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Cita a ciegas
Autor/a: john
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Resumen
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Fecha de publicación: 06/12/2008
Leído: 347 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5
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Más que expresarse, vivir en su interrogante.
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La promuscuidad es un tema que le pasa a Enrique por la cabeza, y mientras se acuesta por la sala ya alistado para salir, piensa y relee esas oraciones de vivencias que vuelan por su mente inquietante. Prontamente las siete y media llegan a sonar por el reloj, y entonces es hora de levantarse y tomar el trasporte que lo llevaría al punto de encuentro citado por los interesados; en una estación de algún metro lejano y escaso de pasaje. Por el camino, Enrique no para de remarcar sus pensamientos, y sin distraerse, pide que el nombre sea correcto y muy apegado a la figura con la que él se imagina, pantalón atallado y camisa semiabierta, cabello oscuro y atractivo, sonrisa tal y como la escuchó por el teléfono, así de liviana y confianzuda. Al llegar, ansioso se forma y por los andenes busca una camisa de rayas oscuras, pero paseándose y pensándose en ya estar en alguna banca dialogando, sólo encuentra la dosis que se regresa como efecto secundario, la frustración cuando no se es lo que creía. Desespera, y aún marcando al número de Luis, él no contesta, se dice asimismo Enrique: "perdí mi tiempo". Pero que pasa que, cuando la mirada baja y los ánimos también la gran figura pasa frente a él, y así un joven alto y de playera con mangas le pregunta sin pena por su nombre, a lo que Enrique desconcertado afirma y observa la fachada de aquel sujeto envuelto de colonia y viril postura. La discupla sucede, y sin darse cuenta, ya Enrique subía las escaleras con la plática de Luis, ahí adaptándose a lo de Luis y su larga travesía. Caminando Enrique parece sólo estar e ir escuchando. Y así como cuando obtiene oportunidad de decirle, se atreve y le insinúa a Luis pasar a un hotel muy cercano. Ambos acceden y en vez de pasear y dirigirse por lo acordado, se aceleran, dan la vuelta y a contar el dinero que traen en mano. Pasando, llegan, piden habitación y pasan a formar parte de los que entran a calentar las sábanas que muchas más pieles cuentan, así pues la plática del abogado Luis se ve deteriorada por delinquir esta narración con el placer de los cuellos que se menean como para buscarse y bailar entre la oscuridad y el tacto. Los cuerpos, que tras el desnudo, se hunden y sugieren charlar por esa soledad que parla más que los proyectos acompañados. La actitud revienta, y ambos se envuelven en la atmósfera que han provocado. Así entonces se hallan reposando y fatigados, las poses demuestran el esmero y el tiempo con lo que su energía se ha derrochado. Es entonces Enrique quien pregunta la hora, y es él mismo quien decide quedarse entre los brazos del momento y de su enemigo. Rival llamado como Enrique, mismo que acostado y relajado vuelve a quedarse pensando lo que siempre se ha preguntado.
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