La Pandereta tierno-erótica (Escrito por kim bertran canut)
Vestida de cuero negro, desabrocho la Plateada cremallera y apareces desnuda. Estás erguida, sentada sobre mi pierna, Esperando...
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CRUZ DEL SUR

Autor/a: Alejandra Correas Vázquez
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 20/09/2011
Leído: 1671 veces
Comentarios (6)
Valoracion de la obra: 5

Estampa Colonial, siglo XVI, Virreinato del Perú
CRUZ DEL SUR ............ (Estampa Colonial) 1 — PERSONAJES Eran la india y el conquistador. La raza vencida y la raza triunfante. Ella era una Ñusta, princesa inca, y el un capitán español, soldado de armas de Carlos V. Aquel era el Perú del siglo XVI. Pero ambos eran una mujer y un hombre, al fin de cuentas como todos los otros que deambulaban en forma incierta, en esa tierra antigua del Tiwantisuyo que ahora pertenecía a la corona imperial de los Habsburgos. Un escenario pródigo a veces y mezquino en otras ocasiones. Ella llamábase Auca y él Don Alvaro. Y ahora habíanse encontrado en la mitad de sus vidas, en ese escenario dramatizado pero que comenzaba a serenar sus angustias una vez creado el virreinato, con nuevos proyectos a futuro... Con sus hijos semi-adolescentes y con ansias de Hogar. El, en su viudez aventurera de guerras y fatigas, con un Perú recién conquistado y una dilatada Encomienda en sus manos. El capitán español transformado de este modo en Encomendero del Rey (para hacer producir esa tierra como determinaba el nuevo orden) hallábase allí acompañado por su hija Elinora, quien recientemente desembarcara para reunirse con él. Era esta doncella núbil una hermosa niña muy rubia de rostro redondo y ojos claros, a punto de despuntar como pequeña dama. Necesitaba una madre para ella, una educadora que le enseñara finezas, y también una gran dama que ocupase el cargo de ama en su Encomienda. Nada mejor para todo ello que una princesa inca, una Ñusta. Ella, de nombre Auca y princesa del incario era por tanto una Ñusta. De frente muy alta y nariz afilada, piel clara y cabellera castaña, con un cuerpo espigado como eran todos en la familia reinante de Pachacutec, el anciano inca que supo la llegada de los visitantes europeos, creyéndolos dioses. Dejó dos hijos Huáscar y Atahuallpa, quienes enfrentados al conquistador perdieron sus vidas y el Imperio del Sol. Auca tenía un hijo llamado Inta, cuyo padre fuera un altivo príncipe bravío y exterminado, un Orejón. Pues tal era el nombre que llevaban los nobles incaicos. Ella la india, la quichua, la Ñusta, traía el cansancio y el dolor de su raza. La sed de amparo del vencido, del esposo perdido, de la patria extinguida. Don Alvaro la tomó con la exigencia propia del conquistador. Con el derecho de ley que le asignaba un poder político en tales circunstancias, transformando a la Ñusta vencida, en Doña Auca. Y la Encomienda era tierra... Tierra con hombres de labor que él no había tenido en España. Don Alvaro tenía origen labrador, pues los mejores soldados y guerreros proceden de ese origen. Tal como Macedonia fue una nación de agricultores que llevaron adelante los proyectos bélicos de Filipo. El incaísmo fue también una nación de labradores, con métodos muy sofisticados que hicieron fructificar las Encomiendas del Perú rápidamente. Y ambos se fueron a dejar en el valle la otra mitad de sus vidas. 2 — EL HIJO Inta crecía fuerte y orgulloso. Siendo un preadolescente aprendió con rapidez la lengua de Castilla. Gustaba ver despejar el monte de churquizales poniendo también él manos a la obra. Y lo hacía con desesperación, como si participara de una batalla vengadora. Pero luego se lo veía feliz al contemplar su florecimiento. No era comunicativo con su padrastro, sin embargo lo secundaba entusiasmado en la dirección de aquella heredad que había dejado de ser la tierra del imperio del Sol, para convertirse en el imperio donde no se ponía el Sol. Pedía continuamente sus consejos, pues reconocía que el antiguo agricultor español, a pesar de sus años de milicia, conservaba vivos sus conocimientos del viejo oficio. Una armonía sin contrastes, dentro de habitantes de por sí contrastados, cobijaba a todos ellos envolviéndolos, de una jornada a la otra, de un atardecer al siguiente. ¡Hasta un día! ...El día en que Inta de regreso del Cuzco cabalgando en su brioso caballo blanco, halló al desmontar en la casa grande de la Encomienda a una joven de sangre mestiza, quien hallábase allí de visita junto a sus padres... Su nombre era Dolores... de abundante cabellera negra y lacia, tez clara y ojos azules muy rasgados, que mostraban la evidencia de un cruce racial. Ella era hija de otro conquistador del Perú con una Virgen del Sol, esas damas célebres por su belleza en la corte del Inca. Y él quedó prendado de Dolores. El matrimonio de los jóvenes se celebró con una gran fiesta campestre. Inta ya había crecido en forma suficiente transformándose en un joven alto y esbelto como fuera su padre, pero su madre no lo había advertido hasta entonces. El acontecimiento no perturbó en apariencias la vida cotidiana. Nada faltaba. Inta trabajaba con más entusiasmo que antes, era riguroso en sus tareas de administrador y superó sus esfuerzos cuando a la joven pareja les nació un niño, al que dieron el nombre de Jerónimo. El valle despejado de monte y florecido de cultivos fue viendo crecer al pequeñuelo robusto y hermoso. Tenía la gracia de los bebitos que abren los ojos mirando la naturaleza, y sonríen con su primer diente ante una variedad de rostros, diversos como en este caso. Y hasta el impulsivo Don Alvaro, tajante en su maneras y con hábitos aún no olvidados de conquista militar, pareció renovarse con la presencia del niño. El señor encomendero no llegó a gozar de su hija cuando era pequeña, porque partió para Indias, y luego al asentarse en Perú y enviar en su busca, ésta ya era una adolescente. Aquél era por tanto, la primera criatura que alzaba en sus brazos, como una experiencia totalmente nueva... ¡Y él que creía conocer todas las vicisitudes de la vida y el camino! Don Alvaro lo llevaba en brazos para hacerle respirar el aire de la mañana y reía con fuerza cuando Jerónimo tironeaba sorprendido de su tupida barba. Era digno de verlos jugar juntos en las pesadas siestas, y Doña Auca que era remolona luego del almuerzo, los espiaba desde su dormitorio que daba a la galería, viendo cómo él elegía piedrecillas del entorno para enseñarle a jugar una “payana”. Todas las imágenes de ese pasado sangriento en medio del cual ella conociera a su marido, desaparecieron de golpe con este cuadro que ahora contemplaba. El era un conquistador del Perú, y este niño el nieto de un noble incaico, un Orejón, a quien Don Alvaro consentía como si fuese su nieto propio. Era el revés de la vida. La inversa. Lo que en el Perú quedó y se arraigó en las décadas subsiguientes, cuando los conquistadores solos y sin mujeres españolas, tomaron por esposas a las desoladas damas de la nobleza incaica. Ñustas y Vírgenes del Sol, huérfanas y viudas. Pues al igual que los espartanos en las Termópilas cuando licenciaron a los soldados periecos (otra casta) que iban con ellos, se inmolaron allí por Esparta... También aquí en Perú se inmolaron sólo los Orejones, dejando un sinnúmero de dolientes damas. De estas uniones iban a nacer el inca Garcilazo de la Vega, los hijos de los Pizarros y Almagros, y muchos otros que brindaron sus apellidos a una amplia descendencia sudamericana. El niño Jerónimo había dinamizado la vida de aquel hogar. Sólo Doña Auca estaba sombría. Auca, la ñusta, la quichua, la india no hablaba. Todo lo guardaba y retenía. Manteníase distante de todas estas manifestaciones familiares que pertenecían a su progenie, de las que no participaba con el entusiasmo de los otros miembros de la casa ...Hasta un día... El día en que Inta le comunicara que partiría de allí, alejándose de aquel lugar, junto con su mujer y su pequeño hijo. Fue entonces cuando el mundo guardado en silencio por la antigua Ñusta desbordó, como una creciente devastadora, intentando cubrirlo todo. —“¡Yo soy tu madre! ¿Cómo podrás ser feliz alejándote de mí que te conozco desde niño, desde mi vientre? ¿Cómo puedes olvidar que juntos hemos pasado la miseria de la derrota? Luego fuimos rescatados juntos los dos, aquí en la Encomienda ¡Qué puede hacer ya un indio solo, suelto, en este cielo español! Aquí en cambio, gobiernas dentro de esta inmensa extensión cual si fueses el hijo varón que Don Alvaro no pudo tener”. El hijo la miraba silente y de frente. Su decisión era firme pero las palabras de su madre, muy duras. Ella tomó aliento y continuó: —“¿Adónde piensas ir ahora que el dorado Imperio del Inca ya no existe?” —“Tierras hay al sur, madre mía —contestóle el muchacho— siguiendo la ruta que marcan las estrellas en cruz” Vaciló un momento mientras ambos, madre e hijo, herederos ellos de una patria perdida, mirábanse con la mudez tácita de su antigua raza. Luego el joven continuó: —“¡Voy hacia tierras indias o españolas! Bosques, valles, desiertos. Punas. Pampas. Chacos. Acabanas. Y en algunas de esas partes construiremos una casa, un rancho, un toldo, pero... ¡Nuestro! ¡Solamente nuestro! Donde nosotros seremos los incas.” Y despidiéndose de esta manera partió con los suyos sin volver la cabeza hacia atrás. Auca lo llamaba desde la puerta: —“¡Vuelve! ¡Vuelve Inta!... ¡Regresa o no serás feliz! ¡Inta! ¡Inta!” Pero él montado en su espléndido y brioso caballo ricamente enjaezado, seguido de un carruaje acomodado para su mujer y su hijo, había dicho un solo adiós. Lo acompañaba una comitiva de cuatro soldados armados y montados, dispuestos por Don Alvaro para la protección de los jóvenes durante esta travesía, dirigiéndose todos ellos por el camino real, que antes fuera camino del inca, teniendo como guía a la Cruz del Sur.. La madre continuó de pie en la puerta por un largo espacio de tiempo, sin apartar la mirada del horizonte vacío. Atardecer rojo, rosado, gris y al fin la noche negra... Don Alvaro, el español, el guerrero triunfante, la tomó de sus manos diciéndole: —“Es la ley de Dios, no se puede violar. Mi Dios no es español, es tuyo y mío, de Inta y del mundo entero. El ha dicho: “El hombre dejará padre y madre y se unirá a una mujer”. Y esto se cumple tarde o temprano. Tu hijo parte. No podrás detenerlo, puesto que nadie me pudo detener a mí cuando me embarqué para Indias ... Mientras más intentes retenerlo, más lejos se irá de nosotros y ya no podremos jugar nuevamente con el dulce Jerónimo. Mientras más libre lo dejes ahora que ha madurado, más pronto tendremos al pequeño de visita entre nosotros. Sí. Todos estamos en este momento doloridos, pero Inta va en busca de su destino. Como yo antaño viene en busca del mío y encontré un Perú, te encontré a ti Auca, con tu dolor y tu hijo, para encariñarme con tu nieto finalmente.” Auca lo miró con ese mismo silencio mediante el cual habíalo aceptado quince años antes, dentro del escenario de un Perú desolado y devastado, que había dejado de ser el imperio del Sol donde la madre y el hijo nacieran. Cuando Alvaro presentóse ante ella con su estampa varonil de hidalgo enriquecido, de feroz contrincante, y que hiciérale en medio de su dolor el honor de invitarla a ser el ama de una Encomienda. Ya no recordaba la antigua Ñusta si su unión con él, fue de atracción o de refugio. Era él al conocerlo ella, un hombre fuerte y bello, con su toque de perfil morisco y su blancura visigoda. Aquella síntesis también recién inaugurada en la península española, con la destrucción del reino musulmán por el reino cristiano, donde se fusionaron orientales con occidentales. Una síntesis que ahora se desplazaba por antiguo imperio solar del Tiwantisuyo, ofertando nuevos genes sintetizados, en un mismo ser sudamericano. El odio y el amor se amalgamaban con la frecuencia natural de la especie humana. El resentimiento y agradecimiento. La furia y la convivencia. La nostalgia doliente y el devenir próspero. Para finalmente dar a la madre tierra la esperanza de una nueva tarea con nuevas especies de hombres y mujeres, de animales, de granos, de flores, de árboles, incluso traídos de China —como el mágico Arbol del Paraíso— el conocido “paraíso” prodigador de virtudes cuando es colocado en el jardín de una casa, y que iba a crecer y extenderse a todo lo largo de estas tierras de la Cruz del Sur. —“El hijo es un don hermoso —volvió a decirle Don Alvaro— Inta es ya todo un hombre y ambos lo hemos visto madurar. Convertirse en un ciudadano de esta época. Ya no es aquel niño a medio crecer que llegó a la Encomienda. Es ahora todo un hombre. Y yo Auca ... ¿Lo soy para ti? 3 — LA HIJA Elinora, la hija de Don Alvaro, se reunió con este grupo familiar siendo una pre-adolescente y no conocía casi nada de su padre. Su madre murió con su nacimiento y era una recién nacida cuando Alvaro partió para Indias, de modo que llegada al Perú se aclimató a ambos esposos como a padres completos. La núbil doncellita dejaba transcurrir alegre y ausente los días, como si el tiempo se detuviera en ella misma. Hecho que preocupaba a Auca, consciente de su responsabilidad en educarla. Caminaba sola durante horas levantándose al alba, y recorría las adyacencias del dominio paterno haciendo que su presencia fuese como una visión refrescante, para los cobrizos hombres de labor quienes veíanla como a un hada de buenos presagios. Pero Doña Auca preocupada, encargaba a una criadita ir en su busca lo más presto posible. Su tierna candidez hallábase muy distante de los duros desencuentros ocurridos durante la conquista, y que habíanla depositado en aquellas tierras peruanas. Pasado un tiempo, como si fuera la misma niña que llegara a Indias, reía encantada con unas ranitas multicolores que ella recogía de los campos en su amplia falda, y que luego bañaba dentro de un fuentón. Elinora recibió con gran entusiasmo la llegada de Dolores a la familia. Ella no había tenido ninguna hermana y además Inta estaba siempre ocupado junto a su padre. Ambas hiciéronse muy amigas y acompañó a la futura madre en toda su preñez. Más aún acrecentó su alegría la llegada de Jerónimo, el niño de la joven pareja. Elinora tomóle un cariño especial, y a través suyo se apartó ya por completo del aislamiento casi melancólico en que hasta entonces vivía. Era como si recién entonces, acariciando al bebé, ingresara en el sentimiento de la tierra que la rodeaba. Cuando ellos partieron su tristeza fue infinita. 4 — TIEMPO Tiempo. El tiempo se escurrió entre los crepúsculos del valle. Y el tiempo borró con su distinta coloración de cielos, a la figura esbelta del jinete erguido e incásico, seguido por un carruaje acomodado para su nueva familia, y custodiado por soldados españoles. El tiempo lo borró del horizonte rojo y sólo en el recuerdo se lo podía encontrar. El tiempo también prosperó en nostalgias y el pequeño Jerónimo que todos añoraban, vino de visita. Corrió por las verdes champas de su nacimiento, como si nunca hubiese sido arrancado de ellas. Y no se quejaba Auca de la partida del hijo, y era más tierna con el pequeñuelo de lo que fuera cuando vivía allí con ella. Durante ese espacio de vida lento y transcurrido sin prisa ni temores (como es la vida en toda gran chacra de campo) donde el Virreinato del Perú prosperaba y se agigantaba cubriendo como su heredero, todos los confines del antiguo el Imperio del Inca... sucedieron cosas nuevas. Un arribo europeo notable y numeroso, de nobles “segundones” —y también bastardos ilustrados—pusieron de improviso pie en aquella tierra conquistada para Emperador Don Carlos V, colocando allí una nota distinta. No eran los mismos de la conquista, pero sentíanse dueños de ella. Muchas veces por este motivo volcaron sus enfrentamientos con los residentes en duelos a espada, ya que los miembros de la conquista oponíanse a perder sus derechos dentro de ella. Pero la conquista había ya pasado. Ahora la corona española necesitaba otro tipo de hombres fieles, preparados y capacitados para la administración de estos inmensos territorios logrados allende los mares. Y no aventureros como los de antaño. Sus exigencias eran verbales, hecha de pergaminos, de sellos y de nombramientos reales. No de hechos vitales derivados de la fuerza. Y los antiguos conquistadores debieron callar, para acallar voces y reclamos. Se decidió que todo encomendero que se encontrase tranquilo sembrando su Encomienda, podía contar con el apoyo Virrey del Perú. Era una nación nueva con hombres nuevos. Ni Pizarro ni Atahuallpa estaban ya más, pero tampoco los soldados y capitanes de esta gesta. Y era necesaria una colaboración distinta en aquel antiguo imperio del sol donde no se ponía el sol. Hombres nuevos. Don Álvaro era uno de ellos, un encomendero dispuesto a colaborar con el nuevo orden dentro de su Encomienda, cual agricultor fuera de nacimiento. 5 — NUEVO ORDEN Los tiempos habían cambiado su curso. Tanto como los conquistadores habían cambiado anteriormente el curso de Sudamérica. El Virreinato desde su constitución, tenía ideas muy diferentes. Como diferentes fueron en sus programas de gobierno, padre e hijo, o sea Carlos V y Felipe II. El primero se caracterizó siempre por las grandes guerras y conquistas (Italia, Francia, Flandes, Túnez, América) inclusive su corona española a la cual reclamó acompañado por un ejército flamenco. Queda el testimonio en los frisos del Escorial en la gran sala de “Las Guerras” donde figura incluso el capitán Hernán Cortés, uno de sus principales asesores en la guerra de Túnez contra los turcos. Guerra que también ganó. Y más tarde la llegada al trono de su hijo Felipe II, al cual tuvo con la bellísima Isabel de Portugal (el gran amor de Don Carlos que murió en el quinto parto), y quien creció rodeado siempre de lusitanos por ello tuvo la tendencia a una marcada administración de sus bienes imperiales. Prohibió como primera medida agregar un solo territorio más, colocando a su vez a los aventureros y conquistadores, en la mira de su ojo con mucho recelo. Así como le gustaba el imperio marítimo comercial de los portugueses, no le gustaba el imperio guerrero. Queja que dejó traslucir el Inca Garcilazo en sus escritos, y la descendencia de Cortés. Felipe II de Austria y Borgoña (la dinastía reinante entonces en Portugal eran los “borgoñones”) fue el rey de “las fundaciones”. Creó la mayor parte de las ciudades aún vigentes en toda América. También trasladó familias completas a estos territorios ultramarinos para las poblasen. El reinado del hijo del emperador Don Carlos —Felipe— daba otra cohesión, otro futuro al nuevo continente. A la Pachamama. Sus delegados repartiéronse en forma infinita, llegando a inspeccionar cada una de las Encomiendas del Perú y de las Mercedes en el Tucumán. Y eran atendidos en ellas con gala y ceremonia, donde el protocolo incaico —restaurado para estos casos— estuvo en manos de las Ñustas esposas de los antiguos soldados guerreros. 7 — UN DELEGADO REAL De este modo la paz solariega y campesina creada por Auca con su familia en la Encomienda de Don Alvaro, fue conmovida de improviso por el anuncio de un delegado real, con misivas lacradas que llegaron en nombre del Virrey. Este hecho era el primer suceso extraño a la propia familia, desde afuera de ella. Un hombre fuerte pero rústico, como era en realidad Don Alvaro, sintióse especialmente inquieto con el anuncio de tal visitante. Recibir en su casa a un noble, por joven que éste fuese, demandaba mucha entereza, incluso para un antiguo conquistador. El había sido un guerrero al cual nunca le había temblado la mano ante el riesgo de vida. Pero, que ahora, ante el emisario de la corona —su inspector— no se hallaba tan seguro de sus fuerzas. Hay momentos en que incluso aquellos personajes que hacen en su derrotero, mayor exhibición de energía vital, parecen perderla cuando el destino se anuncia con una alternativa nueva. Con algo desconocido que viene a cambiarles el entorno donde ellos se hallan seguros de sí mismos. Pues la continuidad y permanencia de lo establecido como norma, aunque sea al costo de duras lucha y bravas batallas, es el ambiente más acariciador para un guerrero. En ello basa su disciplina militar. Don Alvaro pensaba ahora, frente a la llegada de la inspección, perder quizás la Encomienda. No era imposible tampoco la cárcel, como había acontecido con Don Hernando Pizarro (hermano de Francisco) al regresar a España, cuando se lo inculpó de la muerte de Atahuallpa, aunque el triste hecho sucedió en su ausencia y no tuvo parte en ello. Pero los dados habían sido echados y terminó sus días en el castillo de La Mota. Pensando en ello Don Alvaro se preparaba para eventualidades difíciles con la llegada del Delegado Real, sin engañarse... Pero aunque percibía un aire extraño en su derredor, en realidad no estaba preparado para la pérdida que le aguardaba, con mágica sutilidad. Su paz y estabilidad iban a ser de pronto perturbadas ¡desde el interior mismo de su propia familia! El enviado del Virrey que inspeccionaba las tierras evaluando condiciones humanas y ambientales (aplicando el derecho indio del Padre Las Casas), con su escudo nobiliario y verbo elegante, atendido a placer por la esposa y la hija del Encomendero... para sorpresa de todos ¡prendóse de Elinora! La niña había sido educada por Auca, quien antaño fuera princesa incaica y hoy ama de la Encomienda. No tenía los rudos modales de Don Alvaro, sino la fineza de una Ñusta. Y como su estadía allí iba a ser breve —pues él debía volver de inmediato para presentar su informe al Virrey— quería hacerlo ya desposado con Elinora. Pues iba a radicarse en forma definitiva en el Alto Perú, donde la Villa Imperial de Potosí comenzaba su auge y ya se edificaban los primeros palacios. De tal modo que él tenía apuro marcado por llegar, para elegir el suyo. Deslumbrado con Elinora y enamorado como todo joven, pidió con cortesía su mano solicitando un pronto matrimonio para partir presto, dejando atrás el Bajo Perú, dirigiéndose ambos hacia Alto Perú. La inspección quedaba así favorable a Don Alvaro, mientras que sus sentimientos y su vida familiar, encontrábanse doloridos. Su duro corazón de guerrero que nunca derramara una lágrima, hallábase ahora compungido. Elinora era el único miembro de su propia sangre que habitaba esa casa, y ahora se iría bastante lejos, hacia el Altiplano. La hija partía gozosa, feliz, enamorada, como también encantada de ir a habitar un palacio en la bellísima y rica Potosí. Su vida daba un giro completo. En unas circunstancias muy distintas a aquéllas donde ella naciera de un padre labriego, más tarde guerrero conquistador y actualmente encomendero de Indias. 8 — HUALLPA —“¡Hay Auca, mujer mía” —exprosóle sombríamente Don Alvaro— Yo comprendo bien y lo comprendí desde mi juventud, aquello que te dije un día cuando se marchó tu hijo.” La Ñusta miró a su marido con su modo siempre imperturbable. No le era difícil recordar las palabras a que él aludía, pues esos fueron los momentos más duros de sortear dentro de ella misma. Ahora estaba por su parte, dispuesta a apoyar en su incertidumbre al hombre con el cual había ligado su vida, por encima de los hechos dramáticos del pasado, que habíanlos entrelazado. Hoy eran ambos un hombre y una mujer. —“También me dijo mi religión” —continuó así Don Alvaro— “que las palabras eran ...“Mujer después de Dios amarás a tu marido”... ¡Y yo lo creo con fe de guerrero cansado! Hizo silencio. Ambos esposos se miraban con la fe mutua que el tiempo vivido había afianzado en ellos. Luego Don Alvaro continuó expresándole así a Doña Auca: —“Los hijos nos honran, y esa honra al anidar en sus almas los hace vibrar de una manera que los engrandece. Pero ... ¿Qué son los hijos en la vida de los padres? ¿Qué son ahora, ya mayores, cuando no tienen la gracia del pequeño? ... Hoy, que en posesión de una generación más, nos enseñan sobre el mundo.” Ella lo miró largamente, con suave y tierno compañerismo. Luego le dijo: —“No conozco las frases de tu religión. Llegué tarde a las prédicas de las Misiones y he olvidado luego de los años, las palabras de la mía. Pero comprendo que alguien nos da tierra, frutos y felicidad. Es cierto que hay dolores y tristezas hondas en el medio de la vida ¡Y yo los tuve en demasía! ... Pero luego vuelve la misma mano y en la medida que lo merecemos cura nuestras llagas. Y porque se nos dio vida debemos darla, porque dimos encanto con nuestras gracias infantiles, las recibimos de nuestros niños. También se nos dio frutos y debemos plantarlos ...Huallpa... la tierra, está abierta para todo lo que sembremos.” —“Hemos sembrados mucho en conjunto, Auca— acotó su marido” Miraron en ese momento a través del portal de entrada abierto, de pesada madera, donde recortábanse las siluetas del noble español junto a Elinora. Ellos partían en breve tiempo, mientras que el conquistador y la conquistada, continuarían por los senderos de la Huallpa ... la tierra laborable, la inmortal diosa americana, que se abría fértil ante sus ojos. —“Es un placer verlos aún aquí en la Encomienda, la tierra Huallpa donde se hizo mujer Elinora. No dudo que ella recordará desde la ciudad mundana de Potosí, los tiempos en que vivió a nuestro lado contemplando los sembrados en lontananza. Con ellos desposados perdurará una parte de mí mismo en este Virreinato, al que llegué tan joven e impulsivo. O quizás sea yo mismo quien emprenda la continuidad a través de mi hija. —“No lo dudes, esposo mío, ella no olvidará estos años a nuestro lado”. —“El mundo social adonde Elinora ingresará ahora, no estaba previsto para mí, cuando yo nací en una pobre aldea de mi solar natal. Es la propia generosidad de Huallpa quien le ha ofertado otro destino, y no mi papel en la conquista armada que hoy es vituperado desde la corona, por el nuevo rey. Aquí en esta tierra de labor, me convertí en Don Alvaro. Y es por ello que no abandonaré la Encomienda, porque me debo a ella. Debo hacer fructificar a la diosa Huallpa, todos los días.” —“Pienso —admitió Auca— que así, haciéndola fructificar, hemos los dos emprendido esta vida en común, entre las ruinas del Inca. Nosotros continuamos a la generación anterior y nuestros hijos nos continúan a nosotros, sin compás de espera. Como tu raza ocupa el escenario de mi imperio y otra raza suplantará a las nuestras.” —“¿Lo crees posible?— preguntóle él sorprendido —“Tal como creo posible una nueva fronda, una nueva mesa, nuevas chacras, nuevos tambos y nuevos chacos.” —¿Cómo sería todo ello nuevo?” —“Lo es ya, pues Jerónimo es un niño nuevo, que contiene las dos sangres y no será lo mismo que nosotros. Las chacras van sumando nuevos granos traídos de allende el mar, que se siembran junto a los antiguos. Los tambos, nuevas leches. Los chacos, nuevas presas de caza. Las mesas ya se sirven con diversas cenas. La fronda con árboles y flores incorporadas por ustedes, a los nuestros. Las aromas nuevas se cultivan junto a nuestras especies ... Ni tú ni yo, tal como somos, quedaremos sobre la fertilidad de Huallpa.” —“Es duro vivir y no vivir, no tuvimos tiempo para el romance, ni para el ensueño que tienen nuestros hijos por delante ... Pero así ha sido nuestra vida y la hemos compartido juntos, Auca.” 9 — SECRETOS Ambos contemplaban con encanto a la pareja enamorada que no quedaría con ellos en la Encomienda. Y ambos pensaban al unísono en el pequeño Jerónimo que naciera entre ellos, y que ya era un niño nuevo. En ese devenir que los suplantaría. Entonces comenzaron a develarse los secretos guardados de Auca: —“¡Al principio te odié!— díjole de improviso la Ñusta —Junto con todos los tuyos.” —“¿Verdad? ... No pude notarlo, me sorprendes— contestóle él” —“El indio odia de una manera silenciosa y seca— sentenció ella” —“Demasiado silenciosa, que no lo advertí.” —“¡Ansiaba venganza!” —“No lo imaginaba.” El silencio ahora se posaba en ambos, como si los dos pertenecieran a esa esencia indoamericana, silenciosa y seca. Era como si el manto de olvido hubiérase descorrido de pronto, para mantener un diálogo que estuvo siempre acallado. —“Tus caricias Auca, que bien recuerdo desde el comienzo, no me permitieron advertir esos rencores tuyos.” —“Eras hermoso, con tu barba dorada y tu apostura viril. Soy una mujer y no pude sustraerme a esa fascinación. Me elegiste, proponiéndome ser el ama de tu Encomienda. Sentí que con ello yo podía servir a tu lado a la diosa Huallpa y ella nos bendeciría. Tal como fue.” —“Quería devolverte a tu lugar. Aquél del que te habíamos privado cuando eras una Ñusta esposa de un noble Orejón.”— completó Don Alvaro Ella pareció refugiarse nuevamente en su mutismo ancestral, pero salió de él para expresarle resueltamente: —“Ahora que hemos vivido juntos tantos años— continuó Auca —comprendo que me has amado, esposo mío. Mi hijo y mi nieto son tu propia familia. Perú es tu vida. Lo sé.” —“De una manera extraña, pero lo es.”— confirmó Don Alvaro ensimismado —“Nos has amado. Y con nosotros has amado a esta tierra del inca ¡La tierra de los míos! Amaste a Huallpa, aún sin saberlo y ella también te amó, por ello germina con esplendor ... Nos amas y nosotros te dimos victorias, emociones y riquezas”. —“¡Cuántas emociones!” Don Alvaro mesábase la barba tupida y ya entrecana, que dábale con aquel goteo blanco incipiente, un ornamento especial sobre su vigor físico, aumentado por la vida en la naturaleza. Caminaba y volvía de repente hacia Auca, como queriendo agregar ideas a las palabras de ella. Pero no lo lograba, como si la parquedad indoamericana ya fuera parte esencial de él mismo. —“Nuestro viejo pueblo— dijo lentamente ella —con su antigua sabiduría, heredera de otros pueblos pretéritos, estaba viejo ... muy viejo. Pues sumaba varios pasados yuxtapuestos dentro de él mismo, con muy pocos cambios. —“Veo ahora con dolor, luego de vivir contigo, que no pude valorarlo. Creo que al llegar yo en el fragor de la batalla, sumido en aquella tormenta de luchas, que no alcancé a conocerlo, hasta hoy”— expresóle él casi conmovido —“Ahora ha llegado el tuyo. Joven y pasional. Y llegaste con él, tú, que al compartir conmigo esta tierra de labranza en la Encomienda, fuiste alejándote de la guerra para fructificar a Huallpa. Olvidaste a los camaradas de luchas frenéticas, quienes se disputaron por años entre sí, y con crueldad, la gloria conquistadora. Esa gloria que encegueció a tantos guerreros en el Perú.”— y Auca lo miró a los ojos —“¡Heme aquí! ...Auca... a tu lado. Soy un Encomendero que sobrevive de aquellas epopeyas, ya que era de origen labrador. Y no estoy solo, puesto que muchos como yo, fuimos sacados de nuestras aldeas campesinas para integrar los ejércitos del Emperador. Por ello hemos entablado un romance personal con esta tierra.” Toda la Encomienda cultivada con preciosismo, mediante las artesanales manos de los antiguos súbditos del sol, de rojiza piel, estaba florecida y fertilizada haciendo de Huallpa un vergel, que había encantado a los enviados reales. El trigo ahora acompañaba al maíz. Anaranjadas zanahorias nacían entre las papas. La leche de vaca nutría en los tambos. La oveja pastaba con la llama. Huallpa producía y Pachamama observaba, siempre dominante. Una brisa fresca venía hacia el interior atravesando el portal de la casa, muy blanca, que era el hogar de ellos. A lo lejos divisábase la pareja enamorada recorriendo aquel paisaje fructificado. —“Se derramó mucho dolor. Pero hoy sembramos”— sostuvo él como complaciéndose a sí mismo —“Tu sangre vibra con entusiasmo joven, como el niño que tiene un cristal de color nuevo en sus manos. O el peregrino que sintiéndose en posesión de dotes camina sordo, tapando sus oídos, sin escuchar el llamado claro de las tradiciones del pasado. Entonces equivoca las señales del cielo.” —“No me tapo los oídos, esposa mía, te escucho.” Acercóse entonces ella a él. Sentáronse juntos en una gran sillón de la sala cubierto por un poncho multicolor, con el compañerismo que la convivencia de años, hace sencillo cada acto. Eran maduros y aún con plenitud de vida. Con vigor. Y había que dialogar lo que siempre reservaron, dadas las circunstancias de su encuentro, para establecer con claridad quiénes eran, ahora que los hijos se marchaban y que ellos dos quedarían aislados en su Encomienda. —“Tu raza ignora aún, que su arribo ha sido ordenado por las fuerzas que signan el destino de esta tierra ¡Para el servicio de Huallpa!”— sentenció Auca con firmeza —“Huallpa me brindó su generosidad, su fertilidad, llenó mis manos, por ello crece la Encomienda.”— expresó Don Alvaro —“Te dimos a Huallpa. Pero no te dimos a Pachamama.” 10 — PACHAMAMA —“¿Podré cautivar a la Pachamama algún día?”— preguntóle inquieto el Encomendero —“No. Pues la Pachamama no nos pertenece. Ella se pertenece a sí misma.”— sentenció la Ñusta El atardecer caía sobre la Encomienda con su velo rosado y purpúreo. Ambos cruzaron el pórtico que daba a la galería, donde tantas tardes el pequeño Jerónimo correteaba en sus primeros pasos de infante. Su risa y su llanto parecían estampadas en ese ambiente, donde la frescura ingenua del niñito había establecido un nuevo orden. Ya que él era en realidad, la nueva raza, donde los afluentes habían convergido. —“Hemos venido aquí como afluente de sangre, a pesar de la violencia del comienzo.”— expresó el marido —“Yo también así lo creo.”— dijo la esposa —“Y nos dominó la Pachamama haciéndonos producir a Huallpa.”— manifestó Don Alvaro contemplando el rosado poniente —“Huallpa y Pachamama, son dos diosas poderosas y hermanas. Se complementan.” —“Hace mucho que lo he advertido, en las largas jornadas de labor en la Encomienda.” —“Ese gran afluente de tu raza nueva se desbordó en el lecho madre de nuestra Pachamama. Y cumple sin saberlo una misión renovadora. No para el presente. No para un mañana visible, ni palpable, aún en nuestros días.”— completó su pensamiento Doña Auca —“Así es. La esposa de tu hijo, es hija de un antiguo compañero mío en las guerras, y de una virgen del sol incásica. Esa es la amalgama que vamos logrando para que tú y yo, Auca, nos permitamos este encanto de una vida plácida.” —“Vino del dolor ... no hay duda.” —“Creció en él ... ya no es suprimible. Pero ellos tendrán el fuego para continuar adelante.” La Pachamama hablaba. Oíase su voz entre los acordes de la naturaleza que se expanden en la puesta del sol. A esa hora, dicen sus adeptos, ella sale a caminar para contemplar la labor de los hombres, que acaban de dar por concluido el día. —“¿Tienes algún recuerdo especial de aquel pasado incaico que feneció con la conquista?”— preguntóle de pronto él —“Yo también era muy niña, pues nos desposaban al salir de la infancia.”— se sinceró ella —“Como soldado fui a la batalla sin conocer al oponente. Cuando llegué a él ya lo habíamos destruido. Mi energía me llevó a Capitán y luego a Encomendero.”— rememoró él —“El Inca ha muerto. Los quipus fueron quemados. El templo de Inti, el templo de Quilla, sus tesoros y riquezas, todos saqueados.”— señaló ella —“De ese oro sagrado y profanado no me tocó a mí parte. Partió en los barcos a mucha distancia de aquí, o fue enterrado. Por él se asesinaron entre sí los partidos almagristas y pizarristas, quienes tampoco lo obtuvieron. O lo perdieron” —“¡Pero está la tierra!— se emocionó Auca —Los valles, las pencas, las champas, las punas y las pampas que nos rodean. Y todo canta ese lenguaje vivo que enriquece. La perduración de las piedras. El canto de las lentas tardes. Sus voces no llegan a las membranas de los oídos. Pero se transmiten por la piel, por los cabellos, por los ojos, por las vidas ¡Por la suma de vidas!” La Ñusta hablaba con convicción tratando de inclinar a su marido hacia una nueva esperanza. Ellos allí habían significado por años esa continuidad, esa conciencia de raza. —“Pachamama está aquí para hablarnos, precisamente a esta hora. Puede escucharla el que confía en ella ...como yo.”— admitió ella Don Alvaro acercóse al borde de la galería, tratando insistentemente de agudizar su oído a fin de percibirla. —“¿Será ése el susurro que creo escuchar en la Encomienda cuando todos se retiran hacia el reposo? Cuando el cuerpo busca el descanso y aún hay una débil claridad en el campo, siento un lejanísimo susurro, y es el mismo que me recibió aquí a la llegada. Me acerco a él caminando y más allá el susurro se aleja, sin permitirme un encuentro”— comentóle el encomendero El campo reposando en aquella hora, ahondaba la soledad del paisaje labrado y sin labradores. Ni tan siquiera ellos, los dos esposos, hablaban en esa quietud. —“El susurro tiene un idioma, pues Pachamama no habla ni en mi lengua ni en la tuya.”— explicóle su esposa —“¡Cuán enigmática es Pachamama! Siento su susurro pero no logro interpretarlo. Quizás esté reclamándome las pérdidas del pasado.” —“No. Tampoco lamenta pérdidas. Pues ella siempre construye mirando hacia delante. Ama a los sembradores. Poco le importa a la gran diosa del alma de la tierra, a qué pueblo pertenezcan. Por ello te susurra, te acompaña y te observa, desde tu llegada”— explicóle la Ñusta —“Pero hubo pérdida, yo no voy a negarlo. Fui un soldado obediente. Toda pérdida es un llanto. Sea un país o sea una hija— reflexionó él —El guerrero que triunfa y derrota, también debe estar preparado a perder. A desprenderse. No me había llegado hasta ahora. Cuando Elinora crece y se vuelve hermosa, va presto hacia su vida nueva. Y yo la pierdo tras un Altiplano.” Su vista deslizóse en la lejanía, como si el Bajo Perú que mira hacia el océano Pacífico, pudiera estar próximo al altiplano del Alto Perú con cuatro mil metros de altura. Cual era el próximo destino que aguardaba a su hija. En aquel momento las pareja enamorada regresando de su paseo, dirigióse hacia una pequeña salita de recibo en el interior de la casa. Ante los ojos del padre aquella imagen aún presente y pronta a desaparecer de su lado, por un largo camino, era ya una fantasía imaginaria. Sólo intacta para él. —“Amigo mío...— lo consoló Doña Auca —Será un camino largo de varias jornadas, pero aún tenemos salud y vigor, para ir de visita a Potosí. La felicidad de Elinora no merece un llanto. Se ha llorado ya mucho en esta tierra y Huallpa está húmeda con nuestras lágrimas. Por ello es fértil. Pero la energía de Pachamama impone y exige una continuidad, sin penas.”— manifestó la esposa —“¿Qué intentas decir?”— sorprendióse él —“Todo le es útil a Huallpa. Todo la reverdece. Pero Pachamama quiere algo distinto, un mundo de continuidad, de esfuerzo renovado, ella apoya a quienes lo emprenden. Las antiguas voces nos anunciaban la llegada de ustedes, que ya estaba prevista. Y ella quiere que se realice el mensaje de los sabios Amautas.” El cielo carmesí ya ocultaba por completo a Huallpa, mientras Pachamama iba aumentando su susurro. Auca volvió a su estatismo como si hablara en su interior con ella. Don Alvaro creyó que ambas dialogaban. —“¿Crees Auca, que el olvido es parte de un renacer? ¿De una germinación nueva?” —“Ayuda al menos.” —“¿A quiénes?” —“A los que vienen en adelante para que siembren sin dolor.” —“Algunos no han sufrido. No al menos mi hija”— acentuó Don Alvaro —“Su dulzura era parte de su fuerza, Elinora llegó para ayudar a cuántos acá estábamos en aquellos tiempos confundidos y dolidos. Ella nos alentó, sin saberlo, uniéndonos para empezar de nuevo con su presencia alegre y candorosa.” —“¿Recuerdas ese tiempo?” —“Recuerdo con claridad ese tiempo. No te bastó conquistar, para ser dueño. Debiste también cautivar nuestras almas. Y lo lograste aquí, en la Encomienda. Eramos muchos más que tú, el capitán, y unos pocos soldados que te acompañaban, los hijos del sol de piel rojiza que hasta aquí, contigo, se mudaron. Pero adivinamos que adentro tuyo había un labrador. Huallpa te necesitaba y te acompañamos. No fue sólo nuestro deseo, obedecíamos a la Pachamama. Ella quería sobrevivir y que nos fusionáramos.” —“¿Lo hemos logrado entre todos, Auca?”— insistió el encomendero —“Sí. Sí, amigo mío.” —“¿Estaba dicho por los Amautas?” —“En cierta forma velada.” 11 — CRUZ DEL SUR El anochecer tornóse violeta y ya el escenario de Huallpa no se reconocía. Pero allí estaba presente y uniéndolos. Sobre el telón obscuro del cielo perfilábanse las estrellas donde la Cruz del Sur era su favorita. Ambos salieron para contemplarla con toda su luminosidad propia de los espacios abiertos. Ellos habían obedecido largos años a Pachamama y Don Alvaro no debía perder su energía, precisamente ahora, cuando la obra estaba encaminada. Auca lo meditó. Luego eligió las palabras: —“Todo continúa. Inti, el dios sol no se detiene. Y todas las noches sale la Cruz del Sur, que también verá Elinora desde su balcón de Potosí, por su intermedio podrás comunicarte con ella” —“¿Lo crees, Auca” —“¡Claro que sí! Por medio de las cuatro estrellas en cruz nos comunicamos con Inta, mi hijo. Tal como fue la tradición de los Chasquis que llevaban mensajes corriendo por todo el imperio del sol, que estaba dividido en cuatro partes, se llamaba el Tihuantisuyu.” —“Saldré todas las noches para ver la Cruz del Sur que me acerque a ella.” —“Lo lograrás, colocando tu fe en esas cuatro estrellas. Mi padre me enseñó a hacerlo. El era un altivo Orejón del séquito del Inca, quien gustaba de hablar con un anciano Chasqui de esa corte. La Cruz del Sur era su guía en sus recorridos nocturnos de norte y sur o de este a oeste. Aquel anciano le hablaba en un lenguaje de imágenes donde la fusión de dos ríos pigmentados, convergían en un solo mezclando sus colores. Cada uno de aquellos ríos estaba salpicado de piedras... y las piedras al observarlas de cerca, eran rostros ¡Eramos nosotros! Ahora lo comprendo... pero también había piedras corriente arriba, que quedaban estancadas, como momias, sin futuro.” Desde el interior oíanse las voces juveniles, donde una romanza cantada por el galante novio para su bella novia, llegó hasta la galería. Los esposos que hallábanse en el exterior regresaron para escucharla. El padre sentía su emoción confundida y deseaba también cantar para su hija. Pero pensó que él era su pasado y debía dejar fluir el presente, con la misma libertad que él buscara antaño para sí. —“¿Por qué yo aquí? ¿Por qué no mi hija?” —“La vida en una Encomienda no es para todos. Trabajo, quietud, serenidad, paciencia. Huallpa y Pachamama exigiéndonos. Para mí fue posible y provechoso ... siendo que yo procedía de la corte del Inca.” —“Pero Elinora que creció y maduró aquí, ahora parte hacia una vida mundana ¿Crees posible su adaptación?”— demandóle el esposo —“Sí, lo creo. Ella tiene ese don, impulsada por su serenidad. Recuerda que llegó desde allende los mares en tu busca, y no opuso restricciones en los cambios que debía adoptar.”— aseguró la esposa —“No todos pueden lograrlo.”— pensó en voz alta Don Alvaro —“También fue imposible para mucha de mi gente. No pudieron sobrepasar ese límite. Se quedaron como piedras estancadas igual a la visión del anciano Chasqui, cargados de inquietud y temor al devenir. Para emprender un camino es necesaria serenidad de espíritu, cual es la condición necesaria para seguir a Pachamama. El medio que con ella se asume en beneficio de Huallpa, sin condicionarse a la inquietud.” —“¿Ella es quietud? ... ¿Serenidad?”— preguntó Don Alvaro —“Al menos la exige. Sólo en la constancia y la labor hay fructificación”— señaló Doña Auca —“¿No nos ama? ... ¿Ese es su enigma?” —“La condición de la Pachamama es su independencia de los hombres, su autonomía, su libertad. Ella es una diosa .” La romanza había concluido, como iba a concluir dentro de poco tiempo, la estadía de la hija del encomendero en la Encomienda. El era parte de una conquista concluida, y ella la semilla de un Virreinato del Perú que recién comenzaba su vida. Fundaciones de ciudades nuevas con universidades, ocupaban el devenir de un continente que en un mismo siglo pasó de la civilización indoamericana a la barbarie conquistadora. Y desde esta barbarie emprendía ahora el camino del progreso. Y ese progreso se llevaba a su hija hacia el Altiplano. Cuatro mil metros de altura iban a separarlos y sólo la Cruz del Sur iba a ser común entre ambos. —“Fue duro enfrentamiento la separación de tu hijo contigo. Pero él ronda y converge en tu centro, porque es miembro de Huallpa. Con mi hija no hay dureza ni contrastes conmigo, pero será asimismo una despedida incierta y dolorosa. Yo quedo aquí en la Encomienda y ella parte hacia Potosí a una vida de salones, distinta de la nuestra.” Don Alvaro calló. Su silencio fue largo y semejante al del entorno con el campo dormido, obscuro, pleno, cuando ya Pachamama deja su recorrido diario, pues las luces vespertinas se han ocultado hasta el nuevo amanecer. —“Enfrentamiento o separación, son hechos que padres e hijos no podemos evitar. Con el cascarón roto y madurado el polluelo, no se vuelve atrás”— díjole ella —“Sin duda que no, esposa mía, porque para ello los hemos preparado, aunque nos resulte difícil de asumir el momento de la despedida.”— confirmóle él —“En otro tiempo vi matar a mis hermanos y matamos a los tuyos. Es la lucha de pasado y presente. Es la lucha que hubo entre Inta y yo. El más joven siempre vence hasta que llega otro más joven. Entonces comienza a envejecer y pierde. Y cuánto más ha envejecido, comprende que no ha perdido, sino que ha vivido. Y la Pachamama nos ha manejado y distribuido.”— sostuvo con firmeza Auca La Ñusta calló. Hubo silencio. La sombría mirada del encomendero se había perdido en una lejanía interior. Las imágenes que acudían a su memoria hiciéronle rememorar la violencia y la quietud, la destrucción y la siembra. La ternura del niño Jerónimo y la partida de los hijos que ambos habían hecho crecer en la paz de la Encomienda. No tenían esos hijos las mismas vivencias de los padres y no se hallaban inmersos por ello mismo, en una deuda con el lugar. Lo habían gozado en cada edad y allí encontraron el amor, por el cual se alejaban. Pachamama distribuyó los bienes y exigió atención a sus normas. Les ofertó un medio posible para seres nacidos en situaciones muy disímiles, que debían cohabitar fructificando a Huallpa. Cumplido el término eran libres, al menos los jóvenes que recién comenzaban sus vidas. Y ahora la gran diosa, repartía y redistribuía de nuevo. —“Así dispone Pachamama.”— acotó la Ñusta Don Alvaro contempló el vacío terrestre de la noche y admiró el telón nocturno donde la Cruz del Sur embellecía el decorado brillante. Imbuido en una ausencia interior dejóse llevar del brazo por su esposa, hacia el final de la galería. Su mente, que se había trasladado hacia el pasado, después de un largo espacio de tiempo regresó a hasta el momento, sonriendo: —“Gracias Auca”— le dijo besándole las manos. -----FINAL----- Alejandra Correas Vázquez

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