Una mujer (Escrito por rolando)
UNA MUJER Una mujer en sueños mi sentimiento tira y vuelve apasionado mi cuerpo que suspira. ...
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EL CANTO DE AMOR MÁS BELLO DE LA HISTORIA

Autor/a: Gabriel Lara Klahr
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 15/11/2008
Leído: 5423 veces
Comentarios (3)
Valoracion de la obra: 10

Conferencia sobre el Cantar de Cantares

 EL CANTO DE AMOR MAS BELLO DE LA DE LA HISTORIA

 

 

 

 

 

"Ahora vemos en un espejo, en un enigma.

Entonces veremos cara a cara." S. Pa-

blo, (1 Coro 13. 12)

 

Los escribas de Israel, después de fijarlo en una forma poe-

mática, en un rutilante modelo lírico, elevaron el Cantar de Cantares

a la altura del arquetipo sacro. Al hacerlo obraban en calidad de ins-

trumento, ciertamente humano o natural, pero inspirado por la Sabidu-

ría de Dios. El amor de la pareja edénica: su ardiente pasión, fue

juzgada digna de dar la imagen del vinculo entre el Señor Dios de Is,-

rae1 y su pueblo de elección. Así contemplado el contenido del poema

admirable, representa la sacra1ización de la comunión de los cuerpos,

después de las bodas de las almas. "Como dice la Escritura -recuerda

San Pablo:- 'De los dos se hará una sola carne"'.

 

San Pablo tenía presente en su memoria el texto del Genesis: "Di-

jo entonces Adán {al mirar por primera vez la realidad de la Mujer:_7

Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne". Fue, por otra

parte, el primer requiebro que la Mujer escuchó y el más apasionado y

vehemente, por cierto.

 

El tema del Cántico de los Cánticos es el del coloquio entre Espo-

sa y Esposo, en lo esencial. Un bello y noble ensamble de episodios

de noviazgo y de bodas, acontecimiento este último tan caro al pueblo

de Israel en todas las épocas; que tiene como escenario la tierra de

Palestina, territorio del Reino de Judá en la cima de su historia y de

su poderío. Las ga1as de Tierra Santa en los momentos en que el Impe-

perio de la raza -en su cenit- parecían comunicar su esplendor a los

frutos mismos de la tierra. El esposo tiene como a modelo o es el mis-

mo Rey, que en la memoria histórica de los judíos encarna toda Gloria:

es como el sol en el medio-día de la Nación: Salomón. Salomón que sim-

boliza la Sabiduría que penetra los secretos del cielo y de la tierra,

en las tradiciones populares del pueblo hebreo, y ante cuyo esp1endor

nada prevalece si se exceptúa a los lirios del campo que le superan en

gracia y galanura aun en medio de la plenitud de su gloria, según el

seductor apólogo evangélico.

 

 

            El tiempo y el lugar se intuye fueron concebidos -a través de si-

glos de integracion y perfeccionamiento: tomando ahora de aquí y maña-

na de allá fragmentos de canciones de boda, aires pastoriles que abun-

dan en todos los pueblos de larga historia de vida trashumante o sim-

plemente en culturas agrícolas- para erigir con el Poema un paradigma

de una Edad de Oro.

 

El crítico Andre P. Debicki ha hecho estudios sobre la poesía es-

pañola e hispanoamericana contemporánea de notable interés, y a través

de su conocimiento de los fenómenos de la poesía en lengua española ha

descubierto que los métodos convencionales de que se vale la crítica

son insuficientes. No hasta, en efecto, con estudiar el lenguaje, las

formas poemáticas, las metáforas, etcétera, sino que es preciso hacer-

lo desde el punto de vista, las perspectivas y la experiencia del poe-

ta. Con base en estos nuevos factores tomados en préstamo de la críti-

ca de la novela y la narrativa, Debicki ha renovado la crítica de la

creación poética.

 

           

            La perspectiva o, mejor, el juego de perspectivas consiste en ale-

jar o aproximar al lector al objeto desde diferentes posiciones que el poeta sea capaz de tomar. Veamos el versículo del Cantar de la traducción de Casiodoro de Reyna.

 

 

                            ¿Quién es ésta que se descubre, como el alba,

                            hermosa como la luna, escogida como el sol

 

 

   Hasta aquí, los símiles, el lenguaje, son tomados del común sentir de la emoción que produce una muchacha, blanca como el alba, pálida como la luna, luminosa y radiante como el sol.  Hasta aquí, no existe nada insólito para nuestra sensibilidad.  Al hombre común enamorado, burgués o campesino los símiles, los espejos para la belleza de la

mujer amada, se le ofrecen del entorno, entonces nada más fácil que tomarlos de ahí: de lo que rodea y se entra por los ojos.  Así procedemos todos los hombres en el momento en que la exaltación amorosa nos hace ver la realidad delineada en sus contornos, renovada como en los prístinos días de la creación. Justamente esto es lo que ha querido

hacer el poeta: situarnos a una distancia del objeto, en que las perspectivas son naturales y próximas: en donde no existe nada insólito.

De pronto, un rayo un segundo antes insospechado, muestra el objeto bajo una perspectiva y una luz inédita; como algo extraño, no visto antes.

 

 

¿Quién es ésta que se descubre, como el alba,

hermosa como la luna, escogida como el sol,

TERRIBLE COMO LOS ESCUADRONES?   (Cant. 6,10)

 

 Otra versión traduce: IRRESISTIBLE CUAL EJÉRCITO LLENO DE BANDERAS. Nada importa. La visión que nunca estuvo allí: ahora está. Y la variante que pudiera producir el uso de significados afines no existe o es insignificante. Justamente lo contrario de lo que ocurre con el lenguaje, las formas poemáticas, las metáforas que al pasar de una lengua a otra se diluyen y desfiguran tornando la traduc-

ción casi imposible. Es que se ha dado con un arquetipo que puede re-

sistir la piedra de toque de las traducciones porque cualesquiera que

sean las variantes de la letra: la forma espiritual ha tomado de inme-

diato carta de ciudadanía en todas las lenguas.

 

Imaginen ustedes por un momento: una muchacha, un ser fresco como

el alba, de pálida tez lunar, radiante como el sol. Pero de una belle-

za tan enorme que resulta temible, como el pavor que imponen al ánimo

escuadrones de guerreros con el acero pegado al húmero, avanzando bajo

banderas desplegadas. Así el objeto se nos ha ido presentando desde

diferentes ángulos, que nos permiten ir descubriendo los diversos as-

pectos de éste, hasta obtener vislumbrar su riqueza eidética. Verlo

con "el ojo espiritual" de que habla San Juan de la Cruz: desconocido,

idéntico a sí mismo, iluminado por la propia luz interior: su verdad

poética. De esta manera han asistido ustedes a la comprobaci6n de los

métodos propuestos por el crítico Andrew P. Debicki para entender la

Creación poética.

 

En un medio naturalmente lujoso. No sólo la época en que se ubi-

ca idealmente el poema y el medio sociocu1tura1, la naturaleza sino el

temperamento del hombre próximoriental: la refinada sensualidad del se-

mita: árabe o judío. En un medio, pues, cuyo refinamiento apronta ele-

mentos aprovechab1es estéticamente, 1iterariamente, en este modelo de

la poesía de amor-pasión los arquetipos e iluminaciones se suceden ge-

nerosamente. Estos pueden ser en determinado momento sugeridos por

los elementos del medio naturalmente rico en símiles, representar su

evolución hasta lo insólito y arquetípico, pero no necesariamente, por

lo que no deben confundirse con las galas del lenguaje, la belleza de

los objetos que se desprenden del entorno y los símiles que se toman

del mundo circundante.

 

    (Seguiremos la traducción original de fray Luis de León preparada

para sus Exposiciones o comentarios del poema por el gran poeta rena-

centista español, principalmente, pero sin excluir alguna otra:)

           

            Béseme de besos de su boca: porque buenos (son)

            tus amores más que el vino.

            Al olor de tus ungüentos buenos:

            QUE ES UNGUENTO DERRAMADO TU NOMBRE:

            por eso las doncellas te amaron (1,2)

 

La forja retórica que impone el genio de la lengua hebrea ya es

de por sí de gran efecto. No se gasta como ustedes experimentan no

obstante haberla escuchado n número de veces:

 

 

Béseme de besos de su boca

 

  Esto es, qué más desearía yo que ser besado por los besos de esa

boca, que en el arrobamiento del amor, me parece la única deseable y no

por otros, sino por sólo los de esa boca. La conclusión es tan sólo

un corolario: "por eso las doncellas te amaron".

 

Al olor de tus ungüentos buenos (en la versión contemporánea del

sacerdote mexicano Agustín Magaña Méndez, se lee: "tus ungüentos despi-

den un perfume delicioso".) Hasta este punto las perspectivas son ló-

gicas tomadas de aquel medio naturalmente refinado que copia el poema co-

mo obra literaria y en que el uso de ungüentos y perfumes exquisitos

se halla muy extendido; pero de pronto sobreviene la irradiación del

arquetipo:

 

            ES UNGUENTO DERRAMADO TU NOMBRE

y esto sí es nuevo: poesía. Tu nombre; al escucharlo experimento

el efecto de fragancias raras que me envuelven. Es el perfume de 1a

identidad de tu persona.

 

Fluye el poema murmurando su tema como el arroyo sobre el lecho

suave, sin otra novedad que las imágenes fáci1es y gratas de los obje-

tos que refleja de las orillas por las que va pasando. Los versículos

4-6, hacen el contexto de un soliloquio de Enamorada que expresa su de-

seo, lo imagina presente, se anticipa en la fantasía a las fantasías

de la pasión. En este monólogo el carácter femenino con sus líneas tí-

picas, inventa explicaciones a lo que supone aspectos poco favorables

de su persona, etcétera:

 

            Llévame en pos de tí; correremos.

            Metióme el Rey en sus retretes:

            regocijarnos hemos, y alegrarnos

            hemos en ti, membrársenos han tus amores

            más que el vino: las dulzuras te aman. (1,4)

 

Membrársenos quiere decir recordársenos han tus amores mas que el

vino. Serán inolvidables. y las dulzuras te aman, significa: las co-

sas que valen la pena por ser suaves, dulces, te aman. Tal dice fray

Luis. El padre Magaña Méndez traduce: "Mas aún que el vino ponderamos

las delicias de tu amor" /"¡ tienen razón para amarte !" ¿Quiénes? "Las

muchachas enamoradas de ti" de la anterior estrofa: las dulces mucha-

chas.

 

Morena yo, pero amable, hijas de Jerusalem, como las tiendas de

Cedar, como las cortinas de Salomón. (1 ,5)

 

            (Cedar, cabe explicar, es el nombre de una tribu de beduinos de

aquella época. Es el nombre del segundo hijo de la descendencia de Is-

mae1, el hijo que Abraham tuvo con la esclava egipcia de su mujer Sa-

ra: Agar. "Es costumbre de la Escritura, explica fray Luis, llamar a

la gente por el nombre de su primer origen". Así que es la Esposa, si-

gue el fraile agustino, en hermosura muy otra de lo que parece", como

las tiendas de los árabes nómadas que por fuera las tiene negras el

siroco y el sol, pero adentro encierran "las alhajas y joyas de sus

dueños", que como se presupone, son muchas y ricas. Y como los tende-

jos, que tiene que usar en la guerra Sa1omón; que lo de fuera es de

cuero para defensa de las aguas, mas lo de dentro es de oro, y seda, y

lindas bordaduras, "como suelen ser los de los Reyes".

 

 

El versiculo 5 continúa la defensa que dicta la coqueteria de la

mujer en la Enamorada para explicar lo atezado de su piel, con los re-

su1tados efectistas de enorme belleza metafórica que hemos visto. Aho-

ra culpa a los hermanos que la obligaron a cuidar a la intemperie su

heredad, descuidando la suya propia que es su misma hermosura.

 

            No me miréis que soy algo morena, que mir6me el sol;

            los hijos de mi madre porfiaron contra mi, pusiéronme

            por guarda de viñas: la mi viña no guardé. (1.6)

 

Después de esta profusa justificación de por qué se halla velada

por las huellas del sol y del viento la belleza de su cutis -que pres-

ta al poema atractivo tan singular y cosecha felices comparaciones-,

interpela al Amado.

 

            Enséñame, oh Amado de mi alma, donde apacientas,

           donde sesteas al medio día: que porque seré como

           descarriada entre los ganados de tus compañeros". (1,7)

 

            Este versículo pinta las líneas del carácter femenino con trazo

profundo. Es como antes la coquetería, ahora la tenaz decisión de

que es capaz una mujer enamorada. "Con tal de saber donde estás, por

lejos que estés, allí te buscaré. Ahora, tú sabes si quieres que tus

camaradas piensen o me vean como una ramera que anda aventurando entre

los campamentos". Fray Luis da otra opción al término hebreo que él ha

traducido por descarriada. "Porque la palabra hebrea Hoteiah, sufre

lo uno y lo otro: y decir arrebozada, es decir, ramera, mujer deshones-

ta, y perdida, porque este era el traje de las tales entre aquella gen-

te".

 

A esta altura de la primera parte del Cántico, interviene por pri-

mera vez el varón, en contestación a la invocación que la heroína ha

hecho en el último versículo.

 

 

Si no te lo sabes, oh hermosa entre las mujeres,

salte (y sigue) por las pisadas del ganado, y

apacentarás tus cabritos junto a las cabañas de los

pastores. (1,8)

 

La velada amenaza de ir en su busca aún a costa de ser tenida o de

aparecer una mala mujer ha tenido el efecto deseado. En este instante

el hablante se va a valer de un símil que a muchos desconcierta, paré-

celes impropio y se explican a sí mismos diciéndose que, después de to-

do, no debe extrañar que se encuentren elementos groseros y primiti-

vos, en antiguas canciones de pastores.

 

     A LA YEGUA MIA EN EL CARRO DEL FARAON

     TE COMPARO AMIGA MIA. (1,9)

           

            No existe ciertamente nada burdo en esta nueva perspectiva sino

todo de una proporción y una propiedad incomparables. Los valores tác-

tiles y ópticos de la forma dinámica, en su maravilloso ritmo del caba-

llo ¿a quién pueden parecer burdos y primitivos?  A no ser que la sen-

sibilidad del primitivo capte valores plásticos que el civilizado sea

incapaz de hacerlo. No me parece que la forma del equino singularmente

esbelta, poderosa en su hermosura e inagotablemente plástica en el

brío de su ritmo, sea indigno espejo de la desnudez, rica como pocos ob-

jetos capturables por los ojos, en valores táctiles del cuerpo de la

mujer. Por lo contrario. En cuanto, soltura, musicalidad del movimien-

to (musiké en griego: es una síntesis de armonía y ritmo, no exclusiva-

mente sonora) existe una profunda analogía en el desnudo femenino y la

forma ágil y vibrante del caballo.

 

 

Alguno de los grabadores del Renacimiento alemán, en la portada

de una Biblia aparecida en Frankfort, nos ha dejado el más bello símbo-

lo que se puede encontrar del culto a la belleza de la mujer. Se titu-

la el grabado: Adán y Eva ante el árbol de la Ciencia. El eje verti-

cal de la composición es el cuerpo ofrecido de frente, de Varona.

Asciende con un profundo movimiento de helicoide como un vapor o una

columna salomónica. La música y la danza tienen ahí su estatua. El

árbol extiende sus ramas y establece una zona cerrada que comienza a

extenderse a la mano derecha de nuestra madre y ocupa la mitad del es-

pacio del cuadro. En esa zona por orden de planos aparecen el león;

Adán en posición sedente; el unicornio y el camello. El tejido apreta-

do de la musculatura del hombre, tiene su correspondencia en la nudosa

corteza del árbol. La cabeza pilosa de nuestro padre, en las melenas

estilizadas por cierto a la manera barroca, del león, que de perfil se

huye por la orilla del cuadro. Eva mantiene, con el brazo extendido

más alto que sus ojos, el símbolo de los bienes conquistados con sólo

la transgresión del mandato: la voluptuosidad y el amor; y de los per-

didos tesoros de la inmortalidad e inmunidad al dolor. La mano iz-

quierda eleva el fruto ya en la zona abierta que ocupa la mitad restan-

te del cuadro -casi como una lámpara aparece la manzana-. Mano y fruto

indican que el espacio queda repartido en dos zonas: una cerrada, umbro-

sa, bajo las frondas; otra abierta y aérea, que no reconoce más limites

que el cielo, cuyos celajes se pueden contemplar y ver circular vientos

suaves. En esta zona pacen mansas criaturas: una ternísima ternera;

el venado en tanto que rumia, en esguince, muestra su grupa redonda;

aparecen el pavo real vistoso y la blanca cabra; dos temerosos coneji-

llos; raposas; la serpiente que en huída se desliza hacia la otra ori-

lla del cuadro. Un detalle curioso es la presencia del guajolote me-

xicano en la portada de una Biblia impresa en 1563. La piel suave de

Eva y las formas luminosas y redondas, bajo la clara atmósfera, tienen

su correspondencia en la belleza vibrante del caba1lo que manotea el ai-

re, mientras juega con el perro. La metáfora del alabeado cuerpo de

la mujer y el esplendor de formas del caballo es pues, renacentista;

pero por lo que se ve en el Cantar, es clásica;

 

 

                    A la yegua mía en el carro de Fara6n

                    te comparo, amiga mía.

 

“Alegre con la gentil presencia de su Esposa, -dice fray Luis-,

concibe el Esposo nuevas llamas de amor, que le hacen dar muestra por

galanas comparaciones de lo bien que le parece.

 

Hermosa cosa es, y llena de brío una yegua blanca. Pues muestra

el Esposo en esto la lozanía, y gallardía de su Esposa".

 

Yo veo la imagen de una gracia y propiedad perfecta. Es clásica,

renacentista, moderna, eterna.

 

Cuando la corriente del Cántico transcurre por terreno llano, se

hace descriptiva, la voz de la poesía pasa de éste al texto de las Ex-

posiciones. Los comentarios eruditos de costumbres y usos entre los ju-

díos, las noticias sobre plantas autóctonas, el significado de voces

hebreas y su traslado al español, las interpretaciones a lo humano o

a lo divino del texto, en la prosa de fray Luis se vuelven de una in-

tensidad lírica arrobadora. La poesía y sus irradiaciones súbitas sur-

gen de pronto de la prosa del agustino.

 

                 Bellas están tus mejillas con los cerquillos,

                 tu cuello con los collares (trad. de fray Luis) (1,10)

 

"Con los cerquillos". La palabra hebrea que es Thorim, es de va-

ria y dudosa significación; unos dicen, que significa perlas, o a1jó-

far enhilado; otros dicen, que es cadena de oro de1gada; otros torto-

1icas hechas de bulto; y otros dicen, que son hilos, o torzalejos que

cuelgan. Paréceme que he visto en figuras, y pinturas antiguas en el

tocado de las mujeres, que del remate de la toca, si no es lo que cae

sobre la frente desde el principio de las sienes para atrás, colgaban

unos como rapacejos largos hasta algo más de la mitad del carrillo. Y

según esto podemos concertar toda esta diferencia, diciendo, que éstos

las personas ricas, y principales los usaban de aljófar o perlas menu-

das, puestas en hilos, o cadenillas de oro delgadas; y que los cabos,

así de los unos, como de los otros, se remataban en algunos brinqui-

ños, o piezas de oro pequeñas, hechas en forma de torto1icas... De ar-

te que thorim sean propiamente semejantes rapacejos. Pues como si ima-

ginásemos, que la Esposa estaba tocada así, dice el Esposo: Cuán lin-

das se descubren, oh Esposa mía, tus mejillas entre esas perlas, y tu

cuello entre los collares; esto es, estáte bien, y hermoséate hermosa-

mente este traje, que es, como dijo uno en su Poesía

 

                           'Un bello manto una beldad adorna'."

 

De pronto el insigne humanista sospecha, atisba en el genio de la

lengua hebrea un escondido recurso que opere al revés de lo que lite-

ralmente dice, y con su maravillosa intuición de gran artista, cambia

su versi6n.

 

"Aunque en verdad, que decir, las perlas, o entre las perlas, da

ocasi6n a otro sentido, que a mi juicio viene bien a propósito, dicien-

do, no que la Esposa tenía algunos de estos arreos que añadiesen a su

hermosura, sino que al revés estaba desnuda de ellos, y con todo eso

.al parecer y dicho del Esposo, sin comparación estaba mucho más hermo-

sa, que otra que los tuviese. Porque así como ya dijimos, en la pro-

piedad de la lengua original, hermosa entre las mujeres, es tanto como

decir, más hermosa que todas las mujeres; así decir, lindas tus mejillas

entre las perlas, sea como si dijese, más linda que todas las perlas,

y a1jófares, que a otras hermosean: y tu cuello sin joyeles es más be-

llo que todas las joyas que suelen hermosear.y adornar los de las muje-

res: esto es, tu belleza vence a otra cualquier belleza, o sea natural,

o ayudada con artificio".

 

 

 

Torto1icas de oro te haremos con remates

de plata. (1,11)

Cuando está el Rey en su recostamiento, el mi

nardo dió su olor. (1,12)

 

"Mi nardo. Nardo es una raíz bien olorosa, que ahora se trae de

la India de Portugal, de quien escribe P1inio, y Dioscórides, conocida

y usada en las boticas. De ésta principalmente, y de otras cosas aro-

máticas, se solía hacer una confección suave, y gentil olor, con que

se rociaban la cabeza, y manos los antiguos, la cual los griegos lla-

man Nardina, y los hebreos por el mismo nombre de la raíz, le dicen

Nordi.

 

Galeno hace mención de ella, y en el capítulo doce de San Juan se

dice de la Magdalena, que derramó un bote de nardo preciosísimo sobre

la cabeza y cara de Jesús. Juntamente con esto se ha de advertir, que

entre la gente hebrea se usaba rociar con este licor a los convidados,

cuando eran personas ricas, y principales, o a quien se deseaba y de-

bía hacer todo regalo, y servicio, por ser cosa de grande precio, y es-

tima, además de ser muy suave, y apacible. Como aparece claramente acer-

ca de San Mateo donde defendiendo Cristo a la mujer pecadora, que pues-

ta a sus pies, se los 1av6 con sus lágrimas, y roció con este ungüento,

 dice al Fariseo, que le había convidado a comer: Esta ha hecho lo

que tú habías de hacer en ley de buena paz, razón y costumbre, y no lo

hiciste. Convidásteme, dice, y no rociaste mi cabeza con ungüento olo-

roso, y ésta roció mis pies. Con esto quedan claras las palabras de

la Esposa, que hacen significación del gran gozo, y contento, que tie-

ne en sí, por el servicio, que ha de hacer a su Esposo. Cuando estaba,

 

dice, el mi Rey en su banquete alegre, y cercado de sus convidados yo

le rocié a él solo con los mis olores. Y por esto dice, “el nardo dió

su olor”, el cual entonces se siente más, cuando el licor se esparce".

 

Manojuelo de mirra es mi amado a mí,

morará entre mis pechos. (1,13)

 

 

"Como es cosa hermosa, y amada de las doncellas un ramillete de

flores, o de otras cosas semejantemente olorosas, que lo traen siempre

en las manos, y lo llegan a las narices, y por la mayor parte le escon-

den entre sus pechos, lugar querido y hermoso; tal dice que es para

ella su Esposo, que por el grande amor que le tiene, le trae siempre

delante de sus ojos, puesto en sus pechos, y asentado en su coraz6n.

Mirra es un árbol pequeño, que se da en Arabia, Egipto y Judea, del

cual hiriendo su corteza en ciertos tiempos, destila lo que llamamos

mirra: las flores, y hojas de este árbol huelen muy bien; y de éstas

habla la Esposa."

 

Quien piense que detenerse en tantos detalles es impropio, tra-

tándose de un paradigma de la Poesía y la Religión: un libro por to-

dos conceptos sagrado, olvida que es el contexto mismo el que da ori-

gen a preciosísimas minucias de toda especie. ¿Qué espíritu solemne

podría pensar que las piedras preciosas y el oficio del tallista, ten-

drá que desaparecer de la sociedad humana? No se debe ignorar que

fray Luis es un hombre del Renacimiento, y del Renacimiento español por

añadidura. El renacimiento español funde modelos eternos de humanidad.

Marinos que hacen el periplo de la redondez de la Tierra y entregan al

porvenir la Geografía que conocemos. Matadores de Hombres que engedran

dran naciones con la exhuberancia con que hacen hijos naturales. Após-

toles del Evangelio que establecen Ciudades de la Justicia y el Amor

para las razas marginadas. Vienen de Occidente con e1 espí-

ritu de ir a la última Jerusa1em a instaurar el Reino de los Cielos.

Poetas místicos. Humanistas que son clásicos y escriturarios: docto-

res en bellas letras y en letras sagradas. Gigantes del Intelecto y la

Santidad. A ellos pertenece fray Luis que hace preciosos juegos con

la erudición y escribe De los Nombres de Cristo, tratado cristo1ógico

de estremecedora belleza árida como un panorama de la zona tórrida en

el crepúsculo de otoño. Y es hijo de re1igión de ese P1atón cristia-

no que funde el Amor a la sabiduría: Philosofía, con Amor a la hermo-

sura: Philoca1ia, en una síntesis genial como no han visto los siglos

todavía.

 

Fray Luis de León es el prototipo del Escriturista del Siglo de

Oro, sabio pleno de gracia en ciencias divinas y terrenales. La lengua

santa, el hebreo, como las lenguas humanas, el griego y el latín, no

le guarda secretos. Sabe historia, geografía, botánica, zoología de

la Biblia, y comunica sus conocimientos como un poeta sensible a la be-

lleza del cielo y de la tierra.

 

Volvemos al texto. Tenemos que dejar de lado infinitud de cosas,

de cosas de belleza y bellezas de lenguaje, por la estrechez del tiem-

po, Pero hay algunas que resulta imposible pasar por alto. Sería co-

mo eludir una grave responsabilidad, si nos hemos impuesto la gratísi-

ma tarea de apuntar siquiera al vuelo, las cumbres más altas del poe-

ma. Una que otra, ya que no es posible más.

 

Entre los arquetipos más luminosos de la historia de la poesía es-

tá el que vamos a señalar, al mismo tiempo, constituye uno de los atis-

bos más geniales de la psicología erótica. La Esposa por principio in-

vita a su Amado a su huerto para que saboree las frutas que mayor de-

leite prometen ya a la vista. El invitado narra c6mo habiendo acepta-

do, 11egó al huerto de la Esposa ungido y perfumado. Saboreó la miel

y gustó del vino y de la leche, en compañía de camaradas que llegaron

con él. Según el contexto bebieron hasta embriagarse; probablemente

prolongaron el festín hasta altas horas de la noche. La composición

de lugar cambia. La joven hace mucho tiempo está en su lecho dormida,

ya que sueña con el Amado. De pronto, él hace acto de presencia, tra-

tando de penetrar al interior de la cámara donde la muchacha duerme.

Toca, atisba por los portillos, llama de distintas maneras. Ella ha-

bla entre dormida y despierta. La expresión de lo que dice guarda es-

te carácter de seminconciencia en que la noción de tiempo es borrosa.

No hay presente ni pasado: sólo el parpadeo sincopado de la conciencia.

 

"Yo duermo, y mi corazón vela, la voz de mi querido llama:

Ábreme, hermana mía, compañera mía, paloma mía, perfecta mía,

porque mi cabeza está llena de rocío, y mi cabello de las

gotas de la noche".

 

Esto es lo que ella recuerda. Ahora habla para sí:

 

"Desnudéme mi vestidura, c6mo me la vestiré? Lavé mis pies,

cómo los ensuciaré?" (5,1-3)

 

Es verdaderamente asombrosa la fidelidad con que se hallan pinta-

dos los estados psíquicos transitorios de la conciencia que parpadea

entre el sueño y la vigilia. Entre tanto El impacientándose se ha ido.

El surgimiento a la conciencia cruda de la lucidez, de la joven, es

plena y, por tanto dolorosa: el Amante deseado se ha partido. La ha-

blante registra como sucede en estos casos, el suceso de pasado inme-

diato en presente aconteciendo: las sensaciones en vivo; en candente

actualidad.

 

"Mi amado metió la mano por el resquicio de las

puertas, y mis entrañas se estremecieron en mí". (5,4)

 

 

 

   ¡Tanta vida no la he encontrado en ningún texto en cincuenta años

de lector¡ Ni poético; ni en ninguna novela: ni en Malraux, ni en Ca-

mus, ni en Graham Greene, ni en Mauriac. Es todo un tratado de psico-

logía erótica que únicamente he encontrado algo muy parecido en un mís-

tico del siglo XVI: San Juan de la Cruz. Lo cual prueba que el cielo

y la tierra realizan sus bodas en las cumbres más enrarecidas de la

poesía y de la teología mística. Pero todavía falta un detalle escalo-

friante por su verdad, su vida y su belleza.

 

"Levantéme a abrir a mi amado, y mis manos gotearon

mirra, y mis dedos mirra que corre, sobre los goznes

de la aldaba". (5,5)'

 

 

El mismísimo San Jerónimo no entendió el sentido verdadero de es-

te prodigioso arquetipo lírico-erótico. Se extiende en una larga cuan-

to inútil explicación de que se trata de una mirra muy fina que se de-

rramó de algún potecillo que la muchacha sostenía en sus manos. El

propio fray Luis repite estas ingenuidades del Santo. Nada hay de eso

naturalmente; sino una prodigiosa traslación; un maravilloso hallazgo.

La excitación de la muchacha sensitivizada al último extremo la hace

sudar copiosamente. El sudor escurre por los dedos y sobre los goznes

de la aldaba. Es la mirra del deseo.

 

Un extraño equilibrio. ¿Cómo en medio de las sobrecargadas des-

cripciones de los atractivos físicos que van descorriéndose a los

ojos de los Amantes, en cuya enumeración y descripción se alternan mo-

rosa, detenida, gozosamente con un lujo de recursos verdaderamente

oriental, que a veces nos fatigan: ojos de paloma; el Amado es racimo

de botones de alheña. Las vigas de la casa nupcial son de cedro y los

artesones de pino fragante. Ellos son Rosa de Sarón; lirio. La tez

de Ella tiene el colorido de la corteza de la granada. El es como el

manzano entre los árboles silvestres. Los dientecillos de ella son

ovejas acompañadas por sus crías mellizas de vel1ón de blanco purísimo;

sus senos como gamos gemelos; el cuello como la Torre de David. Al

triunfo de la primavera cuando ya las flores brotaron y se escucha el

reclamo de la tórtola la invita a trepar a las montañas frías para per-

derse entre las grietas de las rocas para gozarse en la contemplación

mutua, dejándose inundar en la dulzura de sus voces. En medio de seme-

jante lujuria de imágenes y símiles tomados del paisaje social y del

paisaje terrestre, de una luminosa circunstancia: c6mo puede conservar-

se tan extraño equilibrio? Me estoy refiriendo a la manera como se

pintan de los cuerpos, de la carne, las zonas íntimas. Ninguna litera-

tura, y menos las orientales, han tocado estos temas sin descender.

Es tan sólo privilegio del Cántico ser el más ardiente y el más pu-

ro canto de amor de la historia humana. De este culto sacral, verdade-

ramente sacralizante del cuerpo se deriva la Idea Paulina del cuerpo

Templo del Espíritu Santo.

 

Fue necesario que transcurrieran muchas centurias, quizá dos milenios, para que las artes plásticas de Occidente alcanzaran a El Cantar

de Cantares en este extraño equilibrio: que únicamente acierto a desig-

nar como el fenómeno de la sacralización de la hermosura plena de la

carne bajo un designio y con un objetivo divinos; sin sacrificar el más

mínimo detalle, nl conceder a la grosera sensualidad la mínima licen-

cia. Pienso del desnudo masculino en dos arquetipos: el- "David" de Mi-

guel Angel y "El Salvador" del Greco, talla en el Hospital de Afuera,

en Toledo, "de un realismo exagerado, de Adonis" -dice Gregorio Mara-

ñón- y a mí no me lo parece, sino de un realismo (cosa realmente extra-

ña dentro de la iconografía espiritualizante de este inmenso genio)

por medio del cual el más grande artista plástico del Siglo de Oro,

equiparable a los Místicos, hubiera querido evidenciar que la noble be-

lleza del cuerpo del var6n es vaso dignísimo para contener la semejan-

za de que habla el Génesis, del Ser de Dios en el alma espiritual de

su criatura. Y en el desnudo femenino el natural milagro de la luz

sumándose, identificándose, descomponiéndose, iridisándose, incorporán-

dose. con todas sus potencias en la dulzura de la carne de la Mujer: en

el desnudo femenino tratado por Renoir.

 

 No hay serenidad o majestad como en los desnudos griegos de los

periodos preclásico y clásico, ni podría haber estas cualidades: ni

fuerza atlética, menos. Trátase de otro valor más difícil. Es la ti-

bieza de la carne enamorada. La llama de la pasión contenida dentro

del círculo del Amor. Los desnudos de El Cantar de Cantares constitu-

yen arquetipos de un género. Documentos cálidos y palpitantes del de-

seo santificado por el Amor. Evidentemente que no es el amor indigente

de la mecánica antineurosis que se expresa feamente en el estereotipo

"hacer el amor"; recomendada y puesta en práctica por el psicoanálisis

que desemboca en la depreciación de la Emoción y es proclive a la este-

rilización de la carne fecunda: origen de la triste imagen de la porno-

grafía. Sólo acierto a explicar: es el Deseo santificado por el Amor.

 

     Vemos la escultura latiente de la belleza varonil en El Cantar

sin enfermizos rebozos. La desnudez casi sagrada como en el David de

figuel Angel; como en "El Salvador" del Greco;

 

"Sus ojos como los de la paloma junto a los arroyos de las

aguas, bañadas en leche, junto a la llanura.

Las sus mejillas como hileras de yerbas, y plantas olorosas.

Las sus manos rollos de oro, llenos de tharsis (5,12-14)

 

(La Esposa piensa en las uñas que rematan los dedos de las manos,

que son un poco rojas, dice fray Luis, y relucientes, como piedras pre-

ciosas de tharsis).

 

"El vientre (esto es el pene;) diente de marfil adornado de

zafiros". (5,13)

 

Tal es uno de los arquetipos, es decir, de las formas vírgenes,

que nunca habían sido concebidas, escuchadas en poesía con tanta vida,

verdad y naturalidad.

 

"Sus piernas como columnas de mármol, fundadas sobre

basas de oro fino".

 

y ahora la irradiación complementaria de tanta propiedad y justeza:

"El su semblante como el del Líbano". (5,15)

 

¿Puede haber, por medio del juego de perspectivas, un mayor acerca-

miento a la noble belleza del Hombre que esta

irradiación súbita que corona la escultura?

 

El semblante es digno y severo como puro el perímetro de la

montaña nevada del Líbano.

 

El monumento a la belleza de la Mujer está levantado con los mis-

mos materiales, como si las cosas sencillas y naturales del entorno ya

no fueran suficientes para ponderar esa suprema síntesis de la sabidu-

ría con que está pensado y realizado el Universo, y que es la carne de

la hembra humana.

 

"Hermosa eres, amiga mía, como Thirsa, Bella como Jerusalem,

terrible como los escuadrones, sus banderas tendidas".

 

En ninguna poesía del mundo se lee algo semejante. No se conoce

la utilizaci6n de los elementos de un género como el heroico para pin-

tar algo tan delicado como se presupone que son las dulzuras, las gra-

cias femíneas. El uso de elementos épicos y el tono heroico represen-

tan el uso de puntos de vista y de perspectivas positivamente creado-

ras. Hermosa como las dos ciudades regias: Thirsa y Jerusalem, de be

lleza terrible como los escuadrones; sus banderas tendidas. Es cuando

lo impropio, lo desmesurado se convierte por la magia del genio líri

co, en la llave que descorre las cerraduras de 1o no revelado.

 

De aquí en adelante entre las bellezas literarias se van a distin-

guir los asombrosos atisbos que constituyen propiamente la poesía en

el poema.

 

"Vuelve los ojos tuyos, que me hacen fuerza". (5,5,)

 

El Coro de las mujeres interpela:

 

 

"Quien es esa, que se descubre arriba como el alba,

hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible

como los escuadrones?

. . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . .

"Qué mirais en la Solimitana, como coros de escuadrones?

. . . . . . . . . . . . . . . .  ..  .   . .  .(6,10)

 

Ahora habla el Esposo:

"Cuan lindos son tus pasos en el tu calzado,

 hija del príncipe!  Los cercos de tus muslos

como ajorcas . . “.(7,2)

 

Y uno no sabe qué está más lleno de sortilegio: si el texto poemático

o el comentario de un genio de la poesía.

 

"Desciende aquí a tantas particularidades el Espíritu Santo, dice fray Luis,

que es cosa que espanta. Dicha la lindeza de los pies, viene ordenadamente a loar

la buena hechura de las piernas, y de los muslos de la Esposa, diciendo: El cerco de tus piernas y muslos son como ajorca /obra de orfebre /. Y esto por la espesura, y macicez de las piernas , que no eran flacas, sino rollizas, y bien hechas, y redondas:

en tal manera que si hiciese un artífice una ajorca, vendría muy justo, y se

hincharía, todo el redondo de la carne de ellas.

 

Donde decimos, cerco, la palabra hebrea es Hamuk, que quiere decir, cerco, o

redondez; etcétera."

 

"Es tu ombligo vaso de luna, que no esta vacío

 

(que no le falta vino mezclado)

 

"Tu vientre (esto es la vulva:) como montón de trigo,

rodeado de violetas". (7,2)

 

Y hasta aquí. La poesía debe ponerse en contacto con la piel del

alma. Decirla, que equivale a despertar1a y sacarla de ese ataúd de

vidrio en que duerme su embrujado sueño: el poema.

Tan sólo añadiré que el Canto de amor-pasión más hermoso de la

historia 1o es por el insuperable conjunto de valores arquetípicos que

ofrece. Su sabiduría se debe a la fuerza del Amor, no del pobre amor

que la espelunca del vulgo ha sentado en un trono de abominación y mi-

seria. Falso amor. Sino a ese que posee el poder de los elementos de

la Naturaleza: Tal el mar, el viento de las tempestades, el fuego. Y

aquí es oportuno acabar este viaje prodigioso por las cumbres estreme-

cidas por relámpagos del gran poema mostrando el último y el más ra-

diante cono:

 

"Ponme como sello en tu coraz6n, como sello sobre tu

brazo, porque el amor es fuerte como la muerte, duros

como el infierno los celos, las sus brasas son brasas del

fuego de Dios". (8,6)

 

 

Texto leído la noche del 28 de noviembre de 1980 dentro del ciclo "Políptico

con el tema de El Cantar de Cantares", en el auditorio de la Biblioteca "Cervantes". Esta es una de las muchas

conferencias escritas dictadas por el humanista Othón Lara Barba. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

               

 

                      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Autor: Luisen Rique | Fecha: 27/03/2017 22:07:04

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