Malvada Locura 3 (Escrito por vicent cavalo)
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Las campanas de la muerte II

Autor/a: jrma
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 07/10/2012
Leído: 940 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

Poemas Fúnebres en memoria de Maria Dolores Menéndez López
Arqueros del alba
 
Para María de los Dolores Menéndez López
 
Soneto XVI
 
       La espuma que rizaba tu cabeza
Manchaba los cabellos blanquecinos,
Hermosos como mares coralinos
Que dejan en la costa su pereza.
       Tu rostro fue bandera de nobleza,
Los ojos vivarachos, peregrinos,
Atentos a los brillos cristalinos
Del aire que enseñaba su pureza.
       Halló en tu pecho un rico posadero
La luz de tu cariño y tu ternura,
Nacida de tu voz, raro lucero.
       Jamás bebió tu voz de la amargura
Ni el brillo ardió en tus ojos sin esmero,
Mas tu cabello heló la nieve pura.
 
Soneto XVII
 
       De nuevo alejará las sombras muertas
La alcoba de la noche mortecina,
Las sábanas oscuras, la cortina
Que ve las horas tristes y desiertas.
       Las luces de otro sol verán abiertas
Los pórticos que aún cubre la neblina,
Y lenta, temerosa, peregrina,
La aurora cruzará sus anchas puertas.
       Un cielo despejado traerá el día
Por donde vuela libre el aire sano,
Extraño mensajero de alegría.
      Vendrá la luz del reino más lejano,
Más no te encontrará en la brisa fría
Ni el sol verá el bostezo más temprano.
 
Soneto XVIII
 
       No escondas la mirada luminosa
Que alcanza, vivaracha, la alegría,
Que el brillo que se enciende cada día
Envidia tu alborada generosa.
      Enséñanos tus ojos y, graciosa,
Irrádianos de luz donde, sombría,
Renace con tristeza, helada y fría,
La aurora que despierta perezosa.
       Y muéstrate feliz, que tu sonrisa
Compite con la luz de las estrellas
Que guarda el cielo al alba siempre aprisa.
       No escondas tus miradas si son bellas,
Enséñanos tu luz clara, imprecisa,
Y olvida, si las tienes, las querellas.
 
La lluvia de diciembre
 
       Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Manchando las mañanas,
Las tardes y las noches con su beso
Amargo, silencioso y peregrino,
Sereno y apagado
Como una pincelada que las sombras
Dejaron en un lienzo
Callado como el sueño del arroyo.
       Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Dejando atrás el brillo
Del fuego del crepúsculo temprano,
Sereno, resignado, sentencioso,
Cansado de agotarse,
Ahogado entre las trenzas de la noche,
Cuyas estrellas saben
Del curso rumoroso del arroyo.
       Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Los recuerdos tristes
De cómo la sonrisa de la abuela
Se fue apagando, casi sin saberlo,
Porque la edad la pudo,
Porque los años fatigosos derrotaron
Su vida malherida
Por el cansancio amargo del camino.
 
Soneto XIX
 
       Existe un sueño intenso y tan profundo
Que sueña en él aquel que, adormecido,
Sumerge su conciencia y, abatido,
Exhala su suspiro más rotundo.
      El cielo alcanzó el oro en un segundo,
Un reino de colores que, encendido,
De músicas se llena y de sonido,
El ánimo mudando en vagabundo.
       Allí reposas hoy, triste el aliento,
La vida y la esperanza en lo lejano,
También la luz, el oro ceniciento.
       Dejando sólo un eco del verano,
Cayó del árbol, al correr del viento,
El fruto generoso del manzano.
 
Soneto XX
 
       Fue el fruto silencioso del manzano
De aquel color, al tiempo que dormía,
La luz que despertó la brisa fría
De aquel diciembre gris pero lozano.
       La luz del sol nacía en lo lejano
Y el verde de los mares presumía
De verse tan hermoso, pues el día,
Madrugador, alzóse aún más temprano.
       La lumbre se apagaba en tu mirada,
Rendida ya a la sombra, que, al acecho,
Borrar quiso su hoguera resignada.
       Así calló tu voz, cedió tu pecho,
Dejó de respirar y, derrotada,
Un féretro de rosas fue tu lecho.
 
Cruza las nubes valiente
 
       Vuela, mi amor, a la altura
Y conquista el ancho cielo,
Que, alcanzado de tu vuelo,
Se rendirá a tu hermosura.
Abre las alas y apura
La brevedad de tu viaje.
No temas, ve con coraje
Donde habitan las estrellas,
Brillos vagos y centellas
Que alumbran hoy el paisaje.
       Cruza las nubes, valiente,
Y, en las lejanas mansiones,
Corona sus torreones,
Vuelve estandarte tu frente.
Antes que verte doliente,
Álzate, bella, en el viento.
Se llama en el firmamento
Y en el aire primavera,
Aunque diciembre quisiera
Quebrar tu voz y tu aliento.
       No te apartes del camino
Cuando vayas a la altura,
Mientras, lleno de amargura,
Ves nuestro llanto vecino.
En el aire peregrino
Serás un gorrión pequeño.
Regálate, pues, al sueño,
Cuando, gala a tu belleza,
Quiere ser oro y pureza,
El sol que tomas por dueño.
 
Soneto XXI
 
       Rindió el bastión sus torres y su muro,
Sus piedras y su fuerza, y, generoso,
El cielo se hizo claro y espacioso,
Soltando sus corceles sin apuro.
       La sombra desmintió su velo oscuro
Dejando que bullera, luminoso,
Un sol febril, acaso temeroso
Del hielo de la noche, el aire puro.
       El mar halló el pincel que, con el día,
Manchaba con sus fuegos el paisaje,
Llenándolos de luz y de belleza.
       Cansada de esperar, tu voz dormía,
El alma presta, lista para el viaje,
Helado el pecho, viva la tristeza
 
Soneto XXII
 
       Recuerdo tu mirar, que, perezoso,
A veces quejumbroso de la vida,
Los párpados cerraba, si, dormida,
Buscabas un descanso más gozoso.
       Sentada en la butaca, con reposo,
Solías ver las horas, su partida,
Corriendo a la aventura, y, aburrida,
Salvabas un bostezo generoso.
       El sueño era en tus carnes un consuelo
Que siempre tus plegarias suplicaron
Aquellas tardes grises y otoñales.
       Soñabas, y tus sueños eran cielo,
Descanso a los dolores que segaron
Sonrisas, otras veces, con sus males.
 
Soneto XXIII
 
       Dejaste este rincón cuando la aurora
Lucía sus mayores hermosuras,
Sus luces y sus galas, donde, oscuras,
Las sombras la supieron vencedora.
       Llegaba la mañana que, sonora,
Los pájaros halló en las espesuras,
Alegres de encontrarte en las alturas,
Un ángel resignado que no llora.
       Luciérnaga que brilla sin apuro
El tiempo que se escapa traicionero,
Los cielos liberó del viejo muro.
       Será llorar tu falta al mundo entero
Buscar consuelo, como el aire puro,
Allí donde se apaga tu lucero.
 
Soneto XXIV
 
       Despierta en el recuerdo de tu aliento,
Tu voz resuena, brilla la mirada,
Canción de amor que llena la alborada
Y el cielo corre, alada como el viento.
       Testigo de la luz de aquel momento
Que pudo ver tu llama ilusionada,
La tarde luminosa derramada
Hallé en tu voz, tu amor, tu sentimiento.
       Partió, sin avisar, hacia otros mares,
Acaso temeroso, fugitivo,
Tu espíritu, buscando otros lugares.
Pudiera izar la vela estando vivo,
Como un aventurero a los altares,
Mi aliento hacia tu voz, volando esquivo.
 
Soneto XXV
 
       No pierdas en el reino de lo oscuro
La gracia de los besos pronunciados,
Que fueron con cariño regalados
Para aliviar tu rostro limpio y puro.
       La sombra del ocaso será un muro
Que no podrán cruzar cuando, callados,
Los diga tristes, débiles, cansados,
Viajeros en el alba con apuro.
       En mí retengo todos los momentos
Que no repetirá, al correr, la historia,
Tesoro de mis horas y mis días.
       Tu ausencia cobra un mar de sentimientos,
Mas no te borrará de la memoria
Ni en penas ni en dolor ni en alegrías.
 
Las campanas de la muerte.
 
       Dejad que, suave y sereno,
Roce su mejilla hermosa
El aire que la desposa
Besando su rostro bueno,
Aunque la llene el veneno
Que le ha arrancado la vida,
Que la lanzó a esta partida
La edad, su sueño pesado,
El tiempo que, fatigado,
Abrazó la despedida.
       Dejad que, bello y tranquilo,
Duerma su semblante hermoso,
Que disfrute del reposo
Que, silencioso, vigilo,
Porque se va con sigilo
Aunque quiera retenerla,
Que no puede detenerla
La luz que, tras los cordales,
Ve las galas matinales
Que pudieron defenderla.
       Dejad que, afligido el pecho,
Descanse el aliento herido
Del dolor que ha consumido
Su impotencia y su despecho,
Porque, la sombra al acecho,
No cabe esperar que acierte
Los designios de la suerte
El silencio que bosteza,
Si marchitan la belleza
Las campanas de la muerte.
       Dejad que, blanca y callada,
Alcance la aurora bella
La altura de aquella estrella
Que admira la madrugada,
Que ya la noche cansada
Ve el despertar de los cielos
Pues nieve derrite y hielos,
El granizo blanquecino,
Bullicioso en el camino
Que alborotan los riachuelos.
       Dejad que, tierna y ligera,
Tome su mano la brisa,
Y, en el aire, su sonrisa
Vuele libre donde quiera,
Que otro palacio la espera
Después de ese largo viaje
Que hoy emprende en un carruaje
Digno de llevarla encima,
A otro lugar, otra cima,
Otro reino, otro paisaje.
 
Soneto XXVI
 
       Más triste, en el azul del firmamento,
Volar podrá su risa, cuando, en vilo,
La luz de la alborada enseñe el filo
De su puñal callado y ceniciento.
       Los años correrán sobre el aliento
Helado que escapó al aire tranquilo,
Buscando hallar en él un nuevo asilo,
Palacio levantado para el viento.
       Será encontrar su rostro en una estrella
Al tiempo que la noche helada y fría
Retira su corcel de madrugada.
       Y la recordaré, siempre tan bella,
Amable, cariñosa cada día,
Paciente en la vejez, tal vez cansada.
 
Soneto XXVII
 
       Halló de madrugada aquel aliento
Al deshojar las flores de la vida,
El aire malherido que, dormida,
Borró en su rostro todo el sufrimiento.
       Un cielo azul, un nuevo firmamento
Dejó volar tus alas, y, perdida,
El cielo se hizo grande, pues, vencida,
Tu voz esparció en él la luz del viento.
       La luz del sol rayó la lejanía,
Gorrión dorado, rápido estandarte
Que bellos horizontes encendía.
       Fue cruel la madrugada con besarte
Cuando el azul del cielo descubría
Un sol que iluminaba cada parte.
 
Soneto XXVIII
 
       La luz del sol fue bella en tu mirada,
Haciendo sus antorchas más sencillas,
Mirándose en tus ojos, si es que brillas
Más pura que el granizo y la nevada.
       Hermosas sobre el mar, a la alborada,
Las luces enseñaron las orillas,
Un ángel que, besando tus mejillas,
Tu rostro arrebató de madrugada.
       Calláronse los labios, que, gozosos,
Ardieron con la brisa un breve instante
Para apagarse luego, silenciosos.
      Fue hechizo de coral, raro brillante,
Puñal de plata y oro luminosos,
Luciendo su belleza en tu semblante.
 
Los ruiseñores
 
       No veréis el arroyuelo
Que, apurando su camino,
Corre alegre y peregrino,
Después de ver el deshielo,
Si, libres los pies del suelo,
Salta al abismo y, valiente,
Deja volar su corriente
Al lanzarse en la cascada,
Desde la roca elevada
Que cabalga, transparente.
       No hallaréis los ruiseñores
Que, en la callada espesura,
Cantan, con tierna dulzura,
Su reclamo y sus amores,
Desde que ven los albores
Dibujarse en lo lejano,
Cuando los valles, el llano,
Los cordales y la sierra,
Sienten que vive la tierra
Y el sol se enciende lozano.
       Hoy nos falta la belleza
De su aliento fatigado,
De su mirar animado,
Sus bostezos, su pereza,
Al dejarnos con tristeza,
Pues ella, llena de vida,
Como una aurora encendida
Que hubiera robado al cielo,
Era luz, era consuelo,
Rosa del tiempo vencida.
 
La aurora alzó los ojos
 
       La aurora alzó los ojos
Con un bostezo mágico,
Cruzando las orillas
Del mar desconocido,
Y, entonces recordé aquel sol cobarde
Que supo ser jinete en sus corceles,
Cuando las rosas bellas
Morían en sus manos,
Marchitas del abrazo de la escarcha.
       La aurora alzó los ojos
Con un bostezo mágico,
Cruzando las orillas
Del mar desconocido,
Y, entonces recordé tu rostro bello,
Llevado hasta los cielos por el alba,
Que vino, con apuro,
En esos días grises
Que no avanzaron nunca en el camino.
       La aurora alzó los ojos
Con un bostezo mágico,
Cruzando las orillas
Del mar desconocido,
Y, entonces, la maldije por tu ausencia,
Sabiendo reprocharle las mentiras
Que arranca el desengaño
De su ropaje bello,
Tan claro como el aire que regresa.
 
Soneto XXIX
 
       En la constelación de tus mejillas,
Hermoso carrusel, llama de plata,
Vive una flor, sonrisa que desata
Tu espíritu jovial, sus maravillas.
       Se suman las estrellas y así brillas
En esa noche clara, pues, sensata,
Vano de amor, la luna se dilata
Con luces apagadas y sencillas.
       Y sigue vivaracho tu semblante
Y prende tu sonrisa cariñosa,
Amable a cada rato, a cada instante.
       Es la constelación que te hace hermosa,
La noche clara y bella que, incesante,
Mostró en tu rostro aquella mariposa.
 
Soneto XXX
 
       Las noches de los viernes otoñales
Pasábamos las horas juntamente,
Las brasas encendidas, llama ardiente,
Dormida en las cenizas minerales.
       El viento acariciaba los cristales
Buscando el fuego, cuya luz paciente
Asaba las castañas lentamente,
Detrás de aquellos viejos ventanales.
       La lumbre calentaba las estancias
De la buhardilla vieja que habitaron
Los brillos de los guiños de la abuela.
       El fuego alzó sus mágicas fragancias,
Virutas que, al arder, iluminaron
Las brasas del hollín que, libre, vuela.
 
El mar alborotado
 
       El mar alborotado
Dejó que, ensortijadas,
Corriesen sus espumas,
Bajo el color dorado que encendía
La luz de la alborada silenciosa,
Que vio el carruaje bello
Que te arrastró hacia un cielo luminoso,
Y fueron en mis ojos
Las lágrimas brotando,
Al ver el resplandor de la mañana.
       La muerte se hizo dueña
De la sonrisa alegre de tu rostro,
El oro y la hermosura
Que ardían, a menudo, en tu retrato,
Alegre como el fuego
Que, sobre el horizonte,
El aire iba poblando de colores,
De luces encendidas que cerraban
Los pórticos callados
Del reino que hacen claro las estrellas.
       Por eso, cada día,
Verás que, emocionado,
Irá mi pensamiento
Buscando las caricias de otras veces,
Los besos encendidos de otro tiempo,
Cuando, sin apurarse,
Las horas navegaban los arroyos
Del aire envejecido
Que me hallará forzando
Los remos de una barca hasta encontrarte.
 
Soneto XXXI
 
       Un brillo de emoción y de ternura
Enciende la memoria en las entrañas,
El mar donde, serena, al fin te bañas,
Si no es el arroyuelo que murmura.
       El cielo azul se llena de dulzura,
Naciendo el sol detrás de las montañas,
Y, viva siempre en él, rosas extrañas
Recoges sobre el viento que se apura.
        Si un guiño a tus sonrisas celestiales
Es poco para hablar de tu belleza,
Mis lágrimas serán raros cristales.
       Tu voz en mis adentros aún bosteza
Con el amanecer cuyos puñales
Rindieron hoy tu frágil fortaleza.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.





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