Exentos (Escrito por DamaDel67)
La quietud de la inquietud avasalla, arrasa, atropella. Paraliza emociones, destruye razones. La quietud de la inquietud es un túnel...
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Los amores de don Sancho

Autor/a: jrma
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 23/07/2014
Leído: 1780 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

Breve entremés de carácter trovadoresco en que aparece don Sancho como enamorado de la hija de don Pedro
José Ramón Muñiz Álvarez
“LOS AMORES DE DON SANCHO” O “LAS NOCHES
SIN SOSIEGO”
(breve composición dramática
en verso y a modo de
entremés)

ESTAMPA I

Plazuela de la villa, ante la que los ociosos se entretienen con rumores.

MARCOS-. Siempre sobre lo amoroso
son hermosas las canciones
que nos cantan los sucesos
de delicados amores,
y es lo cierto que así cantan,
en las salas de la corte,
ante el rey y ante su séquito
los más nobles trovadores.
FERNÁN-. Bello ejercicio es de ingenio.
MARTA-. Suelen ser altas cuestiones
las que canta una espinela
que hable de viejas pasiones.
FERNÁN-. Tienen las trovas más bellas
en estos tiempos su nombre,
que hay quien las silvas escribe,
y quien sonetos mejores
que enseñan el amor bello
a los viejos y a los jóvenes.
MARTA-. Es preciso que así sea,
porque se llenan las noches
de la más dulce esperanza,
después de que el sol se pone.
Pero nadie nos las canta.
CARLOS-. ¿Para qué quieres canciones?
Tu piensa en hacer bordados
y déjate ya de amores
hasta que tengas marido.
MARTA-. He de esperar.
CARLOS-. ¿No conoces
a Pascualillo el del campo?
Con él quiere que te goces,
yendo tras la romería,
después de llegar la noche.
MARTA-. ¡Ya basta! ¡Hay que ser prudente!
¡Qué dirán estos señores!
Dirán que me han educado
como no le corresponde
a una doncella de clase
de esta villa.

Risas de todos.

CARLOS-. No os asombre
el orgullo de esta gente.
FERNÁN-. Saben lo que corresponde.

Pausa.

MARTA-. Y ahora, si queréis, Carlos,
porque puede dar lecciones
el que la música sabe,
cantadnos bellas canciones,
porque la música prende
en los altos corredores
un fuego que las estrellas
no alcanzan con sus colores.

Carlos toma su instrumento y comienza a tocar, mientras ella dice:

Y haced que suenen los ecos
y que se escuchen acordes
y compases que nos hablen
de la mañana y la noche,
como en aquellos lugares
en tiempos mucho mejores
en que amaban los amantes
cuando corrían las noches.
FERNÁN-. Habréis de cantar, buen Carlos,
que se hacen obligaciones
esas quejas que demandan
las querellas, los amores,
las tristezas y alegrías
que, en los campos y las cortes
hace travieso Cupido,
siendo lo suyo derroche.
MARTA-. Cantadnos, amigo Carlos,
cantad baladas del norte,
tal vz romances de España,
de los viejos infanzones,
de las gentes que combaten,
de sus callados blasones,
las espadas orgullosas
y la guerra en mil naciones.

Dejando de tocar:

CARLOS-. De todo lo que se canta,
relataré mis razones
como en los siglos de antaño
lo hicieron los trovadores.
Y no es menester romances,
porque mienten las canciones
del amor que no contaron
los más viejos cronicones.
Podréis escuchar las penas,
el dolor, las desazones
que el pecho quiebran con  gana,
cuando ya el alma se rompe.
Podréis escuchar los llantos,
que le canta, cada noche,
si a su balconada acude,
don Sancho ante los balcones.
Y en la balconada canta,
porque canta los amores
de doña Aldonza que suele,
querellarse de sus voces.

Risas de todos.

Yo que sus males denuncio,
los hago saber los amores
al que peregrino pase
y a los pícaros que corren.
Escuchad, pues lo que os canto
son las más tristes canciones
que al mundo madrugan tristes
si un triste amor las compone.

Empieza a cantar, acompañado de la cuerda:

Sueña el amante vencido,
ya que el amor lo convence,
que, aunque Cupido lo vence,
él es el mismo Cupido.
Y, pues vive entretenido
en causarnos gran dolor,
sueña el amor que es amor
y nos vence con alarde,
porque el ánimo cobarde
se resigna en su dolor.
Sueña el amante que llora
el placer de la alborada
que descubre la nevada
bajo la luz de la aurora.
Y, viéndola bella, llora,
porque le niega el favor
la dama que le da amor
y lo vence con alarde,
porque el ánimo cobarde
se resigna en su dolor.
Sueña el ángel niño y ciego
que todo ve a su albedrío
que tiene un reino vacío
donde juega bien su juego.
Y, si priva de sosiego
a quien le sirve el licor,
dice el amor que es amor
y nos vence con alarde,
porque el ánimo cobarde
se resigna en su dolor.
De esta manera, amoroso,
huye quien era sensato,
mas lo alcanza el arrebato,
para echarlo en hondo foso.
Allí sufre el que, gozoso,
quiso el amor sin pudor,
y el que no quiso el amor
que lo vence con alarde,
porque el ánimo cobarde
se resigna en su dolor.
Y, porque vos, dueña mía,
sois testigo de mi duelo,
os dedico el desconsuelo
que con su llama me enfría.
Pues, porque es gran osadía,
se aparta de este rigor
el que sabe del amor
y no confunde el alarde
con el ánimo cobarde
que hace más fiero el dolor.

Acabada la canción, todos aplauden.

FERNÁN-. Es hermosa esa canción
que nos llena de alegría,
porque enciende lo que enfría,
cuando enciende el corazón.
MARTA-. Es hermosa y es razón
escucharla y aplaudir.
FERNÁN-. Es escucharla morir,
pues contiene gran pesar,
que no dejo de llorar
por lo que hube de sentir.
Mas os diré en cualquier caso…
MARCOS-. Bellos son, que es lo que digo,
que, de estos versos testigo,
los oigo y de amor me abraso.
FERNÁN-. Yo me he quedado en un paso
de hacerme piedra con ello.
MARTA-. Lo cierto es que es verso bello
y hasta el fondo me ha llegado.
FERNÁN-. Os lo diré: me ha gustado.
CARLOS-. Yo estoy dichoso por ello.

Vuelve a cantar otra canción don Carlos:

Quiere el amor maltratar
al que se entrega a su sueño,
pues, convertido en su dueño,
solo le queda mandar.
Y, pues ha de gobernar
sobre nosotros Amor,
causan sus flechas dolor,
causa su daño placer,
que es misterio conocer
la maldad de su rigor.
Y, pues vivo enamorado,
quiere amor que me consuma
y de mi fuego presuma
como un loco equivocado.
Y me siento acelerado
en las manos de un traidor,
porque quiere mi dolor
confundido en el placer,
por si llego a conocer
la crueldad de su rigor.

Los demás comentan sus canciones:

MARTA-. Expresa muy bien amores
esta dulce melodía,
cosa que no conocía,
y los versos…
FERNÁN-. ¡Los mejores!
MARCOS-. Pero son hondos dolores
los que siente allá en el pecho
el que llora con despecho
esos terribles desdenes,
que no serán para bienes
si Cupido está al acecho.

ESTAMPA II

En la alcoba de Aldonza, que se entretiene bordando, donde ella habla con su aya:

ALDONZA-. Quiere mi padre, en su enfado,
darme castigo, que es cierto
que anoche estaba despierto
y oyó a ese mozo alocado.
AYA-. Ya lo escuché, y lo cantado
era todo gran belleza,
pues son versos de tristeza
esos versos que cantó.
ALDONZA-. Pero mi padre lo oyó
y me habló con aspereza.
Por eso fui a confesar,
por eso hablé con el cura,
que me dijo: “Tú procura
hacer bien”.
AYA-. Es bien obrar.
ALDONZA-. Pero, si vino a cantar
bajo esta gran balconada,
no tengo culpa de nada,
pero me culpan a mí,
que eso sucede.
AYA-. Pues sí.
ALDONZA-. Mala suerte.
AYA-. Pues no es nada.
Porque ese muchacho apuesto
canta bien, que, enamorado,
se coloca a tu mandado
con un gesto tan honesto.
ALDONZA-. ¿Qué me importa a mí su gesto,
si, con venir a cantar,
a mi padre hace saltar
con su impaciencia y enfado?
Ese muchacho es malvado.
AYA-. ¡Si no deja de penar!
ALDONZA-. No pido yo esas canciones
sobre materia amorosa.
AYA-. ¡Ay, doña Aldonza! Eso es cosa
de sus calladas pasiones.
ALDONZA-. No deben los corazones
entregar su sentimiento.
AYA-. Pero si lo lleva el viento
al palacio del amor…
ALDONZA-. No he de darle mi favor
ni admitir tal casamiento…
AYA-. Poco sabes de la vida,
pues que tienes poca ciencia.
ALDONZA-. Mucho se de la prudencia
en que vivo complacida.
AYA-. Esa decencia encendida
puede luego ser amor.
ALDONZA-. Lo será de alguien mejor,
que es esa verdad desnuda.
AYA-. Tú dale parte a la duda.
ALDONZA-. No he de hacerle tal favor.
AYA-. ¿A don Sancho o a Cupido?
ALDONZA-. A don Sancho de momento,
y, si puede el sentimiento,
a los dos.
AYA-. ¡Qué sinsentido!
ALDONZA-. Pues un corazón vencido
poco puede en la batalla,
y es el amor un canalla
que vence al enamorado.
AYA-. ¡Mira por dónde te ha dado!
ALDONZA-. Es la verdad.
AYA-. ¡Pero, vaya!
ALDONZA-. Y me dijo el confesor:
“En esta vida yo he visto
muchas cosas, y, por Cristo,
nunca he gozado el amor.
Pero es malo su rigor
para las cosas del alma.”
AYA-. Eres joven, más ten calma…
Es que el amor desgraciado
es alevoso y osado.
Mas podrá robarte el alma.
ALDONZA-. ¿Cómo lo hará?
AYA-. Con su fuego.
ALDONZA-. ¿Cómo podrá?
AYA-. Con maldades.
ALDONZA-. ¿Cómo sabrá?
AYA-. Sin verdades.
ALDONZA-. ¿Cómo valdrá?
AYA-. Con su juego.
ALDONZA-. ¿Cómo vendrá?
AYA-. Con un fuego
que el pecho enciende en apuro,
porque, sabiéndose duro,
no tendrá ya más vergüenza.
ALDONZA-. ¿Y es posible que me venza?
AYA-. Es sin duda algo seguro.
ALDONZA-. No le dije la verdad
a mi triste confesor,
porque, llena de pudor,
la he callado.
AYA-. ¡Qué maldad!
ALDONZA-. ¡Por la Santa Trinidad
que decirlo no quería,
porque decirlo me hería,
que se vuelve el pensamiento
algo terrible y violento
si sale a la luz del día!
Porque yo sé que es prudencia
hacer lo que me enseñaron,
que todo lo que mandaron
es cosa de gran conciencia.
Pero es que, en tanta decencia,
no dejo yo de querer,
pues acaso soy mujer,
que me canten las canciones
con amorosas razones
que me vuelven a encender.
AYA-. Siendo moza, he de decir,
pues bien te lo contaré,
que el amor también prendió
en mi pecho de mujer.
Y prendió con fuerza y gana,
que nunca sabe qué hacer
el que vive enamorado.
ALDONZA-. Eso lo juro yo a fe.
AYA-. Él era un joven apuesto
de los que ya no se ven,
gallardo como solía.
ALDONZA-. Pues me parece muy bien.
AYA-. Y rondaba mi ventana,
desde las dos a las tres,
cuando en la noche y el hielo
era la luna cortés.
ALDONZA-. ¿Qué decía vuestra madre?
AYA-. Pues que no era el mozo aquel
hombre de ingenio ni talla
para casarme con él.
Y me dijo que esquivara
al muchacho por aquel
prejuicio contra insensatos,
si no saben hacer bien.
ALDONZA-. En suma, que lo dejasteis.
AYA-. A la fuerza lo dejé,
que mis padres lo ordenaron,
y, con hacerlo, pues bien,
sentí dolor y tristeza,
sentí que era amarga hiel
amar y dejar al tiempo,
pues que ya lo amaba a él.
Pues era aquel dulce muchacho,
incluso si torpe fue,
la esperanza de mi pecho,
el despecho de mi fe,
mi afán y desesperanza,
porque, por irme con él,
hubiera dado la vida,
y por hallar su vergel.
Por eso debes dejarlo,
hacerle caso y saber,
que si tu padre te riñe
hace lo que debe hacer,
que no tú, si le haces caso,
pues tal no debes hacer
a quien pide que renuncies
al amor que yo dejé.
ALDONZA-. Pero mi padre es quien manda
y, si él riñe, debo hacer
lo que el dice.
AYA-. No lo creas,
porque naciste mujer,
y las mujeres aprenden
cuanto se debe saber
al respecto, porque saben
al hombre engañar.
ALDONZA-. No es bien.
AYA-. Perderás tus años mozos,
no podrás gozarte bien,
si es que ignoras lo que quiere
Cupido darte.
ALDONZA-. ¿Qué haré?
porque, al cabo, quiero amores,
pero mi padre interés
muestra en tenerme alejada.
AYA-. Pero yo sé lo que hacer.
ALDONZA-. ¡Ah, razón de mi despecho,
blando Sancho…! Pues sabré
hacer lo que vos, tan sabia,
es posible que dictéis.
Mas no es matar las virtudes
que el pecho siente.
AYA-. No es bien
preguntar de esa manera.
ALDONZA-. Raro dilema… ¿Qué hacer?
Porque el amor pide mucho,
que es la riqueza un gran bien,
y es la nobleza más alta,
y, pues es honra tener,
no puedo yo, renunciando,
regalarme en brazos de él,
para que luego no quiera
ser mi esposo.
AYA-. Mas ¿por qué?
¿No sabes en tu ignorancia
que el honor es el revés
de la vida más dichosa?
Porque, si lo miras bien,
quiere el amor ser la trampa,
que no lo deja de ser,
pero no amar es peligro
de morir sin el placer.
¿Para qué vivir entonces?
¿Para qué dejar de ser
amor en brazos ajenos?
¿Qué se pudiera perder?
Pues el tiempo que se escapa
y que miramos correr
viaja pronto, pues se escurre
y la vida va con él.
De esta manera, si el tiempo
se va para no volver,
si no torna el tiempo
es hora de querer cualquier placer.

ESTAMPA III

Alcoba de don Sancho. Don Sancho está en el aposento, sentado sobre la cama, como quien razona para sí:

DON SANCHO-. Quiere herir con sus puñales
el amor el pecho mío,
pues que lo sabe con brío,
para llenarlo de males.
Y las horas otoñales
saben de mi aburrimiento,
cuando susurran al viento
que se acerca a mi ventana,
si ya nace en la mañana
ese brillo ceniciento.
Mas todo será contento,
porque, en siendo enamorado,
quiero servir el mandado
que ordena mi sentimiento.
Pues habla con duro acento
este amor que, con dureza,
me mira con aspereza,
pues es cruel el malandrín,
si se finge un querubín
coronado de belleza.

Sigue ahora cantando con tristeza sus amores al compás de un instrumento de cuerda que él mismo tañe:

Traición es, si al pecho hiere,
el desvelo que el amor
suele encender, sin pudor,
en quien su duelo sufriere.
Que el amante el amor quiere
como más alto destino.
Y es, de este modo, mezquino,
porque suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Que el que muere enamorado
ignora que vive preso
en la promesa del beso
que nunca será entregado.
Porque vive trastornado
quien del amor es sirviente.
Y, si es el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.
Que nace de su veneno
esa obsesión que asesina
a quien presto se avecina,
creyéndolo noble y bueno.
Y muere de amores lleno
Quien se entrega al desatino.
que es, de este modo, mezquino,
porque suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Por eso es el desamor
más alta filosofía
que, con mayor osadía,
verse en manos del amor.
Bien nos lo avisa el rumor
donde lo dice la fuente.
Y, si es el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.

Entra don Diego en la alcoba:

DON DIEGO-. De nuevo, don Sancho, os miro,
que, entre cantos y lamentos,
parecéis hombre de liras,
de silvas y de sonetos.
Y es que en cantar los amores
parece que se os va el tiempo,
que amores hay que son malos
cuando se aferran al pecho.
Sobre todo son mentiras
de los raros sentimientos
que quiere encender con gala
la belleza con su fuego.
Mas debierais ir a verla
y que os mate con anhelos
cuando muestre la dureza
que engendra su duro pecho.
DON SANCHO-. Sabed que hallaré la muerte
en la maldad de su seno,
pues me han dicho que se burla
de mi pena y mi tormento.
Y dice el alma que sufre,
y dice el ánimo ingenuo
que no lo quiere la amada,
y así ha de tenerse en menos.
DON DIEGO-. Pues no dejáis de tristezas
y no olvidáis los lamentos,
a este llanto os abandono
en este triste aposento.
Y no gustaréis de los vinos,
porque sabe el vino añejo
más que todos los amores
que encender puedan el pecho.
Quedad pues con esos cantos
y otro día nos veremos
en que también con mis burlas
pueda de rabia encenderos.
Que no parece, don Sancho,
sino que os dejaron ciego
esos amores terribles
que os atormentan.
DON SANCHO-. ¡¡Don Diego!!
DON DIEGO-. Además esa es muy vieja.
DON SANCHO-. ¡Vive Dios que no comprendo!
DON DIEGO-. Que vieja es la melodía
y más viejos son los versos,
porque no faltó cantarlos
siendo mozo, en esos tiempos
en que todo fue alegría,
regocijo y devaneo.
De todos modos, os digo
que obráis mal, pues eligiendo
a ese Cupido terrible,
buscáis un camino estrecho.
Serán malas angosturas
por donde os veré sufriendo
esos amores sin alma.
DON SANCHO-. ¡Sed respetuoso, don Diego!
DON DIEGO-. Pues que no queréis decirme
por qué no aceptáis consejo,
dejad que yo mismo os diga
la razón de vuestro duelo.

Don Diego toma el instrumento de cuerda de las manos de don Sancho y acaba el cantar, tañendo él los acompañamientos:

Y es que causan los amores
sentimientos de despecho
cuando el amor, al acecho,
se traduce en sinsabores.
Que son tantos los dolores
que en mi pecho lo adivino.
Pues, de este modo, es mezquino,
cuando suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Pues, huyendo de Cupido,
de su mal y su locura,
parece que se aventura
la razón en sinsentido.
Pues el ánimo abatido
mira su rostro vehemente.
Pues, siendo el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.
Porque luce, cuando vuela,
el engaño de ese brillo
que teje el alto castillo
en que su llama se hiela.
Que el amante se desvela
si lo sabe ya vecino.
Porque el amor es mezquino,
si es que suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
De esta manera es lamento
querer ser desamorado
si se vuelca, trastornado,
el más loco pensamiento.
Muere de puro contento
aquel que el amor presiente.
Que, si es el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.

Don Diego devuelve el instrumento a don Sancho.

DON SANCHO (riendo)-. Está bien, iremos juntos,
y pienso que iremos presto,
pues presto es pasar los males
y tan mal abatimiento,
que duele el alma de amores
en lo profundo del pecho,
pues uno triste suspira
y arde pronto en un incendio.
DON DIEGO (riendo)-. Pues eso es lo que quería
y me hacéis caso, tendremos
una jarra de buen vino,
el de la orilla del Duero,
y, bebiendo de su néctar,
he de daros mil secretos
de los tiempos en que tuve
amoríos y despechos.
DON SANCHO-. Será bien beber el vino
y escuchar vuestros comentos,
que son gratos los relatos
que contáis con ese ingenio,
mezclando a veces verdades,
mezclando a veces inventos,
porque imagina el espíritu
entre prudente y soberbio.
DON DIEGO-. Mal decís vos, que quisiera
no hacer caso a un jovenzuelo
que no sabe lo que dice.
DON SANCHO-. Mas es la verdad, don Diego.
DON DIEGO-. La verdad es que los mozos
enamoradizos y ciegos
presumen aleccionando
a los más canos y viejos.
DON SANCHO-. Vamos, bebamos el vino
y el caso discutiremos
como dos buenos amigos,
como grandes compañeros.
DON DIEGO-. Debéis templaros, muchacho,
porque cualquier joveneto
pierde la vida y el alma
con ser menos pendenciero.


ESTAMPA IV

Interior del palacio de don Pedro. Don Pedro discute con su escudero:

DON PEDRO-. Habré de llevar la espada,
señalando que la muerte
quiero para el que se atreva,
pues esto es cosa prudente.
ESCUDERO-. Mejor es, en estos casos,
puesto que amores pretende,
llevar las cosas con calma.
DON PEDRO-. ¿Y ser yo condescendiente?
No es menester que mi genio
de esta forma se doblegue
al capricho de un muchacho
que sabe ser insolente.
ESCUDERO-. A mal estáis con el mozo.
DON PEDRO-. Lo estoy con quien me parece.
ESCUDERO-. Pero en nada os ha ofendido.
DON PEDRO-. Es que a mí todo me ofende.
Y, pues me miro ofendido,
se que en el ánimo quiere
arder una nueva hoguera,
porque mi pecho se enciende.
No pienso yo que a una niña
busque siempre de esta suerte
un galán que no se calla,
pues lo murmuran las gentes.
ESCUDERO-. ¿Mas qué murmuran?
DON PEDRO-. Murmuran
todo aquello que me hiere,
que es el honor lo profundo
que en el alma siempre duele.
ESCUDERO-. Solo cantó unas canciones.
DON PEDRO-. Nada escuché, mas se siente
un rumor que dice amores,
que no serán nunca bienes.
ESCUDERO-. ¿Qué sabéis vos?
DON PEDRO-. Lo que digo.
ESCUDERO-. ¿Quién os lo dijo?
DON PEDRO-. La gente.
ESCUDERO-. ¿Pero la gente de dónde?
DON PEDRO-. Los vecinos.
ESCUDERO-. ¡Vaya siete!
DON PEDRO-. Son gente rancia y son nobles,
y en su nobleza se entiende
que la verdad que me dicen
es asunto que me hiere.
ESCUDERO-. No hagáis vos caso de nadie
y dejad que os aconsejen
los que viven en la casa,
los que os aprecian y quieren.
DON PEDRO-. ¡Vino con raro instrumento
a esta calle y no se puede
dejar que a una niña tierna
le canten coplas!
ESCUDERO-. Se entiende,
señor, que la niña es niña
a los ojos del que viere
la niñez en sus ojuelos,
en su cabello y la frente.
Porque es moza casadera,
y bella es si la pretenden,
y los dulces madrigales
no son burlas ni la hieren.
Son versos muy delicados,
llenos de suaves vaivenes
en que la rima maldice
al amor con que la quiere.
DON PEDRO-. Él no es ningún Garcilaso,
no es Petrarca y no se quiere
que cante aquí cada noche.
ESCUDERO-. Pero no se desespere
vuestra merced con este suceso,
pues él dice que la quiere
y los dos podrán casarse.
DON PEDRO-. ¿Y que no me desespere?
ESCUDERO-. También él tiene riquezas,
su nombre es alto, y es gente
que tiene gran nombradía
en las tierras de Alburquerque.
DON PEDRO-. No me gusta que me burlen.
ESCUDERO-. Señor, de un linaje viene
que es por muchos envidiado.
DON PEDRO-. Si busca el amor que espere,
o podrá probar mi espada,
que mi espíritu valiente
sabrá batirse y es justo.
ESCUDERO-. Es cambiar males por bienes.
DON PEDRO-. ¡La deshonra que supone
ese insano mequetrefe
canto tristes canciones
del amor y sus vaivenes
no es un bien, sino una afrenta
para quien de honor entiende,
que yo más no he de sufrirlo,
supuesto que nadie debe!
ESCUDERO-. De todos modos, es digno
cantar amores y quieren
las gentes los amoríos
escuchar en versos breves,
porque suelen, por las noches,
cantar los amores crueles
los amantes cuando rondan.
DON PEDRO-. No es bueno que tanto penen.
Quiere el rey gente en la guerra,
pueden irse con los Gelves,
siguiendo al noble bastardo
don Juan, que es hombre valiente.

Se va don Pedro.

ESCUDERO-. No recuerdan los amores
los que llegaron a viejos,
pues dicen que sus consejos
han de ser siempre mejores.
Pero suelen los dolores
apretar a los amantes,
pues que solo unos instantes
son en esto suficiente
para que un mozo lamente
situaciones inquietantes.
Y yo vivo enamorado
a don Sancho entiendo bien,
porque lamenta el desdén
que lo tiene enajenado.
Es él un hombre educado
y bien quiere a mi señora,
pues le canta, hasta la aurora
su más tierno y dulce amor
en que llora de dolor
y su tristeza deplora.
Y del mismo modo vivo
y lamento mi querer
por amor de una mujer
a la que versos escribo.
Que por ello me desvivo,
puesto que es dulce el amor
que, negando su favor,
nos hace sentir anhelos
para darnos los desvelos
y llenarnos de dolor.

Toma un papel en el que va leyendo, con recitado enfático:

Tiene el amor codicioso
las desdichas, los afanes
en que enciende los volcanes
de su fuego poderoso.
Y hasta el pecho vigoroso
siente su fuego y dolor,
pues es siempre doloroso
el camino del amor.
Y, como al cabo asesina
la pasión que arde en el pecho,
es el amor el despecho
del que el sensato abomina.
Pero la suerte mezquina
me condena en su rigor,
pues mi destino camina
los caminos del amor.
Que, viéndome acelerado
por esos hondos anhelos,
fundir infiernos y cielos
es acaso celebrado.
Por eso vivo apagado,
porque, falto de favor,
la doncella me ha negado
un sendero hacia su amor.
Y es un vivir sin sosiego
este vivir con apuro,
pues es el camino duro
si arde el suelo como fuego.
De los amores reniego,
que un destino de dolor
aguarda al que sigue a un ciego
a la senda del amor.
Que, en suma, si es doloroso
perderse en este vergel,
se hace amargo como hiel
este sendero escabroso,
puesto que el mal amoroso
no es el destino mejor
para quien siente el acoso
en la senda del amor.

Dejando de leer:

Doña Marina del Valle
y Fernández del Hornillo,
alba clara, puro brillo,
blanca rosa y fino talle,
dulce regalo, detalle
de la aurora que nos mira,
bella verdad si es mentira
y, si mentira, verdad,
alba clara y majestad
por la que el mundo suspira…
Clara luz, clara belleza
y en todo fina hermosura,
la razón de mi locura
y el poder de mi tristeza,
pues que su blanca belleza
arranca del pecho mío
la razón de mi albedrío,
la voluntad que no tengo,
el mal del que me prevengo
y ese bien que ya no es mío.
Y morir por vos muriera,
ya que sois vos mi señora,
luz que me trajo la aurora,
verde en verde primavera.
Y, por ser vuestro, quisiera
gritar, como el vagabundo,
diciéndole a todo el mundo
las razones de esta herida
que el amor tiene encendida
con un corte tan profundo.

ESTAMPA V

Mesón de la villa. La mesonera dirige a sus dos mozas en el interior de mesón:

MESONERA-. Tres semanas llevo fuera
y hallo perdida la casa,
el polvo por los pasillos
y en los muros telarañas.
Cuando miro lo que hicisteis,
encuentro sucias las sábanas,
y no digamos la ropa.
MOZA 1-. Yo la lavé en agua clara.
MOZA 2-. Pues por lo visto era turbia.
MESONERA-. Mal la lavasteis, mas basta,
que, de aquí en lo sucesivo,
yo misma os veré lavarla.
MOZA 1-. No habéis contado, señora,
cómo queda vuestra hermana.
MOZA 2-. ¡Como si ese fuera asunto
que a nosotras importara!
MESONERA-. Mi hermana, después del trance,
de todo queda curada,
mas no quedaréis vosotras,
que no hacéis bien las coladas:
Que yo habré de castigaros,
pues que se os sabe alocadas,
y todo el pueblo lo grita,
y hasta los ciegos lo cantan.
Y, decidme, en estos días,
¿cómo ha estado la posada?
MOZA 2-. La posada bien señora,
mas la villa trastornada.
MOZA 1-. Acaso como nosotras.
MESONERA-. Si no valéis para nada,
que no acertáis con las cosas
que cada día se mandan.
Y, ya que sois de rumores,
porque nada se os escapa,
¿qué tal la vida en el pueblo?
MOZA 2-. Pues la verdad que animada.
MOZA 1-. Hay un asunto de amores
que tiene ya alborotada
a la gente de la villa.
MOZA 2-. Todos lo hablan en la plaza.

Llegan al mesón don Sancho y don Diego:

MOZA 1-. Señora, dos caballeros
han entrado en la posada,
que el vino querrán.
MOZA 2-. Seguro.
Iremos a por las jarras.

Las mozas van por todo lo necesario para servir a los huéspedes:

MESONERA-. Don Diego de Monteviejo
y del Villar de Carranza,
venís bien acompañado.
DON DIEGO-. Di que nos pongan dos jarras.

Inmediatamente les sirven.

MESONERA-. Es buen vino, señor mío,
que dicen que la garganta
se endulza con gusto suave
y el paladar que lo pasa.
DON DIEGO-. Bien lo sé, que lo he probado
y es de mi gusto.
MESONERA-. Esta casa
siempre os guarda el mejor vino.
DON DIEGO-. Bien lo sabe el que lo paga,
y es el caso que me gusta,
que por tomar otra jarra
vengo siempre satisfecho.
MESONERA-. Eso, don Diego, me agrada.

Las mozas y la mesonera se van a hacer sus labores.

DON DIEGO-. Te decía que estas cosas
suelen ser muy complicadas,
que nadie del mal de amores
podrá decir que se escapa.
Es perdición y es terrible,
y, pues es cosa tan mala,
bueno es decir qué es preciso
en la intención de curarla.
Pero, porque soy curioso,
que es cosa que a nadie espanta,
me diréis primeramente
quién es y cómo se llama.
DON SANCHO-. Sabedlo, pues es lo justo
deciros quién es la dama:
doña Aldonza de Fuenfría
es su nombre.
DON DIEGO-. Bella dama.
DON SANCHO-. ¿La conocéis?
DON DIEGO-. La conozco.
DON SANCHO-. Pues ella me roba el alma,
ella mi pecho destroza,
y, a decir verdad, me mata.
DON DIEGO (tras un trago)-. Mas noble es el vino añejo
que veis dentro de la jarra,
porque en grandes cantidades
a los borrachos engaña,
que el amor que se reduce
a unas falsas esperanzas
cuando es ella presumida,
que a los más nobles desarma.
DON SANCHO-. ¿Y no ha de amarme?
DON DIEGO-. No creo:
es orgullosa esta dama,
y dice que en lo más alto
está el linaje y las armas
que se ven en el escudo
que, a la puerta de su casa,
su grandeza y nombradía
con arrogancia amenaza.
DON SANCHO-. ¿Y no ha de quererme entonces?
DON DIEGO-. Olvidad las esperanzas,
porque no es ella señora
que pueda ser alcanzada.

Don Sancho vuelve a acompañarse del instrumento para disponerse a cantar:

DON SANCHO-. Quiere el amor ser tortura,
pues, negando su belleza,
se ha mostrado con dureza
cuando mi pecho se apura.
Y arde en esta quemadura
la esperanza que me niega
cuando su fuerza despliega,
con el ánimo insincero,
para indicarme que espero,
un regalo que no llega…
Y es preciso, en este trance,
confesar las emociones
que me llenan de pasiones
donde no existe un romance.
Y ya que no tiene alcance
su singular hermosura,
ya que la vida me apura
con su dulce ligereza,
quiero yo amar la belleza
si es que mi pecho tortura.
De este modo he de cantar
denunciando los rigores
que conmigo los amores
quieren, crueles, aplicar.
Y, pues he de soportar
el dolor de mi castigo,
será mi consuelo amigo
confesar estas pasiones,
que las lejanas naciones
sabrán servir de testigo.
Que ellas dirán la verdad
de todo mi sufrimiento
donde me falte el aliento
que me niega una beldad.
Y es rara oportunidad
poder hallar tal dolor,
pues es un rayo de amor
lo que se dice este rayo,
cuando causa mi desmayo
para darme más dolor.

Comienza a cantar:

Siempre ha de ser desdichado
el que enamorado vive,
que, si la flecha recibe,
también vive enamorado.
Triste del enamorado
que se pierde en su camino.
Pues es el amor mezquino,
cuando suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Que la esperanza de un beso
acaso es desesperanza,
porque nubla la confianza
cuando se torna en exceso.
Pues ese beso travieso
quiere ser amor ardiente.
Y, si es el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.
Y, en viendo que el amor mata,
en viendo que siempre hiere,
no es lo más justo que espere
clemencia a quien arrebata.
A su gusto nos maltrata,
si se convierte en destino.
Que es, de este modo, mezquino,
porque suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Y el que pide esos amores
que lo mire con prudencia,
que la prudencia es la ciencia
para evitar los errores.
Mala cosa los amores
son al decir de la gente.
Y, si es el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.
Que dicen del condenado
que padece en las galeras
que tristes son sus esperas
hasta verse liberado.
Y llora el enamorado
cuando mira su camino.
Pues, de este modo, es mezquino,
cuando suele, con su flecha,
encender alguna endecha
en quien llora peregrino.
Que en locura se derrama
la luz que se ve en la altura
cuando en sus brillos procura
ser retrato de una dama.
Enciende la viva llama
que no se sacia en la fuente.
Pues, siendo el amor doliente,
no será hermoso el desdén,
pues, negando el mayor bien,
hace la sed más ardiente.

TELÓN

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez





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