso ambientador que vencía a todos los demás olores naturales. - ¡Pero tú de qué comes! –Insistió Rusia. – De recoger cartones si es preciso, pero yo me retiro. – No digas tonterías. –La envidia tiñó su faz.- Te habrás encontrado un chulo por ahí. ¡Mira que eso es peor! - ¡Que no! ¡Qué paso! –Alzó su cabeza siguiendo a Carlos con la mirada. – No sé si creerte. –Puso gesto de asco.-Mal te veo, y aquí no guardamos el sitio. Ya lo sabes. Eso va a ser la crisis de la puta arrepentida. ¡Luego todas volvemos! – Mira, ya he visto a Carlos. Me voy para que puedas dejar de desearme buena suerte. –Y le dio la espalda. – Pues a ese más vale que lo dejes en paz… Hoy tiene ligue y está muy encaprichado. - ¡Hola! –Saludo Carlos.- Vestida así casi no te conozco. – Gracias… Porque supongo que será un halago. - ¿Conoces a Javi? –Presentó al delgado muchacho que llevaba de la mano. – Quiero hablar contigo a solas. –Hizo caso omiso de la presentación. - ¿Ahora? – Es muy importante. - Si dejo a este suelto por aquí, con mi jauría de amigos, ya me puedo despedir. - ¡Es el único favor que te he pedido! - ¡Seguro que no está cuando vuelva! Además… ¿Tú y yo, qué nos tenemos que decir? ¿Es que tú haces favores? Picarol calló mirándolo con gravedad. El recordó la infinidad de veces que la hizo pasar por su ligue delante de sus amigos… Los de su otra vida. Nunca le cobró, bromeaba diciéndole que era por “La causa” Y que más valía una buena mentira que una amarga verdad. - Como siempre, tú ganas. –Caminaron hasta el oscuro callejón. – Esto te lo digo en serio, quiero que me des trabajo en tu oficina de proyectos arquitectónicos. - ¡Ostias! No creo que encajes allí. –Sonrió tomándoselo a broma. – No seas así. Se manejar una máquina de escribir o un ordenador como nadie… ¡Conozco como funciona una oficina! - Picarol. –Miro al suelo.- Esto me resulta muy violento. - ¡Maldita sea! ¿Qué es lo que no te gusta de mí? Él sonrió con compasión y alzo los hombros. – No seas capullo. A esas tres que tienes en la oficina sólo les falta cobrar… Son peores que yo. - No es por eso… -Acarició con el dedo los pinchazos del brazo de Picarol. - ¡OH! ¡Sí! ¡Claro! –Retiró la mano con violencia. - No te lo tomes así… – ¡Déjame en paz! –Giró su cara hacia el lado oscuro del callejón.- ¡Vete! - Ven conmigo… No te quedes así. - ¡NO! A ese lugar no vuelvo. Con tu ayuda o sin ella esto se acabó. - Eso es una buena noticia. –Casi felicito avergonzado.- Lamento no ser parte de ella. - ¡Maldita sea! ¡Lárgate! Corre a disfrutar estas pocas horas en las que te sientes liberado… Aunque sigas siendo un falso. - Adiós. Que seas feliz… – Gracias a ti. Corre, y que no se te olvide el guión para mañana... ¡Machote! ¡Cuando entres en tu negocio y esas putillas suspiren por tus huesos! –Carlos ya no la podía escuchar. Marcho con la cabeza baja sin mirar atrás. Quedó sola en el callejón, llena de odio y rencor, envenenando el alma de fáciles sentimientos, si más veneno cabía aún. - ¡Que haces aquí! Picarol se sobresaltó. - ¡Miguel! Que susto me has dado. –Suspiró. El cincuentón aproximó su tosca corpulencia e hizo un apremiante gesto con la mano. - ¡Vamos, que tengo prisa! –Agitó su enorme y carnosa mano.- ¡Espabila! – Hoy no, Miguel… - ¡Como que no! ¿Quieres más pasta? –Bailaba el apagado puro en sus labios. – No, búscate a otra. –Intentó salir del callejón, pero él se interpuso en el camino. - Otra no me hace lo que tú. –La aferró de los cabellos de la nuca obligándola, con brutalidad, a que su rostro rozase el de él, el olor a alcohol y tripas revueltas la repugnó. - ¡Va, en serio! ¡Suéltame animal! –Casi sollozó. De un empujón la tiró al suelo. Su codo se despellejó contra el asfalto mientras un grito de dolor escapaba de aquellos finos labios. - Deja tus planes para mañana, hoy me toca a mí. –Se echó mano a la bragueta tirando un billete de cincuenta sobre ella. - ¡Serás puerco! –Maldijo resignándose. - ¡Déjate de…! –Nada más pudo decir. Un puñetazo le partió los labios. Otro, asestado en la frente, lo derribo estrellándolo contra la pared. Alzo su maltrecha cara para conocer a su agresor, intentando detener con las manos la hemorragia de su boca. Perplejo vislumbró a la risueña prostituta, que lucía con orgullo un puño americano. – Por unos taleguitos más me visto de negro y te doy una paliza que no olvidaras en tu vida. ¡Ja! ¡Ja! ¿Haces? - Sus firmes pechos bailaban al son de sus carcajadas. Picarol aceptó la mano de Rusia, que la ayudo a levantarse. Sin pensarlo dos veces golpeo nuevamente la cabeza de Miguel que intentaba levantarse, este tornó a caer cubriéndose la cabeza con horror. - ¿Qué…? ¿Por qué has venido? –Balbució palpando su mal trecho codo. – Por nada. –Retiró su pelo con desdén- Sólo quería asegurarme de que te acuerdes de mí cuando pasees con tu marquesito por los jardines de tu mansión. –Se mofó. – A partir de hoy te aseguro que me acordare de ti en muchos sitios. –Agarró el billete de cincuenta euros estrujándolo con el puño.- ¡Por el susto, gilipollas! –Se dirigió al sollozante Miguel. – Márchate ya… Tienes que coger un tren que sólo pasa una vez por tu estación. –Aconsejó tornando a golpear a su víctima con el puntiagudo zapato, y por su cara de satisfacción acertó donde quería, justo en el costado. El lamento resonó en todo el callejón. - ¿Es tu manera de desearme suerte? – Es mi manera de decir que te largues. –La miró con una maliciosa sonrisa. - ¿Te quedas? –Se extrañó. – Sí, tengo de aconsejar a este caballero sobre su trato con las damas de usar y tirar. ¡JA! – Ahora alzó su mano abierta propinando un enorme guantazo a aquel enorme carrillo. - ¡Gracias! –Dijo a modo de despedida. Y comenzó a caminar por la estrecha callejuela. Aún a lo lejos, se estremecía al oír los golpes que Rusia atizaba al vil de Miguel. Los secos gritos no eran de él, sino de ella por el esfuerzo, cual tenista que siente cercana la victoria. Los golpes cesaron. - ¡Por fin solos! –Bramo alzándose la falda de gasa y bajando con su mano las braguitas de encaje. -¡Ves que bien te he preparado! ¡Como a un rico pulpo! Miguel la miró atónito. Había oído muchos comentarios de Rusia, pero solo eran habladurías. Poco sabía de ella, jamás la pretendió, tan enorme y tetuda. Prefería a las menudas y manejables. - ¿Que pretendes maldita zorra? –Miro con un ojo entre sus dedos temerosos de otro golpe.- ¿Me vas a violar? –Se burlo intentando mantener algo de su malparada dignidad. - ¡Premio! –Rió con ganas, como nunca, y abandonándose a la risa, ésta sonó ronca y más potente. Separó sus piernas entre las que asomó un enorme falo. Picarol caminaba aún aturdida por el golpe, se cruzó con un vagabundo que dormitaba sentado en la acera, con su espalda apoyada en una vieja fachada de la calle Galileo. Su gris bigote estaba reverdecido por la mucosidad, y roncaba de un modo estruendoso. Miró su puño crispado, oprimiendo el billete. Retrocedió hasta la altura del mendigo, para arrojar el dinero sobre éste. – El susto no ha sido para tanto. –Y prosiguió su camino con pasitos cortos y rápidos. Aquella noche Caín cenaría de lujo. Pocas veces disponía de dinero. Y para conseguir canjearlo, tenía que entrar a la tienda mostrando el billete, o lo echaban sin dejar tiempo a explicaciones. Picarol repasaba su cartilla de la cuenta bancaria con nerviosismo, viendo como día a día pequeñas cifras mordisqueaban una mayor. Agobiada por el encierro, pensó en vendarse el delator brazo y abandonarse a la aventura de buscar trabajo, pero desestimó la idea aceptando que nadie la contrataría si se fingía lisiada. Poco a poco, cediendo por la obsesión, adapto su vida a los hábitos de Abel; Por las mañanas no se levantaba, pues él no estaba. Si se despertaba poco antes de su llegada lo esperaba con ansiedad, forjando en su apasionada mente fantasías donde los papeles de ambos se intercambiaban. Más temía forzar la situación y que se diera cuenta de sus ciegos sentimientos. Si de una relación se retiraban las pequeñas competitividades, esta se tornaría insípida… Carente de emoción. Era como ofrecer un terreno liso a un escalador. Los orgullos espontáneos, el cedo y no quiero, eran la chispa energética que prendía odios y pasiones. El “Si mi amor, ahora me muero por ti” era parte de las novelas rosa donde los protagonistas no traicionaban a su eterna pareja por estar impresos en una hoja de papel. Por las tardes la vida nacía en cada rincón de la casa. El muchacho no cesaba de dialogar y ofrecerse por completo, a pesar de ser impenetrable. Como si el destino lo protegiera de relaciones pecaminosas, nada daba pie a otra relación que no fuera la amistosa. Picarol comenzaba a convencerse que, desnudos en la misma cama, solo dialogarías sobre la falta de ropa. Por las noches lo espiaba sin piedad ni pudor. Mientras dormía, abría con mucho cuidado la puerta de la habitación, encendiendo la luz del comedor paras que la penumbra penetrara, y su tumbada silueta tomara forma. Él dormitaba sobre la sabana, con uno del bóxer que Picarol le compró. En ocasiones susurraba algo inteligible y giraba sobre sí para continuar durmiendo boca abajo, otras veces, frotaba sus genitales provocándose una erección en su inconsciencia, que fascinaba a su oculta espía. Entonces, con sumo cuidado, tiraba una toalla frente a la puerta y, sin perder detalle, se masturbaba sobre ella. Temerosa de que aquellos ojos se pudieran abrir y sorprenderla, reencontraba el frenético placer en el sexo que tanto había aborrecido. Mordiéndose el labio inferior para enmudecer los incontenibles jadeos. Así sucumbieron los días, hasta que una tarde, Abel llegó sin su habitual sonrisa. - ¿Por qué estas tan serio? ¿Te han seguido? –Indagó preocupada. - ¡Qué va! –Dudó- O al menos eso creía. - ¡Ostias! ¡Te van a pillar! –Notó una enorme opresión en el pecho. – De mí nada quieren… Pero han pillado a Navil. –La miró con cara de circunstancia. – Seguramente mañana lo soltaran. –Se tranquilizó. – No. No lo creo. – Sera mejor que me expliques lo que ha pasado. –Se sentó en el solitario sofá prendiéndose un cigarrillo. – Pues quería hablar con Navil y lo llamé. Quedamos en el bar de siempre. Él se enfado mucho… -Calló como recordando el momento. - ¿Qué le dijiste? – No fue por lo que le dije. Se enfado al ver que vine con la bolsa. – ¡Pero, Abel! ¡Como se te ocurrió tal cosa! –Dejó su boca abierta por el asombro. – Quedamos en unos minutos, y no me daba tiempo a deshacerme de la dichosa bolsa. –La miró como intentando adivinar su opinión. – Aún así, no entiendo porque lo detuvieron a él y no a ti… ¿Tú llevabas la bolsa? –Achicó sus ojos. – Al entrar sí, pero como se puso a gritarme como un descosido… Me enfadé y le dije que ya se la podía quedar. –Su tono mostraba inocente arrepentimiento.- Que pasaba de trabajar para un tío así, y me marché dejándosela allí. – Ya lo entiendo. –Dio una profunda calada al cigarro.- El muy estúpido, no iba a dejar esa fortuna tirada en el suelo. – ¡No lo hizo! La recogió y al salir, sin dar más de dos pasos, un policía de paisano le apunto con una pistola mientras dos más lo sujetaban. – Si no te conociera diría que lo has planeado… -Medito asombrada.- La policía llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad así. - ¡Picarol! –Protestó ofendido. – Perdona… -Acarició su nuca consolándolo.- Pero es que no me imagino a Navil en la cárcel, es el rey del escaqueo. - ¿Qué le pasara? –Casi plañió. – Supongo que de esta no saldrá bien librado. - ¿Podemos ir a verlo? – Dentro de un par de días… No creo que nadie pague la fianza, y si él lo hace se perjudicara. - ¿Por qué? – Se delataría con tanta pasta. No saldrá hasta después del juicio… ¡Si sale! Aquella noche no espió a Abel, supuso que estaría despierto, presa de preocupación. Seguramente no dormiría en toda la noche pensando en Navil y su metedura de pata. Se sentó en el sofá mirando la televisión. Un fragmento final de la noticia delataba serias rencillas entre Canadá y Francia. De los hilos canadienses tiraban los británicos… – La historia se repite, no hemos aprendido nada… El teléfono se coló en los pensamientos de la muchacha con un agudo golpeteo. Su mano se detuvo sobre él, como águila al acecho, en espera de que sonase un par de veces más. Cogió el auricular con ambas manos, pues estaba partido por la mitad, y unidas las partes por finos hilos eléctricos de colorines. Su antiguo lugar fue la librería, y así quedo tras el hundimiento de su reino. - ¿Si? –Pregunto con brusquedad. - ¿Picarol? Soy Carlos… Necesito hablar contigo. - ¿Qué quieres ahora? –Desconfió resentida. - Tengo un contrato en la oficina esperando a que lo firmes. - ¡Ostias! ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? - No es ningún favor… Realmente te necesito. He tenido que despedir a una de mis chicas esta tarde. - ¿Cuándo empiezo? –El entusiasmo la dominaba. - Mañana ven temprano. No es mucho, sólo cinco horas. Pero dentro de un tiempo… - ¡OH! Cállate… ¡Es fabuloso! - Entonces, hasta mañana. - ¡Amén! –Y colgó el teléfono con una hermosa sonrisa. La noche se le hizo larga pero no pensó en Abel directamente. Se quitó el vestido para no arrugarlo. Lo utilizaría mañana ya que era discreto y elegante. Tumbada en la cama, imaginó toda una idílica vida, donde la gente la respetaba y nadie la reconocía. El sueño asedió sus pensamientos hasta vencer con su persistencia. Caín no tuvo tanta suerte. Creía estar loco y eso sólo tenía un significado; la cordura volvió para quedarse. Sacudía sus manos para intentar quitar aquella horrible cosa, pero nada sucedía… Continuaba percatándose de todo sin poder dar crédito. Ya no sentía nauseas en su estomago, sino en el corazón, que continuaba latiendo contrario a los deseos del viejo. El tomento estallaba en su pecho dilatándose por todo el cuerpo. Intentó, con los residuos de voluntad, dominar la extraña sensación que lo estremecía. Tan solo consiguió añorar la locura que tanta paz le había proporcionado. Una convulsión en los músculos de su boca lo asusto aun más. Palpo los agrietados labios, que ahora sangraban por la tirantez de la piel… De su bolsillo sacó un pedazo de espejo, y tal fue su asombro, que oprimió el cristal hasta clavarlo en su mano. Una sonrisa exagerada era el gesto de su boca, sádica y despótica, nada tenia de ver con los desorbitados ojos del mendigo. Los músculos se relajaron para una nueva convulsión, que modelo una teatral mueca de dolor. Pero él no estaba dolido, estaba aterrado. Tiró el espejo al suelo y, con lentitud, sus labios tornaron a la normalidad. Golpeó con el puño crispado su cabeza, los fétidos pensamientos continuaban fluyendo en su cerebro, con más rapidez de la que podía asimilarlos, sugerían atrocidades sin nombre aún. Postró sus rodillas en el suelo arañado con febril ansia la acera, las uñas que no se despegaron de la piel en el primer arañazo se rompieron en el segundo. El dolor lo distrajo un instante, precioso momento en el que llenó sus pulmones de aire para gritar de angustia y falto de voz. La intensidad de la sensación se redujo, proporcionando una tregua sin un alto el fuego. Caín arrastró sus pies por la oscura calle, consciente de que no podía huir de sí mismo. Alisó su vestido con nerviosismo y se irguió frente a la puerta de aluminio y cristal, quería dar solemnidad a aquellos pasos. Serian un símbolo el resto de su vida. Los pasos con los que cruzó la frontera hacia otra dimensión. Empujando el tirador sorteó la puerta. Carlos la esperaba tras un pequeño mostrador de melanina gris pálido. - ¡Hola! –Saludó Picarol alzando los brazos con alegría. - ¡Puntual y vivaracha! ¡Me casaré contigo! – Mejor dejamos la boda para la hora del bocadillo. - ¿Más puntos a tu favor? –Continuó bromeando.- ¡Ven! Te enseñare tu lugar de trabajo. Abrió una blanca puerta en el panel de cristal opaco que limitaba la recepción, y un tecleo se dejo oír. El local era pequeño y muy bien iluminado. Los colores claros eran rotos por algún moderno cuadro de marco chillón. Sobre las tres únicas mesas, próximas a las ventanas, pendían enjambres de ojos de buey. En el fondo, dos haces de luz chorreaban por las esquinas, dando la sensación de profundidad. Un cartelito dorado, pegado la puerta del fondo, rezaba con negras letras: “DESPOTA REPRIMIDO” Sobraba la palabra déspota, pues aquel era el despacho de Carlos. Los estantes cubrían las paredes, desbordados de información; Coloridos catálogos enfrentados en su disparidad, folios grapados y gastados libros. - Esta es Soledad. –Posó la mano en el hombro de una muchacha entrada en kilos de mejillas sonrosadas. Aporreando el teclado del ordenador, separó un instante su mirada de la pantalla a modo de saludo, su papada bailoteo con el brusco movimiento. Retiro la media melena castaña de su mejilla con una mano sin dejar de teclear con la otra. “Como se luce delante del jefe” –Pensó Picarol. - Y ahí, Maite –Señaló con la mano. - ¡Hola! –Exclamo posando una mano sobre el teléfono. El acento catalán endulzaba su voz. Delgada y falta de pechos cual danzarina, batió sus rubios y largos rizos de un cabeceo, mostrando un enorme pendiente de plástico, que retiró de su oreja para sepultarla con el auricular. Sus incisivos destacaban a causa de la boca pequeña, pero su apariencia era grata. - Soledad se encarga de pasar los proyectos a limpio y de los catálogos entre otras cosas. Picarol asentía con la cabeza demostrando interés. - Maite es mi brazo derecho, lleva la relación de mi agenda y trata con los clientes. También se encarga de que todo funcione correctamente cuando yo no estoy. –Se acercó a una mesa enorme en forma de “C”. Sobre ella, un gran ordenador mostraba su poderío.- Este será tu lugar de trabajo. En este estante tienes los manuales de los programas de contabilidad, y Maite te dará todos los datos que necesites. - ¿No sería mejor empezar por algo más sencillo? - ¡Venga ya! En la universidad eras única con esas materias. –Le susurró al oído.- No te acobardes ahora. – Cuando yo iba a la universidad los profesores hablaban de la prehistoria de oídas. Algunos pedían silencio para escuchar los ecos del Bing-Bang. Soledad soltó una risotada y se ruborizo. Los negros ojos de Carlos brillaron de nostalgia. Esta vez fue Picarol la que le susurro al oído: – Jamás olvidaré cuando me robaste aquel novio… Maite los miro de reojo intentando oír los cuchicheos. - Tomate el tiempo que quieras para ponerte al día. ¡Pronto le cojeras el tranquillo! ¡Me voy! ¡Adiós preciosas! - ¡No me has dicho por donde empiezo! - Estos días no empieces nada. Coge los manuales y familiarízate con los sistemas. –Y desapareció con su varonil paso. Picarol puso uno de los manuales abierto sobre la mesa. Conectó el ordenador y acarició el teclado con entusiasmo. Tecleando con los anulares convocó uno de los programas sin retirar los ojos del manual. Maite y Soledad intercambiaron una burlona mirada. Empecinada con sus quehaceres, su entorno desapareció y las horas tropezaban rodando cuesta abajo. Se dejó envolver por el olor añejo de la tinta y el papel. Hasta el ordenador tenía un aroma especial, a circuitos calientes, que le daba seguridad en un torrente de dudas cuyas incógnitas recuperaba de su memoria. Maite, esperó con el orgullo inquieto a que “La nueva” le pidiera ayuda. De vez en cuando alzaba su cabeza indagando en las actividades de la silenciosa muchacha. Con Soledad era más atrevida, se levantaba de su silla situándose tras de ella con seriedad, tras una escrutadora mirada, inclinaba su esbelta silueta sobre la mesa dejando caer algún chaparrón de reprimendas. Esto provocaba que los carrillos de Soledad, fofos y temblorosos, se colorearan de rojo avergonzado. Picarol no necesitó prestar mucha atención para darse cuenta de la actitud de Maite; defendía su posición dejando claro que los demás eran peores. Era una táctica para asomar la frente por encima de todos, o crecías, si no eras más alto que algunos, o te subías encima de ellos. Semejante táctica se utilizaba mucho en las rutinas del prostíbulo, urdida de mentiras, pequeñas conspiraciones y un eterno mitin de yo soy mejor. Carlos cruzó el local saludando y penetro en su despacho. Maite y Soledad recogieron sus mesas levantándose para marchar. – Son las dos. –Se dirigió a Picarol, que continuaba impasible. – Quiero acabar esto antes de irme. – Es que aquí se acaba a las dos y se empieza a las cuatro otra vez. –Insistió como si no quisiera dejarla a solas con el jefe. – Yo no vengo por las tardes. –No dejó de mirar la pantalla. - ¡AH! No me habían dicho nada. –Casi se ofendió.- ¡Adiós! - ¡Hasta mañana! –Se despidió con indiferencia. Transcurrieron unos minutos, apagó el ordenador satisfecha. Recogió su bolso y miro la puerta del despacho indecisa, caminó hacia ella abriéndola sin tocar y asomó la cabeza. – Me voy. –Dijo casi en un susurro. Carlos examinaba un plano en una enorme mesa. Junto a la ventana había otra de dibujo, los ficheros de metal ocupaban el espacio con avaricia. - ¿Qué haces aún aquí? –Sonrió. Ella se aproximó a la mesa en silencio, e inclinándose agudizó sus ojos sobre el plano. - Es un almacén gigantesco. –Comenzó a explicar sin esperar pregunta alguna.- Quieren una oficina de un piso en su interior, pero esta maldita forma de “L” qua hace el local no deja espacio para tal cosa. – Pero si el local es muy grande. –Se extrañó señalando la escala y metros de la nave. - ¡Inmenso! Pero carece de patio y los tráileres deben entrar en él. En ocasiones más de uno. La clave está en montar la oficina donde no les impida maniobrar. - ¡Fácil! Haz otra planta. - No es mala idea, las vigas soportarían el peso sin problemas. Pero esto añadiría metros cúbicos a la construcción global, y el dueño sabe de buena tinta que se están aprobando leyes que tendrán en cuenta esto. Si le añado metros útiles, se le dispararán los impuestos, pues ahora está en el límite. - ¡Ostias! –Dijo pensativa- Si que es complicado. - No te preocupes, reina. Ve a descansar. - ¿Y si lo haces flotante? - ¿Flotante? - ¡Si, hombre! Las vigas dices que soportarían el peso… Igual en lo alto que debajo. ¿No? - Claro. Eso es pura física. – Pues cuelgas una estructura metálica de las vigas y montas las oficinas. Las escaleras pueden recogerse hidráulicamente para no molestar en la maniobrabilidad de los camiones. - Me estudiaré la idea… Supongo que hubiera llegado a ella después de comerme mucho el coco… ¡Qué diablos! ¿Cómo sabes tanto tú? – Bueno… Hice mi tesis antropológica basándome en la arquitectura de los mayas, los hindús y otros muchos, ya hacían edificios flotantes en las montañas siglos atrás. - Toda esa información que tienes en esa cabeza tan subestimada me da una idea. –Entorno los ojos- Quien sabe si con diseños antiguos tendría cierta exclusividad y más altas aspiraciones… ¡Bueno! Ya haremos planes. Ve a comer. Carlos no prestó atención a Picarol mientras marchaba. Estudiaba el plano garabateando sobre él. - ¡Sí! ¡Claro! Y esto… Así –Se decía satisfecho. Él pensó en alzar la oficina. Con un par de columnas de metal soportaría un lado, pues el otro se apoyaría en la propia pared de la nave. No fue mala idea, pero al dueño no le agradó. Las paredes de dicho almacén estaban revestidas de bastos estantes para los paquetes, con la oficina apoyada en ellas tendría que sacrificar el espacio de almacenaje y, por otra parte, las columnas entorpecerían a los camineros. Siendo flotante desaparecerían todos los problemas. - Menudo fichaje. –Susurró pensando en la muchacha. Se recostó en la silla giratoria abandonándose al recuerdo con cara de lelo. Recordó su primer encuentro con Picarol, fue en el bar de la universidad. En aquellas mesas, casi siempre empapeladas por apuntes y libros, junto a una taza de café… ¡Ostia aquellas mesas! –Sonrió- Donde se salvaba al mundo con intelectuales argumentos. Ella era la envidia de todas. Paseaba su cuerpo de modelo por todo el bar con desbocado orgullo. Siempre daba unas vueltas antes de sentarse en alguna solitaria mesa, que pronto se saturaba de guaperas deseosos de llevarse el premio. ¡Como disfrutaba haciéndolos sufrir! Hasta las empollonas la miraban con recelo, pues apenas estudiaba y conseguía notas de primera. Nadie comprendía en qué diablos trabajaba para poder costearse los estudios y vivienda con tanto lujo, y más misteriosa se tornaba tal labor al ser tan compatible con los horarios de estudio. Una noche de San Juan, a la caprichosa verdad le dio por pasearse por un oculto burdel. Él la miró perplejo, su maquillaje la delataba, aunque con aquel señor sobando los firmes senos no había mucha falta fijarse en esos detalles. Rechazó al sobón asustada ante la presencia de Carlos, que retiraba la mano de la cintura del muchacho que le acompañaba, con desgana, pues su buen dinero le había costado. Se miraron con temor y cada uno se marcho por un camino diferente. Semanas estuvieron evitándose por los pasillos del centro. Esperando oír los comentarios que detonaran la ruina de sus vidas. Carlos lo pasó muy mal, miraba a sus compañeros intentando leer en sus rostros si habían oído algo. Cualquier mirada, por inocente que fuera, le resultaba sospechosa, inquisidora en su plasmación sobre él. Un buen día, Carlos alzó la mirada de los libros para encontrarse a Picarol mirándolo con descaro. Se sentó frente a él en silencio, esperando a que se diera cuenta, mientras que los otros estudiantes maldecían que no se hubiera sentado sola. - Lorena… -Casi balbució. – Ahora entiendo porque no prestas atención a los bombones que se cuelgan en tus tobillos. - Y yo porque sacas tan buenas notas en las materias que imparten profesores y no profesoras. –Se defendió con nerviosismo. - ¡Cierto! –Echó su cabeza hacia atrás apuntándole con sus deseados senos, a la vez que los negros rizos rozaban sus mejillas. Tornó a reincorporarse para taladrarlo con su mirada.- Pero yo no levanto sospechas ni comentarios. - ¡Comentan de mi! –Emblanqueció- ¿Tú has dicho algo? - ¡Claro que no! Al igual que tú, he preferido callarme. - Entonces… Si tú no has dicho nada. ¿Por qué comentan? – Tus veras: un tío cachas que hace ascos a las chicas más guapas. –Sonrió destacando aquella belleza virginal, ambición de fotógrafos y escultores.- Suma dos y dos. Levantándose de la silla se acercó a él, y rodeándolo con sus brazos, juntó las dos bocas más ansiadas de la universidad en un largo y apasionado beso. Muchos miraron con envidia y desilusión la romántica escena. - ¿Ves? Ya no habrá más comentarios. - ¿Quieres comprar así mi silencio? –Los castaños ojos de ella, colmados de vida y esplendor, estaban a escasos centímetros de él. – No, tu silencio ya lo compré con el mío. Si fingimos salir juntos, tú te libraras de los comentarios y a mí me dejaran en paz… Comprenderás que no tenga ganas de tíos. ¿Verdad? En la comercial relación brotó una amistad de cemento sólido. Ambos, por primera vez, pudieron hablar sin tapujos, y sin el temor de que una traicionera palabra escapara en la euforia del dialogo. Compartieron muchos secretos y se intercambiaron infinidad de consejos, hasta que Picarol fue sorprendida en una despedida de solteros, a pocos días del final de su carrera. Carlos intentó convencerla de que volviera a la universidad. Nada pudo hacer, y continuó con su eterna comedia, de engañado y ofendido ante el comportamiento de su ex novia. Pronto acabó su carrera de arquitecto y montó su propio negocio. Casualmente sus vidas se cruzaron una vez más y con ellas la farsa, que ahora solo beneficiaba a Carlos. La sonrisa se borró de sus labios y tornó a inclinarse sobre el plano. - ¡Estúpida! –Lamentó- ¿Tan importante era lo que pensasen los demás niños ricos? Su cuerpo se heló al ponerse en su lugar. – Es mejor que entre yo sólo. –Dijo Abel con aquella nítida mirada de musgo fresco.- En los días que trabajé para él entablamos confianza, y tal vez quiera decirme algo confidencial. Picarol asintió jugueteando con la correa de su bolso. – Pues no tardes. –Dijo palmoteando el banco de madera que amueblaba los pasillos de la sala. – Será un momento. –Caminó hacia el pequeño mostrador de metal donde aguardaba un guardia. Pronto se vio sentado frente al angustiado Navil en algo parecido a un comedor. Una larga mesa cruzaba la estancia de pared a pared. En un lado las familias y amigos, y tras el grueso cristal, los presos. Dialogaban mediante un auricular, bajo la vigilancia de los policías. – No te esperaba después de tu faena. –Su mirada era de infinito odio, encajada en aquella cara demacrada por el cansancio y la preocupación. – Fue un accidente. –Sonrió impasible. – Si… Un accidente muy bien calculado. – Dejémonos de bonitos recuerdos –Y la expresión de Abel mostró lacerante inhumanidad.- Quiero el nombre de tus distribuidores. A Navil le asustaban aquellas espontaneas transformaciones. No eran tan solo un cambio de expresión, aquello parecía como si otra persona ocupara el lugar. – Estás loco. ¡Olvídate de mí…! -Hizo el gesto de levantarse. – Es por tu bien. –Sonrió. – No conseguirás nada de mí. ¿Qué puedo perder ya? –Una gota de sudor cayó por su sien. Realmente, temía la respuesta. – Sólo te faltaría que ahora testificase alguien contra ti, el fiscal no tiene testigos… Por ahora. Imagínate un testigo inocente y creíble. – No me asustas… Si testificas te implicarás tú también. – Pero no me harán nada si les doy a su pez gordo. Navil manoseó el aire con despecho. – Haz lo que quieras. ¡No conseguirás nada! –Sus ojos derramaban un espeso temor. Abel posó la palma de su mano en el cristal, para el vigilante fue un gesto de cariño. Pero Navil percibió una angustia nauseabunda, como si aquella mano irradiara tal maldad, que atravesara todo obstáculo hasta alcanzarlo. El reflejo de su cara en el cristal destacó más de lo normal. Las facciones del reflejo se movían a la par que las de Abel. Pero no tenía aquella expresión dulce y confiada. ¡Todo lo contrario! A Navil se le antojó demoniaca. - Gracias a ti conozco a todos tus camellos. –La voz del muchacho era pausada. Había dejado el auricular sobre el mostrador, no le era necesario, el aterrado árabe creyó que sonaba cerca de su oído, como si le susurrasen desde atrás.- ¿Sabes lo que te harían si por tu culpa se vieran pringados? Tengo una lista de direcciones de tu puño y letra en una bonita servilleta. – Espero que revientes. – Balbució. – También tendrás que llamarlos para explicarles porque te sustituyo yo. No me gustaría encontrar ninguna traba. Abel retiró su mano del cristal, en el cual quedaron marcadas, con profundas grietas, las líneas de su palma. Su reflejo se difuminó tornando a la normalidad. Navil murmuró algunos nombres y direcciones, y sin más se dirigió a la puerta por donde salió. Con ayuda del guardia, pues sus pies flaqueaban, y la palidez dominó su rostro destacando unas negras ojeras bajo aquellos ojos desorbitados. - ¡Pues sí que has ido rápido! – Dijo Picarol levantándose. – Tenía poco que decir. –La miró con candidez.- Quiere que yo siga con el asunto. - ¡Vaya! Te tiene confianza. –Meditó un instante.- ¿No sería mejor que te buscases otra manera de ganarte la vida? Abel se hizo el distraído y no contestó. José se sentía enormemente feliz. Repasó con su mirada el pequeño despacho con la satisfacción de percibirlo todo organizado y reluciente. Sus compañeros le gastaban bromas por su obsesión con la limpieza y el orden. Decían, que limpió tanto el retrato de su mujer, el que tenía sobre la mesa, que le borró la expresión. A pesar de sus manías, su cabeza siempre estaba despeinada, era como el caos que cubría el perfecto orden. Todos pensaban que era la imagen que le gustaba dar, un peinado juvenil, moderno. Esto distaba mucho de la realidad, la dirección de sus capilares era dispersa por una mala formación de su cuero cabelludo, sumado a un grueso cabello imposible de dominar. Pero era algo que lo caracterizaba, parte de él. Sonreía cuando alguien le dejaba en el cubilete de los lápices un peine para mofarse, a sus cincuentaicuatro años, estas cosas ya no le molestaban. Escuchó como canturreaba su compañero por los pasillos. Al llegar a la puerta de cristal blanco, no utilizó la maneta, apoyo la palma de su mano empujándola. José a punto estuvo de reñirle, pues aquello dejaba feas marcas de grasa, pero le sorprendió verlo aparecer con un pequeño pastel en su mano, sobre el cual lucían tres velas encendidas. - ¿A qué viene esto, Víctor? – Preguntó al joven muchacho, que lucía una resplandeciente sonrisa en su delgada tez. -¿Ha mejorado tu mujer? La sonrisa desapareció de su faz mientras negaba con la cabeza. - No… Es por otro tema. –Con gran esfuerzo se repuso. - ¿Entonces? –Esquivó el tema. - ¡Sopla, cariño! –Dejó el pastel sobre la mesa.- ¡Te lo has ganado! A José se le escapó una carcajada al fijarse en dulce: “Navil”, leyó sobre este, escrito con sendas letras de chocolate. Su compañero ocupó una de las dos sillas que yacían frente a la mesa. - ¡Tres años! – Encorvó su delgado cuerpo para acercarse a José.- ¡Tres años detrás del hijo puta ese! Ya nos iban a investigar prensando que obteníamos algún beneficio. - Ya. –Asintió con voz calmada.- Pero tú sabes que hicimos todo lo posible. - ¡Lo sé! –Su sonrisa desapareció- Lo sé. Y ahora, esa anguila escurridiza está en la cárcel. Después de más de veinte detenciones de las que salió ileso. - ¿recuerdas cuando nos denunció por acoso? –Recordó, mientras los azules ojos de Víctor se entornaban al escucharlo. - ¡El muy cabrón! El vendía la droga, y nosotros nos teníamos que defender. - ¡Bueno! –Puso una mano en el hombro del muchacho.- No olvides que el departamento nos apoyó. - ¡Sí! Y también solicitaron una investigación, porque no se fiaban de nosotros. Nadie creía que en tres años fuéramos incapaces de darle caza. - ¿Sabes que te digo? - ¿Qué? –Lo miró con atención. José, como toda respuesta, sopló las velas del pastel alzando los brazos en señal de victoria. Su compañero recuperó la sonrisa. La cena fue silenciosa, seguramente, Abel no tenía ganas de hablar a casusa de la impresión que le había causado ver a Navil en aquellas condiciones. Picarol, comprensiva, lo dejó meditar a solas retirándose a su habitación, donde repasó los manuales que se trajo de la oficina. Sus ojos enrojecieron escociéndole, y varias veces perdió la línea de lectura. Las letras se movían como cojas hormigas, y los recuerdos se antepusieron filtrándose entre la técnica información. Despertó para retirar el libro que le oprimía la mejilla tirándolo al suelo. Un niño la miró sonriente. Era de raza negra y sus costillas destacaban entre la piel. De sus saltones ojos surgían minúsculos insectos que correteaban por la cabecita carente de pelo. Tras de él, un llano de barro reseco, dónde se podían divisar muchas chozas con techos de paja. El rojizo amanecer parecía prender fuego al poblado, las montañas no cubrían el sol, sino que estaban detrás, en un oscuro fondo, dibujando siluetas fantasmales cuyas sombras se proyectaban en el gris cielo. El niño le dio la mano, sudada y muy caliente, acompañándola al interior de una choza. Dentro, en un mar de fétidos olores, una demacrada mujer daba de mamar a un bebé. - Hace días que no come. –Susurrón la mujer retirando el escuálido pecho.- ¿Cree que está enfermo? Le ofreció al recién nacido, y Picarol lo sostuvo entre sus manos. Estaba hinchado y morado… Vacio de vida. Despertó sobresaltada, a causa del despertador que apagó malhumorada. Abel no estaba, como ya era costumbre, y se dispuso a marchar. En la oficina los saludos se intercambiaron con sequedad, excepto por parte de Carlos, que asomándose por su despacho la llamó con entusiasmo. - Pasa, te estaba esperando. - ¿Malas noticias? –Se preocupó. - Todo lo contrario. –Se sentó en su silla invitando a Picarol a sentarse frente a él. – Tú dirás. –Alzó sus hombros a la espera. - ¡Mira! Este proyecto lo encarga el ayuntamiento dejando plena libertad a los diseñadores. –Señaló un montón de papeles sobre la mesa.- Pensaba rechazarlo… Bueno, no participar en el concurso pues se presentaran muchos y elegirán al mejor. Pero contigo a mi lado podremos hacer algo digno de competir. - ¿De qué se trata? - De crear comercio en la montaña Sant Llorenç. Hotel, apartamentos de alquiler, merenderos y esas cosas. – Me huelo que se acercan las fechas de votación. ¿Verdad? - Se aceptará el proyecto más ecológico y estético. ¡Ahí entras tú! –Abrió un cajón de su mesa.- ¿Cómo harías algo así? – Para no alterar el entorno… -Meditó en voz alta- ¿Con excavaciones en la misma montaña? Todo en el interior. - ¡Exacto! –Cerró el cajón ocultando los dibujos de construcciones románicas que había realizado durante la noche.- ¡Justo…! ¡Justo lo que yo pensé! – De esta manera existe el aliciente de poder descubrir nuevas cuevas, ocultas sin entrada, mientras se realicen las obras. - No me expliques nada. Ve a tu mesa y comienza a escribir todo lo que se te ocurra, más tarde lo estudiaremos. Picarol volvió a su mesa bajo la inquisidora mirada de Maite. Aproximó una mesita con ruedas que sostenía un ordenador portátil y lo enchufó… Meditó un instante y una ráfaga de tecleo manó de las veloces manos. Soledad miró incrédula y torno a su trabajo, que ahora le parecía más mísero que nunca. – Soledad, por favor, donde está esto y aquello. Consultaba ignorando a Maite, la cual solicitó el despido sin mayores explicaciones, tras un par de días de insoportable situación. Carlos no intentó retenerla, pues sólo era un necio cuando era preciso. Sabía que contentaría a la orgullosa secretaria prescindiendo de Picarol. Su posible llave hacia el futuro y ambición. Abel se tornó ausente y misterioso. Esto no entristeció a Picarol, que cada nuevo día percibía más muestras de que el muchacho deseaba que aquel fuera su hogar. Una tarde encontró el comedor amueblado con muebles de noble madera. Ni las cortinas eran las mismas, y el sofá, digno e inmenso, lucía su piel de vaca entre los sillones a juego. Los electrodomésticos fueron sustituidos por otros más caros y complejos, al igual que las lámparas. Día tras día la casa se iluminaba con nuevos lujos que no dejaban de sorprender a la muchacha. Sin capacidad para asimilar tantas alegrías, ansiaba el momento en que Abel le ofreciera un serio papel en su vida. Una tarde comenzaron los primeros indicios de futuro, o al menos, así lo interpretó Picarol. Entró en su cuarto, y las llaves escaparon de sus dedos flojos por el asombro; Las paredes cubiertas por terciopelo azul, destacaban los muebles, fabricados con cristal en su mayoría. Una enorme cama mostraba con viveza la colcha de raso esmeralda. A sus lados dos mesitas de cristal, y en una un retrato de Cascabel, recuperado de la caja de cartón, en la otra uno de Abel con su sensual sonrisa de inocencia y despreocupación. Los retratos en aquel lugar solo podían ser un tímido mensaje. Se despojó de la blusa tumbándose en la cama, el roce del fresco raso contra sus desnudos pechos la excitó, humedeció sus labios con saliva entornando los ojos. La sensibilidad, perdida por los años de dura profesión, ahora fluía por sus venas estallando en las mejillas como volcanes de pasión. El sonido de la puerta al abrirse la arranco del comienzo de otra de sus fantasías. De un brinco se reincorporo colocándose la blusa con rapidez. Abel estaba sentado en el sofá, junto a un muchacho de aspecto inofensivo que la miró con mal disimulada admiración. - ¡Hombre! ¡Tú por aquí, Aladino! –Bromeó halagada por la mirada del adolescente. – Este es Jaime. –Presentó levantándose como un modelo que pretendía ofertar aquel traje claro de verano.- Hace días que es el “porteador” Pero ha tenido problemas en casa. - ¿Y…? –No comprendió que podía hacer ella. - ¿Podría quedarse aquí medio mes? Dormiría en mi habitación. Picarol sintió un calambrazo en el estomago. Si el muchacho dormía en su habitación… ¿Dónde dormiría Abel? ¡Pues con ella! Ese sería el comienzo de normalizar la relación. Tal vez esto lo había planeado, complicándose la vida tontamente, para hacerle la pregunta indirectamente, pues le faltaba valor. - ¡Claro…! - ¿Claro qué? –Se extrañó. – Quiero decir que… Claro que se puede quedar. –Traicionaban los nervios su expresión. - ¡Estupendo! Cuando yo vuelva solucionare el problema de vivienda de Jaime. - ¿Cuándo vuelvas? ¿De dónde? –El desencanto consumió aquel calambrazo estomacal. – He de ausentarme por negocios, sólo serán quince días. – Eso son muchos días… ¿Has negociado con los japoneses? –Ironizó. – Aún no… Me espera el taxi en la puerta. He de irme. –Golpeó sus muslos como si le diera mucha pena. - ¡Pues nada! ¡Adiós! –Se despidió ella resignada. Él se acercó, besándole la frente con unos cálidos labios que la hicieron estremecerse, cerró la puerta tras de sí. Jaime miraba al suelo ruborizado, mientras jugueteaba con los dedos. Picarol lo observó con curiosidad. Apenas tendría los diecisiete. Abel había elegido bien, con aquel pelo rojizo y la cara plagada de pecas daba el aspecto de niño bueno. Perfecto para un porteador. - ¡Ostias! Si eres un crio. ¿Ya sabes dónde te has metido? –Le reprimió. – Sí, mama. –Respondió con sorna. – Mejor sigues haciéndote el tímido. - ¿Eres la mujer de Abel? –Preguntó levantándose del sofá. Picarol tuvo de alzar la cabeza para contestarle, pues era bastante alto, un pelín entrado en quilos. Pero hasta eso sumaba en su talante bonachón. – No… Vivimos juntos. –Meditó un instante.- ¡Como si compartiéramos piso! - ¡Que buen gusto que tiene! C – Dime, tú sabes dónde ha ido. ¿Verdad? El muchacho frotó su pequeña nariz con actitud incómoda. – Me dijo que no me dejara sonsacar. - ¿Por mí? –Puso una mano en su pecho con dramatizado asombro. – No, a ti no te mencionó. – Pues dímelo, no pasa nada. ¡Me lo cuenta todo! - Pues esto no te lo ha contado. –Entorno los ojos. - ¡Porque tenía prisa! ¿No lo has visto? –Se acerco a él con seriedad- ¿Lo has visto, o no? - ¡Que si! –Retrocedió un paso intimidado. - Pues dímelo ya. ¡Pesado! – Va al laboratorio… - ¿Qué laboratorio? – Uno que ha alquilado para tratar el caballo. - ¿Dónde está? - ¿Siempre eres tan preguntona? – No, de vez en cuando gruño. El muchacho agudizó la vista a escondidas, coló su mirada entre la blusa de Cascabel, que percatándose, liberó botón a su ojal. - ¿Y en estos quince días que harás? – ¡Nada! Esperar aquí a Abel. Ella se sentó junta al adolescente, cruzando las piernas. – Abel es muy raro ¿Verdad? – Tú lo conocer mejor que yo… Nada más llevo unos días con él. – Comprendo, prácticamente no habrás tratado con él para nada. –Dijo con el tono despectivo. - ¡No! En este tiempo no se ha despegado de mí, enseñándome como he de hacer las cosas. Dentro de un tiempo me dejará ir sólo. –Estalló en un intento de recuperar el interés de la preciosidad, que ahora entornaba las persianas. - ¡Vaya, vaya! ¿Lo acompañaba alguna chica? – Nunca. Ni las mira, al principio pensé que era rarillo… - ¡Ostias! ¿Qué te hizo pensar eso? –Jaime supo que había recuperado toda la atención sin duda. – En los puntos de recogida despreciaba a mujeres fenómenas que se le acercaban como moscas… Pero ahora lo entiendo. –Susurró la última frase.- Para que comerse bombones fuera teniendo un pastel en casa. Picarol lo miró con media sonrisa y se recostó en uno de los sillones, inclinando su cabeza hacia el muchacho. Sus negros rizos formaron un velo en la mejilla. Las rendijas de luz, provocadas por la persiana, se proyectaban en su costado mientras motas de blanco polvo flotaban en los haces. Sus castaños ojos reciclaban la escasa luz en un mágico brillo; algunos pintores consiguieron representar algo parecido, y se habló de ellos durante siglos. Mas las palabras corrieron, avergonzadas, a esconderse en los rincones oscuros, incapaces de expresar la imagen que dio haber una simple postura. Jaime, lamia con su mirada la escena, temeroso de que los cimentos de la compostura cedieran ante el roer de voraces hormonas. Sin comprender, que aquel enigmático brillo en los ojos de la dulce dama, no era más que el lagrimeo común de cualquier heroinómana. - ¿Sabes que soy drogadicta? –Pronunció con maternal sonrisa. El encantamiento era frágil, y Picarol había pronunciado las palabras correctas para romperlo. Espontanea y brusca, apreció el asombro del muchacho. - ¡¿Te chutas?! – Mucho. ¿Pensaste que lo de mi brazo eran tatus? – Me lo has dicho porque ahora te apetece hacerlo ¿No? –Su recelosa mirada se centraba en las callosidades lilas del brazo. – Te lo he dicho porque me apetece dejar de hacerlo. Si en estos días me ayudas prometo recompensarte. –Se acercó un poco mas consiguiendo roce. - ¿De qué recompensa se trata? - ¿Qué edad tienes? – Más de la que tú te crees. –Alzó su cabeza con dignidad. – Da igual… -Cogió la mano de él apretándola. ¿Has estado con alguna mujer? – Hasta hoy pensaba que sí. –Y la picardía tildó el gesto. – Pues ayúdame, y la próxima vez que te pregunten esto… Responderás otra cosa. - ¡Ni pensarlo! –Apartó su mano con temor.- Abel me arrancaría la cabeza. - ¿Qué Abel qué…? –Se extraño de la imagen que tenía el muchacho de alguien tan inofensivo.- ¡Bueno! No tiene porque enterarse. - ¡Olvídate! ¡Ni que se entere de esta conversación! - ¡Tranquilo! –Alzó sus manos- Tampoco me hace falta la ayuda de un extraño. - ¡Pero sí te pienso ayudar! - ¿A cambio de qué? –Muy seria se levanto dándole la espalda. – De dejar de ser un extraño. - ¿Dónde está la trampa? – Eso mismo me pregunto yo cada día. Ya que pensamos igual ¿Por qué no ser aliados? - ¿Cuántos años tienes? –Lo miró encontrándose con aquella sonrisa que ella perdió años atrás. – Dieciséis. –Dijo de mala gana meneando la cabeza. – Eres todo un viejo. José penetró en la comisaría con máxima discreción. Pretendía pasar desapercibido para evitar cualquier conversación. Alcanzó su despacho y, cerrando la puerta, se sentó en su silla sintiéndose a salvo. No encendió la luz, de esta forma no repararían en él. Se concentró en la fotografía de su mujer. ¿Qué pensaría de todo esto? La venta de heroína se había disparado en los últimos once días. Todo esto lo organizaba un joven chaval, de cara inocente y acto astuto. Mil veces más escurridizo que Navil, parecía anticiparse a todos los movimientos de la brigada. Si comenzaba una investigación, rodarían cabezas. ¡Alguien tenía que pagar los platos rotos! Víctor entró en el despacho, y deteniéndose frente a la mesa, permaneció de pie con aire frustrado. José lo escrutó unos largos segundos, intentando descifrar aquella mirada colmada en ira. - ¿Qué has averiguado? –Por fin preguntó José impaciente. Su compañero negó con la cabeza resoplando. Inclinó su frente al suelo y soltó una irónica carcajada. - ¿Jugamos a las preguntas? –Comenzó a irritarse José.- ¿Es Navil el que coordina todo esto desde la cárcel, o no? - ¡No! –Por fin contestó Víctor con contundencia.- Acabo de verlo, y te aseguro que ese no coordina ni su esfínter. - ¿Qué quieres decir? –Entornó sus ojos extrañados. - ¡Que está como una regadera! Lo medican constante mente. Sufre terrores nocturnos, teme a las sombras y a cualquier ruido que escuche. Cuando oye una cisterna, sus gritos de pánico resuenan durante un buen rato por toda la galería. –Se sentó en una silla.- Han tenido que cambiarle la celda para que los demás presos puedan dormir. - No me imagino a ese chulo de esta manera. ¿No estará fingiendo? - He estado con él. Tenía calvas de arrancarse el pelo a tirones, las puntas de sus dedos sangraban, de comerse las uñas hasta… -Hizo un gesto de asco- ¡Y como olía! ¡Por Dios! ¡Olía a pura mierda! - ¿Qué le ha pasado? Ya había estado otras veces en la cárcel. - No creo que sea eso. Cuando llegué, el director me aconsejó que fuera yo a su celda… ¡Preferían no moverlo! -Meditó incrédulo.- Lo encontré en una esquina del calabozo, acurrucado, mirando al frente y con cada mano palpando las paredes. - Pues estamos jodidos. Sin Navil no tenemos ningún hilo del que tirar. Ese guaperas es inexpugnable. - ¡Nos acabaran investigando! ¡Esto no hay quien se lo trague! - ¿Has hablado con Raquel? –Palpó la mejilla de Víctor con cariño.- Quizás deberías prepararla. Si nos investigan harán mucho ruido. - ¡Estás loco! –Se reincorporo asombrado.- ¡No debe enterarse! Bastante tiene con lo suyo. Carlos cogió el teléfono, tuvo que entrar otra vez al despacho, pues se disponía a marchar luciendo unos enrojecidos ojos, causa de horas de atención sobre los planos. - ¡Picarol! ¿Qué sucede? - … - ¡Dos semanas! ¡Estás loca, tenemos que hacer el pro…! - … - Aunque lo hagas en casa no me parece bien. No me falles ahora. - … - Reina, si es por eso la cosa cambia… Pero seguirás centrándote en el tema ¿Verdad? ¡Qué tontería acabo de decir! Céntrate en lo tuyo. - … - Toda mi confianza. Te aseguro que esta noche dormiré muy bien. ¿Te puedo echar una mano? - … - Como quieras. Sé que lo conseguirás… Y no te preocupes mirándolo mejor, tenemos tiempo de sobra. Colgó el teléfono con felicidad. Picarol pronto tornaría a ser Lorena. Contaba con ella para el futuro, y la decisión que había tomado era trascendental en dichos planes. Pero esto le daba la excusa perfecta. Con las ideas que ya le dio eran suficientes, y al no estar, todo le pertenecía sin necesidad de dar explicaciones. ¡Un negocio redondo! Picarol inauguró lo preliminares de su cura con inteligencia y valor. Jaime a todo asentía sin preguntar, y con gran capacidad de comprensión. Pero supo el porqué de las escasas preguntas… no era novato en el tema. Lo maldijo y echó de su casa en los peores momentos, él ni se inmutó. Pasaba las inacabables noches sentado en una butaca que cogió de la cocina, echando furtivas cabezadas, apoyando su espalda en la puerta de la habitación. Siempre en su interior. Ambos rostros se distorsionaron por el cansancio. Cascabel, en ocasiones, disimulaba esperando un despiste del muchacho para escapar de casa. Lo odió con toda su negra alma al descubrir que la llave estaba echada y sabiamente escondida. Él, la escuchaba impasible, mirándola con aquellas oscuras bolsitas que se formaron bajo sus ojos. Algunas noches despertaba empapada en sudor, goteando por todos los orificios de su cuerpo, y transcurría las horas relatando algún episodio oculto de su vida. Eran las noches blancas y eternas, Jaime no cesaba de prestarle atención a la defensiva, pues en el momento más inesperado, el diablillo del ansia asomaba volviéndola violenta y escurridiza. Trató de convencerlo de lo preciso que era un pinchazo de vez en cuando en la perfecta cura. El comenzaba a leerle un libro sin contestar, uno de aventuras con el lomo muy desgarrado. Picarol comenzó a rechazar los tranquilizantes, quería estar bien despierta para ejecutar alguna fuga que siempre truncaba el sueño, pues Jaime, disolvía a escondidas los medicamentos en las bebidas. Desconfiada sólo quiso beber agua del grifo, y él machacaba la salvadora pastilla hasta reducirla a polvo, para introducirla en el filtro. Cuando comenzaron las muestras de agradecimiento, Jaime bajó, solo un poco, la guardia. Eran buenos síntomas… La voluntad comenzaba a dominar el ansia. Esto debería ser así durante años, o tal vez por toda la vida. Víctor jugueteó con la comida del plato, empujó las patatas alrededor hasta crear un círculo casi perfecto. Pinchó la chuleta centrándola en el cerco de patatas. Le gustaba comer en aquel bar, llevaba años haciéndolo. Como no hacían menús, las mesas estaban bastante vacías a la hora de almorzar. Solo bocadillos y platos combinados. ¡Aquello era perfecto! Casi siempre ocupaba la misma mesa, una del fondo, pegada al cristal que daba a la calle. De esta forma, cuando no leía el periódico, se dedicaba a observar a los transeúntes. Ahora, uno de esos transeúntes se dirigía rápidamente hacia la puerta del bar. Era de constitución gruesa, no muy alto, su canoso pelo lucía despeinado de una manera extraña, Parte de su blusa, azul celeste, sobresalía del oscuro pantalón. Traspaso la puerta sentándose frente a Víctor. - ¡Hola, José! –Saludó esperando noticias. José no saludo, lo taladró medio segundo con su mirada para desviarla al plato. Comenzó a picotear las patatas, rompiendo el perfecto cerco. ¡Ahora la chuleta podía escapar! - ¿Te ha llamado una tal Adela? –Preguntó con la boca llena. - ¡A ti también! –Exclamó Víctor dando una palmada en la mesa. - ¿Sabes de qué va la cosa? –Tragó carraspeando.- Es la directora de un programa de televisión. - ¡Ya! De esos tipo reportaje alarmista. - Pues prepárate, su próximo programa se titula: “Terrassa, la cuna del caballo” - ¡No me jodas! –Se mordió la punta de la lengua apretando los puños.- A mí solo me habló de hacer una entrevista. - ¿Qué esperabas? –Miró con paternalismo- ¡Alma cándida! - ¿Y si cazamos al tal Abel? Quizás le saquemos algo. - ¡No podemos tocarlo! El muy cabrón se ha hecho miembro honorifico de dos asociaciones anti droga. ¿Te imaginas detenerlo sin nada? - Nos machacarían. –Susurró Víctor pensativo.- Que listo que es. - ¿Cómo vamos a salir de esta? -Volvió a llenarse la boca de patatas. - No tengo ni idea. Cada vez que le ponemos vigilancia se da cuenta. Nos saluda, nos mira con descaro, quiere que sepamos que lo sabe. - ¿Cómo lo babe? –Miró extrañado a su compañero.- ¿Se ha memorizado el censo policial? - ¡Y yo que sé! Le hemos puesto jóvenes, ancianos, chicas… ¡Siempre los pilla! - Mira, Víctor. –Esta vez entristeció.- Con lo que tienes en casa… No nos podemos permitir medio año de infierno. Esto pasará, pero no es el momento. - A mí no me lo digas. Lo sé mejor que nadie. Picarol bostezó asomándose a la habitación de Abel, que era donde dormía Jaime. El muchacho estaba absorto en una película, tumbado en la cama, con la mirada perdida en la pantalla que pendía de la pared. – Quiero salir un poco. - ¿Crees que será buena idea? – Abel vuelve hoy y me gustaría estar presentable… Quiero comprarme algo de ropa. - ¿No me estarás engañando? Tienes ropa para parar un tren. – Quiero otra ropa…. ¡Qué poca vista tienes! ¡Además! Con la metadona me controlo bastante – Bueno… Pero te acompañaré. –Desconfió. Jaime se hartó de visitar tiendas de ropa y de dar su solicitada opinión. Por fin una larga falda y un chaleco tejano superaron las difíciles oposiciones, y se encontró esperando en la óptica, a que la caprichosa muchacha seleccionara una montura para las gafas, que según ella le hacían tanta falta. - ¿Y bien? –Preguntó con las gafas de plástico rosa adornando su rostro. Él la miro con fingida indiferencia. – Pareces un búho mariquita. - ¡En serio! ¿No me dan un aire intelectual? - ¡Radiante! –Sonrió. Las horas se alargaron esperando el retorno de Abel. Cascabel no cesaba de hablar de temas triviales disimulando su preocupación. Jaime le seguía el juego intercambiando miradas entre el televisor y la engafada muchacha. Víctor repasaba las fotografías de su móvil mientras esperaba. Observaba a su mujer que, a pesar de la calvicie, de las azules ojeras o su pálida piel, era la criatura más hermosa sobre la tierra. Pasó mucho tiempo con sus dolores de huesos, su eterna fatiga y las mal curadas hemorragias. Pero ella era sí, con los remedios caseros, y ese temor a visitar médicos. Hasta que aquella infección la obligó a asistirse, fue entonces cuando les presentaron a un oculto invitado, que había estado viviendo con ellos mucho tiempo, destacando su presencia ante la indiferencia de la pareja. Una leucemia poco dada a los indultos. El móvil sonó de repente, a punto estuvo de caérsele de las manos, pues, en la soledad de aquel siniestro callejón, la melodía era todo un estruendo. - ¿Sí? - ¿Dónde estás? –Preguntó José alterado.- Llevo casi una hora esperándote. - Estoy… -Tragó saliva.- Apunto de solucionar nuestro problema. - ¿De qué estás hablando? ¿Dónde estás? - Hablo de Abel… -Se le escapó un sollozo.- Muerto el perro, se acabó la rabia. - ¡No hagas ninguna locura! ¡Podemos superarlo juntos! - No, José. –Las lagrimas corrían por sus mejillas.- No podemos. Le quedan cuatro meses… Puede que menos. Quiero estar a su lado, que muera junto a un hombre digno, del cual esté orgullosa. - ¡Pero no será cierto! ¡Víctor, por Dios! - Si ella no lo sabe… Tan poco le dará tiempo a… -El llanto ahogó su voz- Ya sabes, si nadie lo conoce… -Suspiró.- No existe. - Dime dónde estás. –Intentó que su tono fuera calmado.- Esto tenemos que hablarlo. - No pienso meter a Raquel en este circo. Si me quieres denunciar, lo entiendo. Pero espera a que ella se halla marchado. No tendrás que esperar mucho. - Te apoyaré, Víctor. Pero primero hablemos… - Ya he hablado con mi conciencia, y estamos de acuerdo. Lanzó el teléfono con todas sus fuerzas, estrellándolo en la pared de ladrillo. En un seco estampido, las piezas saltaron en todas direcciones. La puerta se abrió, y Abel, con seriedad, apareció luciendo un maletín en su mano. Picarol se levantó con ademanes de modelo, mostrando todo su conjunto a la espera de respuesta. Los ojos del muchacho se abrieron como nunca, mostrando como ardía en ellos la cetrina admiración. - ¡Hola! – Saludó aun presa de la fascinación- ¿Salimos a cenar? Algo había cambiado en la actitud de Abel. Tal vez solo sería aquel día, pero Picarol resplandecía con extraña belleza. Los castaños ojos de la muchacha demostraban una sensual seguridad. Aunque el temblor de su voz la contradecía, como si se sintiera evaluada. - ¿Te apetece cenar fuera? –Preguntó extrañada.- ¡Si acabas de llegar! - Si. –Sonrió repasándola con la mirada- Me apetece mucho salir a cenar contigo. ¡Claro! La vio tan bonita que sintió la necesidad de presumir por las calles. Notó el cambió al instante, dándose cuenta de que ya no era la misma. Era el resultado de tanto sufrimiento. Como la flor cuyas raíces se tienen que abrir camino en el asfalto. Jaime percibió problemas por el modo en que apretaba el asa del maletín… Algo no iba bien. - ¡Pues vamos! Levántate Jaime. –Apremió con la mano. - ¿Jaime también viene? –Por primera vez presumió que aquel rostro ocultaba algo, pero no deseaba truncar tanta felicidad por una vaga sospecha. – Si, estas tan guapa… Que quiero celebrarlo a lo grande. Tras un corto trayecto en taxi se detuvieron en la entrada del hotel Don Cándido, y penetraron en silencio. En su interior, el circular edificio era espectacular, como una gran chimenea coronada por una cúpula de blanco cristal. Los pasillos eran circulares balcones que rodeaban el interior, desde el restaurante central se divisaban a los clientes, entrando y saliendo de las habitaciones con sus anónimos asuntos. - ¿Vamos a cenar aquí? –Preguntó Jaime muy enserio. – No. Subiremos a una habitación para ultimar un negocio con un señor… Luego iremos a cenar. – Mejor te esperamos aquí… ¿No? –Propuso Picarol deteniéndose al pie del ascensor. – No, es preciso que me acompañes. –Y casi la forzó del brazo. Picarol se miró en el espejo del ascensor, recolocó las gafas satisfecha por el aspecto elegante e intelectual. El reflejo de Jaime la inquietó: Estaba a su espalda, mirándola a la nuca con intensa angustia. ¿Por qué se preocupaba tanto? Nada podía pasar estando con Abel. Entraron en la lujosa suite dónde tres hombres los aguardaban. El más viejo arrebató el maletín de la mano de Abel y lo abrió sobre la cama. Rasgó en silencio una de las blancas bolsitas y comenzó a preparar una dosis. - Francamente, no entiendo porqué tantas prisas por venderme esto… Casi me lo regalas. –Comentó con afónica voz llenando la jeringuilla. – Necesito dinero rápido. –Clavó su mirada en su interlocutor con indiscutible seguridad.- Sintetizar el opiáceo que la potencia me ha salido más caro de lo previsto. - Si tú lo dices. –Murmulló con desconfianza. - ¡Porque yo lo digo! –Corrigió.- Ya no necesita filtros, ni cítricos para diluirse. ¡Además! Cada antigua dosis ahora son seis. ¿Quieres que negocie con otro? - ¿No será que se te ha estropeado al intentar sacarle más partido? –Ofreció la dosis a Picarol. Está, se dirigió a Abel presa de asombro. – No puedo… ¡Lo he dejado! –Miró asombrada a Abel. – Cielo. –Sus ojos se tornaron inquisidores.- Si no lo haces, estos señores pensaran que está en mal estado. No queremos que piensen eso. ¿Verdad? Jaime dio un paso, pero ella lo detuvo con su mano, mientras que percibía la intensa atención de los tres extraños. - ¡Es que no lo entiendes…! Lo he dejado… Lo he dejado por ti. –Las lágrimas recorrieron sus mejillas. – Ya lo dejaras mañana. –Su voz era severa.- Ahora sé útil. ¿De dónde e crees que salen esos bonitos muebles que tanto disfrutas? ¡Venga! –Sonrió- No me hagas enfadar. Incrédula, miró aquellos ojos que la habían enamorado, Aquel dulce musgo era el telón de la más horrible crueldad. Indecisa, arrebató la jeringuilla de la mano del viejo. - ¡No! –Gritó Jaime.- ¿Por qué lo haces? Con despecho y rapidez clavo la aguja en su vena, saciándola de vicio. El viejo sonrió y de su bolsillo sacó un grueso sobre que Abel recogió. - Te lo has ganado. –Felicitó uno del trió.- Has avalado con tu novia la mercancía. Tiene que ser buena. Abel se apresuró a salir de la habitación con Picarol sujeta por la cintura. Ya en el ascensor, Jaime observó con asombro como la brillante laca de las uñas, aquella que la muchacha eligió tan cuidadosamente, transparentaba un tono azulado, muy parecido al que tiñó sus labios. Los ojos se perdían entre sus párpados. Ahora, el castaño almendro destacaba más que nunca, pues sus pupilas se contrajeron hasta casi desaparecer. Una vez en la calle, Abel la sostuvo en sus brazos, acercó su oído a la cara de ella, y escuchó una leve y dificultosa respiración. Su expresión no era de preocupación, sino de curiosidad, aquel jadeo era como el ruidillo de una maquina que acabas de desenchufar, y sigue sonando unos segundos por la inercia. Con brusquedad la tiró sobre los asientos traseros del taxi, qua aguardaba a la entrada del hotel. Las rosadas gafas cayeron al suelo. Jaime las recogió. – Sube… ¡A prisa! –Gritó Abel a Jaime. – No. Vete sin mí. Picarol yacía tumbada en los asientos, sus rodillas topaban con el respaldo del asiento delantero y los pies colgaban. Parecía más menuda que nunca. - ¿No me has oído? ¡Venga! - ¿Qué le has hecho? –Sollozó conteniendo el llanto. El taxista se giró preocupado. – ¡Sube! Jaime no subió, corrió con todas sus fuerzas alejándose de aquel ser que tanto temor le causaba. En urgencias del hospital de Terrassa comenzaron la inútil reanimación, la muchacha ingresó en coma. Al parecer la encontró un guapo chico, que caritativo, la trajo hasta allí en un taxi. - Malditos drogadictos. –Gruñó la doctora intentando recuperar los latidos del mudo corazón.- ¿Qué diablos se ha metido? ¡Lejía! Dejó de practicar el masaje cardiaco y miró a su ayudante. .- ¿Sabes? Me metí en esta carrera pensando que aquello que decían los de mi profesión… “Por muchos partos que practiquemos siempre nos emocionamos ante una nueva vida… .- ¿Y…? –La interrogó el enfermero con curiosidad. .- Me he acostumbrado a la muerte… Ya no me emociona. Miró la cara de la muerta, pensando si quedarían paquetitos de galletas en la maquina del pasillo. Abel caminaba pensativo, debería buscarse otra vivienda y otro “Porteador” Pensó en Picarol, a punto estuvo de chafarle el negocio… Seguramente se recuperaba con lentitud en el hospital. Un hombre lo asió del brazo, con fuerza, obligándolo a girar. Lo primero que llamó su atención fue aquellos dedos que carecían de uñas. Pronto se enfrentó con el grotesco rostro de Caín. – Has marchitado otra flor… Pero tu final se acerca. –Susurró su ronca voz. - ¡Suelta, indeseable! –De un tirón liberó el brazo. – Ya no te hace falta una piedra, ahora tienes una pistola bajo tu elegante chaqueta… ¿A qué esperas? ¡Úsala y vuelve a tu paraíso! Abel se asombró, Caín sabía más de lo previsto. Una leve brisa ahuyentó el hedor del mendigo. No en cambio, la amargura y el odio que sus grises ojos desbordaban. Retrocedió un paso para observarlo al completo: Torcido y cubierto de mugrientos harapos, plagado de pequeñas cicatrices en las partes visibles de su gastada piel, tocado por la locura en su agria vejez. – No me hace falta volver, ya tengo aquí mi propio paraíso. -Y comenzó a caminar alejándose de los bramidos del mendigo. Al aligerar el paso se percató de que alguien lo seguía, demasiado trajeado para ser un poli. Continúo su discreta carrera hasta las afueras de la ciudad. Bastaría esperar oculto tras de un árbol, y se desharía de su perseguidor. Sólo podía ser un matón contratado desde la prisión por Navil, sonrió percibiendo la silueta de una construcción entre la arboleda y la oscuridad de la noche. Si estaba abandonado seria el lugar ideal. Su perseguidor, persistente, le pisaba los talones. Abel quedó perplejo ante el inmenso templo de mármol y cristal… Pero parecía vacio, y era lo único que importaba. Penetró en él, el perseguidor se detuvo ante la entrada, tal vez presentía la encerrona. Sacó una pistola del bolsillo interior de la chaqueta, fijando su atención en los escritos de las paredes. La lechosa luz de la luna penetraba por la cúpula de cristal y sus ojos se habituaron con rapidez a la oscuridad. Era una historia donde se mencionaba a un padre que concedió un peligroso capricho a su hijo menor, más esto provocó que dicho padre se percatara del poder de su propia creación. El ser humano sondearía todo el océano, escalaria la cumbre más alta y comenzaría a dominar el espacio. El padre, temeroso, pensó si sería capaz su propia creación de un día alcanzarlo. Ideó un plan para destruir lo que temía sin tener que dar demasiadas explicaciones a todos sus hijos, propietarios todos ellos de aquello que temía. Valiéndose de un engaño, obligaría a su hijo menos a vivir en la creación, tal hijo era maligno y destructivo, y pronto sembraría el caos llevando a la raza humana a su auto-destrucción. Para ello, concedió un sufrido quehacer al corazón de un mendigo. Todos los negros sentimientos de su hijo serian amplificados y espaciados por el viejo corazón… Predicados en silencio se filtrarían en los niños para asegurar el fin. - ¡¡NOOO!! –Gritó Abel cayendo de rodillas ante la horrible revelación. Los pasos del perseguidor sonaron por el templo, secos, sin ningún eco contra toda lógica, tampoco halló explicación para aquel efecto visual. Su vista no alcanzaba más allá de unos pocos metros, como si una “clara” oscuridad nublara su visión. Todo vestigio de futuro moría en aquel lugar. Era extraño pasar frente al pulido mármol sin dejar reflejo alguno. - ¡Maldito seas padre! ¡Un día me preguntó Caín qué castigo merecía un padre que concediera tales caprichos…! La nuca de Abel fue encañonada por la pistola. Advirtió la presión del frio metal en su piel, y la firmeza de la mano que sostenía el arma. – ¡Pues mereces un castigo, si! –Las lágrimas brotaron de sus ojos resbalando por sus mejillas. Pero al alcanzar el liso firme no lo humedecían, simplemente dejaban de existir.- ¡Jamás te librarás de la raza humana! ¡Ese será tu castigo! ¡Les concedo la esperanza! ¡Ansío la esperanza para ellos…! Un estampido finalizó sus palabras. Gorgotones de sangre y un pedazo de lengua surgieron de su desfigurada boca. Esta vez los ecos del disparo resonaron en todas las salas, y su sangre manchó el suelo con tal generosidad, que las palmas de sus manos patinaron en ella al apoyarse. Intentó ver a su agresor, pero la oscuridad lo envolvió con ferocidad y el silencio se hizo eterno. Caín se sintió dominado por la explosión de un sentimiento. Esta vez no le causó daño ni desprecio. Fue algo hermoso, que lo hizo gozar de felicidad. La sensación comenzó con dulzura y suavidad para interrumpirse bruscamente. Pensó en los niños, y una chispa de esperanza brilló en sus ojos. Con semejante alegría miró al cielo, le pareció oír los gritos de indignación de algún dios impotente tras las estrellas. Tal vez la locura retornara a su lugar. Los años, impasibles, ocultaron el suceso. Tan sólo dos detalles verificaran el relato para recordar porqué la raza humana perdura. Uno fue la presente novela, copiada de las paredes de un extraño templo, que halló un escritor, en busca de su esquiva musa, por las afueras de Terrassa. El otro, un sencillo epitafio, casi borrado por el tiempo, en la piedra de un viejo nicho. Fue encargado por un arquitecto de diseños antiguos, y reza así: “Aquí yace una mujer que jamás recuperó su nombre” Ni siquiera la fotografía, que luce un marco de plata, da una pista de quien fue, pues tan solo muestra… Una flor marchitada. Jesús Cano Urbano.





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