Noche Magica (Escrito por andres_bolig)
Noche mágica A quilómetros de aquí caminando sin saber Que el destino quiso encontrar el amor Sin pensar en nada, sin pensar en...
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COMPLICACIONES DE LA VIDA REAL: MÁS ALLÁ DE LO ABSURDO. Capítulo 2º.

Autor: diego almansa ortega
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 20/04/2013
Leído: 2025 veces
Comentarios (7)
Valoracion de la obra: 10

W.R.C, Wenceslao Carrasco Sotomayor, nuestro protagonista treintañero y casacarrabias, sufre un nuevo traspiés. Esta vez con Hacienda. Lo que desconoce es que éste será el menor de sus problemas, pues la estupidez y malfuncionamiento de las sociedades humanas deja de largo el infinito.

CAPÍTULO  10

Hacienda

Miércoles, 14 de julio de 2010

 

 

            Las tareas programadas en el día de la meada reivindicativa se me fueron al traste. Lo que me quedaba de mañana aquel martes, lo dediqué a interponer un recurso apelativo ante los desmesurados 150 euros de multa, sanción evidentemente abusiva cuando, incluso, me ofrecí a regresar arrepentido al lugar de los hechos, disculparme, y fregar yo mismo mis pestilentes efluvios; castigo que hubiera podido considerarse justo y dentro de lo razonable.

 

            Reorganicé mi agenda para el miércoles, saliendo de casa a la misma hora para realizar los recados pendientes.

            La nueva mañana era idéntica a la anterior, me envolvía una meteorología veraniega muy típica de las fechas. Solamente una pequeña, extraña y compacta nube blanca, manchaba el azul del cielo. «Quizás sea un ovni camuflado», recuerdo que me planteé ante su imagen.

            Me dirigía, tal como el frustrado intento del día anterior, hacia la delegación de Hacienda. El motivo de mi visita se debía a un retraso, por parte de este organismo, correspondiente a un ingreso en mi cuenta bancaria referente a la modesta devolución del IRPF a la que tenía derecho, unos 200 euros largos. Incluso, podría utilizarlos, si no me quedaba más remedio, para pagar la inesperada multa que ayer se presentó entre mis gastos del mes.

 

            En la fachada del cuadriculado edificio, atestado de ventanas como una colmena, ondeaban, de sus respectivos mástiles, cuatro vistosas banderas. Representaban diversos ámbitos territoriales, que abarcaban una escala ascendente desde la ciudad hasta la propia patria (o país, para los que, como yo, no tengan muy aferrados los sentimientos nacionales; ya que el mercado de países es más cutre que el de marcas de calcetines. Donde no lapidan a las mujeres, se dedican al consumismo, a las drogas y a la contaminación. Todavía no he encontrado uno que apruebe en ética y moralidad).

            Una vez superado el guardia de seguridad  y el detector de metales, que tan siquiera pitó ante las llaves de casa que guardaba en mi bolsillo, me dirigí hacia el mostrador de información.

            ―Buenos días. Venía para informarme de cuánto tardan en hacer los ingresos de las devoluciones del IRPF―saludé y expuse mi duda, a un empleado con gafas y el pelo tan rizado que parecía un negro de la sabana, aunque, en realidad, era más blanco que yo.

            ―Tardan una o dos semanas desde que la entregas ―me respondió conciso.

            ―¡Vaya! Pues es que yo confirmé el borrador por internet hace un mes, y aún no me ha llegado nada.

            ―A ver… ―pensó el funcionario―…pase por aquella mesa y pregunte allí ―me dijo, señalando la mesa 11, con el brazo totalmente estirado induciéndole una precisión matemática.

            ―Vale, gracias.

            En el escritorio había un señor, calvo esta vez, sentado frente a un ordenador.

            ―¿Sí? ―me invitó, al notar mi presencia, a exponer mi cuestión.

            Volví  a explicar, brevemente, la cuestión. Acto seguido,  este segundo funcionario se giró hacia la pantalla del equipo y colocó sus manos sobre el teclado.

            ―¿Nombre?, por favor ―solicitó.

            ―Wenceslao Carrasco Sotomayor.

            Tras mi respuesta, levantó un pelín la mirada para contemplarme un instante, dibujando una fugaz mueca risueña en sus labios. Mi nombre suele causar gracia a mucha gente. Supongo que porque suena algo ridículo.  Aun así, ya estoy harto de las bromitas varias que me gastan frecuentemente en torno a él, y cada vez me molesta más cualquier mínimo tipo de burla.

            Mi madre, cuando me oye quejarme de él, me cuenta que me lo pusieron en honor a mi abuelo, que fue un gran hombre que nunca tuvo problemas con nadie, y que incluso durante la guerra, en su trabajo como enfermero, ayudaba a los heridos de uno y otro bando por igual. ¡Claro! Ante tales argumentos, no suelo tener más salida que cerrar la boca.

            Afortunadamente, aquel calvo no soltó ningún comentario sobre mi nombre y se limitó a teclearlo en su computadora. Después de unos segundos de espera, y de un fruncimiento de cejas por su parte al observar los datos, comenzó, la que iba a ser, la segunda discusión de la semana.

            ―Aquí no viene que hayas entregado nada ―me advirtió, moviendo la cabeza como si fuera un muñeco de esos con forma de perro y con la cocorota suelta, que solían colocar en los salpicaderos de los coches como adorno.

            ―¿Cómo que no? Si lo hice todo por internet ―repliqué yo.

            ―Pues algo debiste hacer mal porque aquí no me aparece nada ―echó la culpa a mi ineptitud.

            ―Yo recuerdo que solicité todo por internet. Si hasta tuve que rellenar mis datos y todo. A lo mejor se colgó la red o el servidor; en cualquier caso, no fue culpa mía. Yo lo envié, y a mí no me llegó ningún mensaje de error.

            ―Pues no sé… ―se quedó en blanco el funcionario sopesando mis argumentos ―Lo peor es que el plazo se acabó ayer, y, si te lo tramito ahora, seguramente, te pondrán una sanción por retraso.

            ―¿Cómo que una sanción! ¿De cuánto? ―me sorprendí ante el ensañamiento punitivo de la Hacienda Pública.

            ―Creo que es de un 40%, aunque puedes recurrir. De todos modos, eso de internet no sé si va a colar ―dudó el calvo, con pelo de fraile, de mi honestidad.

            ―¡Pero bueno! ¡Esto es de locos! ¡Lo primero: es un dinero que es mío, ¿cómo es posible que me sancionen por no pedir lo que es mío! ¡Si lo que tenían que hacer es dármelo directamente sin que tenga que reclamarlo! ¿O acaso es que la gente prefiere regalárselo a Hacienda? ―empecé a alterarme ante tamaño abuso de poder por parte de un ente público.

            ―Si yo te entiendo, pero es la ley que tenemos. Yo no puedo hacer nada. Lo único: pedirte ahora tu devolución; pero ya te digo que, seguramente, te sancionarán por el retraso ―me intentaba calmar el funcionario, intentando quitarse el muerto de encima.

            ―¡Pero si sólo me he retrasado un día! ¡Un día! ―repetía yo mientras le esgrimía mi índice, enhiesto y en solitario, delante de sus narices.

            ―Ya, si lo sé; pero como no sea por causa de fuerza mayor, no creo que te hagan caso.

            ―¡Esto es la hostia! ¡Me sancionan por no reclamarles un dinero que es mío! Entonces, si se me hubiera pasado, se lo habrían quedado todo ¡No son listos ni nada los de Hacienda!

            ―Bueno, lo que usted diga, pero así no va a arreglar nada. Yo se lo voy a pedir, y pondré aquí que ya lo realizó por internet. En unas semanas, ya le contestarán por carta lo que sea definitivo ―finiquitaba el fraile, de este modo, la engorrosa reclamación.

            ―¡A ver qué remedio! Pero vamos, que es una vergüenza. Ahora resulta que voy a tener yo la culpa de que el servicio que ofrece Hacienda por internet sea una auténtica mierda ―me desahogué en mis últimas ráfagas de protestas, dándome por vencido.

 

            Finalmente, acepté la sugerencia del funcionario. Él tampoco tenía culpa de nada, pero con alguien tenía que expresar yo mi indignación. La culpa la tuvo La Porky. Si no hubiera sido por la discusión de ayer con la “caragorrino”, habría llegado dentro del plazo y no hubiera existido ningún problema. En fin, ¡qué se le va a hacer! Solamente me quedaba confiar en que me sonriera la suerte con el argumento del fallo de internet, y que me devolviesen así, los 204 euros íntegros que me correspondían respecto a mis cotizaciones tributarias. Y a las malas, al menos cobraría unos 120. No deja de ser un abuso, mas con algo tengo que consolarme. Ahora sé por qué la gente se queja tanto de Hacienda.

            Mirándolo por el lado bueno, al menos, esta vez, no había acabado meándome por las oficinas.

 

            Retomé el camino de regreso a casa caminando, a paso rápido, mientras escupía insultos mentales contra todo el cuerpo impositivo dependiente del Estado. Entre el indulgente sol que derretía el asfalto, y el excesivo trote que impuse a mis piernas, pronto humedecí mi camiseta de “Epi y Blas”, sobre todo por la espalda, la llevaba calada. Era una prenda que, según mis absurdas supersticiones, siempre me había proporcionado buena suerte. Sin embargo, ante los últimos acontecimientos, debía de haber caducado su efectividad. En realidad, la camiseta no mostraba ningún dibujo de los citados héroes infantiles.  Tejida en  sencillo y humilde algodón, lucía una curiosa trama de rayas horizontales en vivos colores. Precisamente por éstas, se le asignó, en su día, el sobrenombre de camiseta de “Epi y Blas”. Una vez, mi madre se refirió a ella con este apelativo porque le recordaba a las vestimentas de los citados personajes de Barrio Sésamo (no explicaré la trama de este programa ya que considero imprescindible, para alcanzar un mínimo grado de cultura, el conocimiento del mismo); desde entonces, siempre la he denominado así. Me parece una excelente descripción. De todos modos, no dejaba de estar un tanto anticuada, y, ahora, también sudada, por lo que aminoré la marcha y busqué el lado de las aceras gratificado con la sombra.

            Cuando me olvidé de la camiseta, empezó a molestarme el pantalón del chándal. Sé que muchos calificarán de estúpida la ocurrencia de vestir de largo en pleno mes de julio, pero tengo un poco de complejo de enseñar mis raquíticas canillas, escuchimizadas y blanquecinas por la preocupante falta de deporte y de exposición al sol.  El caso es que, por culpa de la ineficacia del elástico que se ajustaba a la cintura, el pantalón se me iba bajando, poco a poco, hasta acabar pisándome los bajos. Estos detalles me molestan sobremanera. Me vi obligado a detenerme y a usar el maldito cordón adicional que incluía el pantalón, supongo que para casos como éstos. Aunque el endiablado invento se asemeja más al bramante que a un sustitutivo del cinturón.

            Lo peor de todo es que es dificilísimo encontrar pantalones de chándal sin esta tara. Ya puede ser de marca o sin ella, que todos achacan del mismo defecto. Quizás sea una confabulación de las grandes empresas de ropa deportiva para obligarme a cambiar a los vaqueros, y evitar así perjudicar su imagen con mi careto. Sin embargo, yo me seguiré resistiendo. No se puede comparar la comodidad de la poliamida o poliéster con la de la ruda tela tejana.

            Con la intención de que remitiese mi enfado, deambulaba tranquilamente mientras echaba un vistazo a algún que otro escaparate; en especial, los de libros, música, videojuegos o electrodomésticos. Son los que más me atraen. Me detuve frente a una cristalera donde exponían varias televisiones ultraplanas, de última generación. Intentaba enterarme del tráiler de un estreno cinematográfico, emitido en todas las pantallas simultáneamente, cuando oí que se acercaba un motorista pedorreando estruendosamente con su infernal máquina. Tal ruido suele ejercer un lógico efecto sobre mi persona: me hincha los huevos, dicho vulgar pero claramente. Cuando la distancia entre la moto y yo alcanzó su cota mínima, el ruido fue ensordecedor. Ni 20 puñeteros tráilers (esta vez me refiero a camiones y no a promociones de cine) de 12 ejes, armarían tanto escándalo como ese bullicioso ciclomotor que, tan siquiera, podía superar los 100 kilómetros por hora.

            Me vi obligado a desahogar mi imperante rabia. En caso de contenerla podría ocasionarme, incluso, una incipiente tendencia al parkinson.

            ―¡¡GILIPOLLAAAASSSS!! ―le grité a voz viva, mientras el delincuentillo acústico se alejaba sin enterarse, estoy por apostarlo, de la misa la media.

            Quedé algo más calmado, aunque algunas mujeres que me rodeaban me miraron como si fuese yo el desquiciado mental. Solamente un viejillo se mostró comprensivo con mi conducta.

            ―Déjalo… a ver si se mata contra una farola ―le deseó el abuelete, con saña, a aquel mezquino perturbador del silencio.

            ―A mí, con que les multasen por armar tal jaleo me bastaba ―rebajé yo el excesivo castigo sugerido por el sexagenario―. Dejas el coche un minuto en doble fila y ya están con la libreta preparada, pero a estos escandalosos, que joden a todo el mundo, les dejan irse de rositas tranquilamente ―le expliqué los motivos de mi indignación, y de mi consecuente reacción, al empático jubilado.

            Estos incidentes los olvido, relativamente rápido, hasta volver a toparme con el siguiente motorista estridente. La estadística la cifro, aproximadamente, en 3 ó 4 veces al día; a no ser que evite salir de casa en toda la jornada. Durante el resto del camino de vuelta, pude gozar, al menos, de la serenidad deseada.

            Cuando me encontraba cerca de mi hogar familiar, divisé un folleto publicitario, tamaño cuartilla e impreso en un verde desvaído,  posado tristemente en el suelo. Como yo, al igual que los gatos, peco de exceso de curiosidad, me agaché a recogerlo para enterarme del producto que vendía y, como acostumbraba en similares ocasiones, realizar una crítica particular de la calidad publicitaria del panfleto, además siempre existía la posibilidad de enterarme de algo interesante.

            Se trataba de un nuevo gabinete psicológico que acababan de abrir en la ciudad, y decía algo así:

 

 

CENTRO DE PSICOTERAPIA BREVE

Ismael Torres  (Psicólogo  titulado)

NIÑOS-ADOLESCENTES-ADULTOS

 

 

TRATAMOS:

Problemas de ansiedad,

Angustia, Estrés, Miedos,

Fobias, Obsesiones, Depresión.

Trastornos Alimentarios:

Anorexia y Bulimia.

Problemas de Conducta.

Dificultad de Aprendizaje.

Problemas de pareja y familiares.

 

TELÉFONO  555 28 12 77

Avda. de los girasoles, 28

 

CUENTA CON NUESTRA AYUDA DESDE JULIO DE 2010

 

PRESENTANDO ESTE FOLLETO,

1ª CONSULTA GRATUITA.

PIDA CITA PREVIA POR TELÉFONO.

 

 

            Tras leerlo por encima, me planteé la idea de acudir a esa primera consulta gratuita. Pensé que, quizás, mi cerebro podría adolecer de algún pequeño defecto mental y no haberme percatado en absoluto. De hecho, mis últimas conductas tampoco habían sido muy normales que digamos.

            Decidí que merecía la pena salir de dudas, y, siendo gratis, no tenía nada que perder. Por supuesto, lo mantendría en secreto. Por el momento, nada de divulgarlo entre mis padres o amigos por mucha confianza que éstos me ofreciesen.

            Con el papel entre las manos y mis cavilaciones en las nubes, continué mi recorrido en busca del placentero frescor del hogar. No tenemos aire acondicionado, pero al vivir en un primero de los años 60, logramos mantener la temperatura dentro de unos límites admisibles.

            A pesar de mis 29 años, todavía vivo con mis padres. La idea de independizarme me atrae cada vez con más fuerza; no obstante, mis irrisorios ingresos laborales y, consecuentemente, mis ahorros totales, junto con el miedo a tener que prepararme yo mismo las coladas y comidas, logran que me eche atrás cuando me permito soñar con ello.

            Pasaban 20 minutos del mediodía cuando miré el reloj, justo antes de entrar al edificio. Al parecer, acababa de pasar el cartero, pues algunos sobres se asomaban por las rendijas de los buzones. Seleccioné la llave más diminuta de las que colgaban en mi llavero de la Caja Rural, y abrí el cajetín metálico de propiedad familiar.

            Teníamos 3 misivas: una era la factura eléctrica, otra del centro de donantes de sangre, y una tercera del INEM, ésta última a mi nombre. Las demás, se dirigían a mi padre; seguramente para sacarle el dinero y la sangre, respectivamente. La impaciencia me impulsó a abrir primero la dirigida a mi persona. Después procedería de igual modo con el resto, pues eso de la confidencialidad de la correspondencia no es aplicable con los padres.

            Como compensación al disgusto de Hacienda, el destino me había recompensado con una entrevista para un puesto de ingeniero informático. Me citaban para el viernes, 23 de julio, a las 11 de la mañana, en una dirección que no me sonaba de nada (como informático que soy, me gusta escribir los números como tales, siempre que lo considero oportuno. Como prueba, ya lo he estado haciendo desde el principio, y no pienso cambiar esta sana costumbre en mi propio diario).

            Entré a casa mientras rasgaba, a lo bruto, los otros 2 sobres. En uno, agradecían a mi padre sus generosas aportaciones de plasma tipo A positivo, a la vez que le felicitaban por su cumpleaños. Me vino muy bien porque, de paso, también me informaron a mí de la onomástica (perdón, después de buscarlo en el diccionario me he enterado de que este sustantivo corresponde al santo; aniversario era la palabra que deseaba utilizar; prefiero corregirlo aclarándolo, que con un tachón). Supongo que no podía eludir comprarle algún detallito.

            El segundo sobre incluía, simplemente, el importe a pagar por kilovatios mensuales consumidos.

            Avanzando por el extenso pasillo, enseguida se me introdujo en las fosas nasales un apetitoso aroma a carne guisada con ajos, una de las mejores especialidades del abanico culinario de mi madre.

            Efectivamente, cuando irrumpí en la cocina, allí se encontraba ella cocinando. Esporádicamente, cuando la tarea le daba un respiro, echaba un vistazo a un pequeño televisor que tenemos instalado en la pared, intentando coger la onda de los aburridos programas matutinos. Al contrario que yo, a mi madre le gusta tomarse su tiempo para preparar las comidas; aunque, de todos modos, tampoco suele tener las mañanas muy ocupadas; aunque, si me oye afirmar esto, es probable que me lo rebata con una colleja.

            ―Ya estoy aquí ―dije a modo de saludo.

            ―¿Ya has arreglado lo de Hacienda? ―me preguntó sin darle demasiada importancia.

            ―Sí. Dicen que me llega en unas semanas ―mentí, para que no me abroncase por mi dejadez, a la hora de arreglar papeles, con su típico «ya te lo dije».

            No sé cómo se las arregla para cargarme a mí, en exclusiva, con la culpa de todas las desgracias que me ocurren. ¡Digo yo, que la suerte y otros factores externos también influirán algo! Sin embargo, desde su punto de vista, el hecho de que los planes salgan bien depende solamente de mis aciertos. Menos mal, que ya domino la técnica de hacer oídos sordos cuando empieza a esgrimir tales argumentos.

            ―La luz y los donantes de sangre ―informé dejando el correo, excepto el propio, sobre la encimera y junto a un plato de cebolla cortada que luchaba por hacer llorar a mi madre.

            ―No empieces a dejarlo todo por ahí regado. Ponlo en la mesa ―me increpó, achacándome mi inclinación hacia el desorden.

            Previamente a acatar el mandato, rebusqué, en uno de los armarios de la cocina, alguna clase de bollo con chocolate para matar el gusanillo. Mi cuidadora vitalicia (acabó de reparar en la escasez de sinónimos de madre) también me solía recriminar mi excesivo consumo de cacao; señalándolo como causa directa a varias caries que, siendo yo niño, afectaron  a mi dentadura. Yo me defendía razonando que era debido al pernicioso hábito de no lavarme los dientes, el cual ya había corregido; pero, por mucho que se lo repitiese, nunca terminaba de convencerla.

            Di con una especie de magdalena de chocolate y, nada más despegarle el rugoso envoltorio que la contenía, le asesté un mordisco en la copa, y volví a recoger las cartas desperdigadas.

            ―Meu han llaumao pala una entevizta e vienes que viene ―intenté vocalizar, mientras masticaba,  ofreciendo a mi madre la buena nueva.

            ―¡Ah, sí? No hables con la boca llena que no te entiendo ―se sorprendió ante la concesión de una nueva oportunidad laboral para su hijo, sin dejar de reprenderme por mi falta de educación a la hora de nutrirme.

            ―Sí ¡A ver qué pasa! ―reafirmé yo, intentado no crearme falsas esperanzas.

            ―Tú compórtate y vístete bien, que siempre vas medio desaliñado.

            ―Cómprame un smoking  y un monóculo, y seguro que me dan el trabajo ―ironicé, sin perder el sentido del humor, dando por finalizada la charla.

            Acto seguido, me dirigí hacia mi habitación; dejando, de paso, las cartas de mi padre sobre la mesa del salón.

            La cama estaba hecha, perfectamente presentada y almidonada, como si de una maqueta a tamaño real se tratase. Mi madre solía encargarse de ello; no sé si para mantener la casa totalmente arreglada, o para reprocharme mi holgazanería a posteriori. No obstante, si pretendo ser sincero, he de discrepar alegando que me parece absurdo ordenar una cosa a sabiendas de que la vas a desbaratar 16 horas después, considerando que se duermen las 8 recomendadas; si bien, en mi caso, éstas aumentan a unas 10. Otra cosa muy distinta, es la periodicidad de la limpieza, ya que la suciedad es acumulativa, ergo no se puede comparar como caso similar aunque mi progenitora acostumbrase a meterlo todo en el mismo saco. Cualquier testimonio era válido con tal de que contribuyese a aumentar mi expediente de delitos caseros.

            Pasando a otro tema, decidí volcarme en los asuntos verdaderamente importantes que tenía entre manos. Afortunadamente, y gracias a las aportaciones pecuniarias de mis padres, gozaba del capricho del servicio de internet, instalado éste sobre mi escritorio sueco (para los entendidos, ya habrán deducido que es de los de “mónteselo usted mismo”); y que me venía de maravilla para todo tipo de trámites.

            Encendí el ordenador. En lo que tardaba en reinicializarse, aproveché para acercarme al baño a echar una meada y a beber un poco de agua directamente del grifo,  tampoco soy muy escrupuloso, a ver si me ayudaba a digerir la magdalena.

            De vuelta a mi cuarto, me topé con una desagradable sorpresa: habían hurgado en mi computadora personal. La prueba se mostraba impunemente ante mis ojos; el fondo de escritorio que yo mantenía instalado habitualmente con una magnífica ilustración de Spider-Man, había sido sustituido por un burdo dibujillo a 4 colores de Bob Esponja. El culpable, sin lugar a dudas, era mi primo Sergio, a quien mi madre solía dar permiso, en su calidad de anfitriona (aunque sin tener potestad para ello, ya que el único dueño del equipo informático era yo), cuando éste aparecía de visita acompañado de mi tía, que no solía prestar especial atención a la vigilancia de su hijo en recintos cerrados.

            Enmendé la blasfemia de tal reemplazo, restituyendo a Peter Parker a su trono particular en mi monitor de 21 pulgadas. Solucionado el pequeño incidente, accedí a la red para buscar información sobre la empresa a la que se refería la oferta del INEM. Tras esperar unos segundos a que mis instrucciones encontrasen respuesta a través de la conexión telefónica, surgió en la pantalla un enlace que llevaba directamente a la página web oficial de la compañía.

            Se trataba  de una firma más importante de lo que imaginé en un principio; abarcando, incluso, ámbito nacional. Los servicios ofrecidos consistían, entre otros, en la producción de asequible software para PYMES,  relacionado éste, principalmente, con tareas contables y administrativas.

            A priori, se revelaba como una perita en dulce para un perfil como el mío ¡Ojalá esta oportunidad  se materializase en la que el destino tenía reservada para mí!

            Memoricé en mi mente la localización geográfica donde, según el Google Maps, se situaba el domicilio indicado en la carta para la realización de la entrevista. Conocía la calle de pasada, pero no la existencia de una empresa, de tales características, en la misma. Probablemente, se escondiese en alguna recóndita entreplanta poco discernible a primera vista.

            Inicialmente, tenía fuerzas para afrontar con ánimo el rutinario trámite del “cara a cara” con el examinador de candidatos. Me prometí prepararme para esta entrevista más que para ninguna otra de las tantas efectuadas. Mi estrategia constaría de 3 puntos:

            Primero: informarme concienzudamente hasta del más nimio detalle de esta empresa.

            Segundo: pedir cuanto antes esa cita gratuita para el psicólogo por si me pudiese servir de ayuda.

            Y tercero: mejorar mi imagen personal comprándome unas gafas; ya que, según mi intuición, aunque no las necesitase, otorgarían a mi aspecto un brillante tinte intelectual.

 

            Trabajé largo rato con internet cumpliendo el primer punto. Se me hicieron las 2 de la tarde, hora a la que se suele comer en mi casa. Pude oír los titulares de las noticias de la región que emergían desde la tele del salón. Aparte de las ondas sonoras, también lograba traspasar las paredes y rendijas de mi cuarto el exquisito aroma de la comida preparada por mi madre. No obstante, antes de que comenzase a babear imaginándome la degustación de los manjares, decidí llamar a ese anuncio callejero de asesoramiento mental, con la esperanza de que cumpliese con las expectativas que aseguraba.

            Utilicé el móvil. No me arriesgaría a usar el fijo; mis padres escucharían la conversación y se enterarían de mi visita al loquero, tal y como, seguramente, lo definirían; pues mis progenitores son del tiempo de los primeros pasiegos, y nunca considerarán útil el valioso trabajo de los psicólogos.

 

            ―Gabinete Ismael Torres, ¿en qué podemos ayudarle? ―me atendió una educada y afinada voz femenina.

            ―Hola. Llamaba por lo de la consulta gratis que ofrecen según un panfleto publicitario que tengo aquí  ―me expliqué dando pie a que verificasen la oferta.

            ―Sí, sí, ¿puedo preguntar cuál es, más o menos, el motivo de su visita? ―esta cuestión me pilló un tanto de sorpresa.

            ―Bueno… vamos a ver… Supongo que por problemas de personalidad ―solté, a botepronto, mientras pensaba una respuesta lo más exacta posible―.Y también, quizás, por inexplicables altibajos laborales ―apostillé para finalizar.

            ―Muy bien. Es por tener una idea aproximada. En principio, realizaremos una especie de consulta previa, de un cuarto de hora de duración aproximadamente; y, a partir de aquí, ya veremos qué podemos hacer. ¿De acuerdo?

            ―Sí, perfecto ―acepté cual caballo regalado incluso sin dientes.

            ―Vale, entonces le podríamos dar cita para mañana jueves. ¿Cuándo le viene bien? ¿Por la mañana o por la tarde?

            ―Me da igual.

            ―Pues… ¿Le parece bien mañana a las 10:20?

            ―De acuerdo.

            ―¿Me dice su nombre para incluirlo en la hoja de citas?

            ―Wenceslao Carrasco Sotomayor ―vocalicé con claridad.

            ―Perfecto. Le esperamos en la dirección indicada en el folleto ―finalizó en tono de despedida.

            ―Muchas gracias. Hasta luego ―agradecí, educadamente, sin disipar la duda sobre la idoneidad de este paso.

            Un arma de doble filo, a tener en muy cuenta,  consistía en la probabilidad de que, el propio psicólogo, me sugestionase a creer en la existencia de algún tornillo suelto dentro de mi azotea, con el objetivo de cerciorarse de una segunda consulta; pero, eso sí, esta vez remunerada.  Asimismo, no creo que desperdiciase la posibilidad de catalogarme como una regadera si con ello lograba engrosar su lista de pacientes. Supongo que todo dependía de la apariencia de rentabilidad que yo le ofreciese, así como de la facilidad para sustraer mis ahorros subrepticiamente.

            Habría que tener mucho cuidado a la hora de discernir la autenticidad de su diagnóstico. A la vez que él desarrollase sus labores de psicólogo conmigo, yo tenía planeado ejercer de policía “cazatimadores” con él. En cualquier caso, no presentía posibilidades de salir perjudicado. Mi autoconfianza en estos momentos era aceptable, por lo que aparqué, temporalmente, los temas psiquiátricos, y corrí a devorar el plato de jugosa carne guisada con ajos que mi madre había preparado. Al mismo tiempo, como aliciente, también me echaría unas risas con otro capítulo repetido de Family Guy, serie mordaz donde las haya.

 



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SATISFECHO
Casualmente ingrese a vuestra pagina, me emociono porque encontre lo que me encanta leer lo que artistas que no son conocidos escriben con la sapiensa y el corazon, mil gracias por existir, Dios los bendiga.
Autor: livardo alvarado bueno | Fecha: 11/01/2016 21:35:50

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It's all so very odd that a democratic (?) party clailng itself Labour in the 21st Century still fights with itself over democratic reforms.The very thought that such a party should have to debate something that should be a given is quite breathtaking.We know that selections in CLPs should be taken by local members without interference, but this isn't the case either within Labour or Zimbabwe and goodness knows how much we try in Libya.The startling bit that left me reaching for my heart pills is the notion that our saviour, Ed (David's little brother) wants to curtail even more democracy by members in favour of those already clased as representative'.Now how do these two points gel together?More local democracy and more less' democracy in favour of the favoured few.I'd much rather see local people asking whomsoever they really want to represent them and as a further bonus for democracy, the unhibited right to alter course as we go along in favour of what we really want and desire in the form of policy.Ok, so my one fault is nostalgia.My other fault is pumpimg money into un-seating Labour Councillors and MPs in protest at the deliberate fixing of elections to gain a result no-one wants.I'll stop when the demands above are met and honesty replaces dishonesty. http://uhfvwhrrxz.com [url=http://pozueoehmo.com]pozueoehmo[/url] [link=http://julzwpkiy.com]julzwpkiy[/link]
Autor: sUiZq2nJ1QJ | Fecha: 16/10/2015 23:45:56

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me podrian<a href="http://homyglrq.com"> ifnarmor</a> donde consigo las consolas que son ediciones especiales.. asi como la que esta enelpe0rador y otra que viu de minecraft cafe, con verde limon y el contro el verde limon tambien.. me urge saber la respuesta gracias!
Autor: aCCjKQVd | Fecha: 15/10/2015 12:23:31

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me parece muy exlneecte la aplicacion yo que hasta ahora comienzo con mi estudio de sistemas me parece practico y agil y que ademas hoy en dia todos los celulares traen estas novedades pero a veces muy complicadas y en ingels uno escasamente habla espaf1ol como prenetender que que coloque una aplicacion y un video a un cel an ingles con solo mover los dedos y ya quedo listo pero para ellos porque uno quedo peor de perdido que cuando encontro las aplicacion todos los empresarios de berias ser practicos y tener en cuenta a los paises de habla hispsna no ganamos dolares pero nos buscamos la forma de adquirir un equipo moderno por aquello de que la tecnologia atroplella dicen los chicos pequef1os y asi mismo con los juegos CREANME que si fueran y manejaran una buena logistica serian mas ricos de los que son y las ventas se dispararian al monton siempre y cuando no fueran tan costosas acaban de aproibar con el gobierno colombiano el TLC y por esa razon y a mi manera de ver lAS COSAS DEBERIAN SER MAS ACEPQUIBLES PARA LOS QUE GANAMOS UN SALARIO PROMEDIO NO TODOS EL MUNDO SE PUEDE DAR EL LUJO DE TENER EN SU CASA UN TV/3D,UN I-POD 5 Y COSAS ASI POR EL ESTILO POR LOS COSTOS TAN ELEVADOS FUERA QUE LA TRAMITOLOGIA ES TAN EXTENSA LOS GRANDES COMERCIANTES DE APROVECHAN DE ESTO PARA PODER COBRAR LO DE ELLOS Y SOLO ELLOS JUSTOIFICAN QUE TODO ESTA CARO PERO NO ESC IERTO ES PARA UN DETERMINADO GRUPO DE PERSONAS QUELA ALTA SOCIEDAD QUE PUEDEN ADQUIRIR ESTOS LUJOS Y POR ESOS ES QUE HAY ATRACOS ,MUERTAS Y COSAS POR EL ESTILO ME DISCULPc1N PARO ES MI MANERA DE PENSAR EN LA POPBRE GENTE QUE COMO YO NO PODEMOS ADQUIRIR UN EQUIPO DE ULTIMA TECNOLOGIA O SI TIENE LA PLATA NO SE LO VENDEN PORQUE ESTA REPORTado en las centrales de riesgo entonces queda uno simplemente con el folleto y la figura en la mente de la persona que muy amablemente se ofrecio para explicarle a uno todos los terminos para uno salir como perro regaf1ado con el rabo entre las piernas y con la sastifaccion que es un buen equipo pero por politicas del mercado no lo puede adquirir que tristeza tan grande que estemos aun en un pais subdesarrollado tengo entendidi que en EE.UU. un i-phone 5 vale casi un dolar y con unplan de 2000 min,y navegacion ilimitada saben cuanto vale aqui en colombia el equipo 1.500000 y con plan economico la factura mensual no le baja de 170/195000 pesos y con ciertas restrincciones entonces para que tanta tecnologia si no la podemos adquirir mil ,gracias un amigo luis carlosoviedo http://jafplyhewvh.com [url=http://uhwjysx.com]uhwjysx[/url] [link=http://alicphsf.com]alicphsf[/link]
Autor: ziFmCbLHtEFm | Fecha: 14/10/2015 10:42:10

ATzdDZ3W
Hace algun tiempo ya lo habia leido pero entre de nuevo a la pangia y recuerdo lo mucho que disfrute al leerlo asi que dicidi hacerlo de nuevo. ^^Acabo de leer el primer capitulo y me encanta, que recuerdos, me fascinan tus fics ^^
Autor: 5MqBRVtLFR | Fecha: 14/10/2015 1:33:23

uovosz7wjs
So I forgot to put Ryan Howard here, and his nemubrs do dictate that he be in the discussion The thing is he isn't even the best player on his team. That might not be his fault, the Phillies are stacked, but if he isn't the most important part of the team, how could he be the most valuable player in the league?
Autor: 5azfNqupQICB | Fecha: 13/10/2015 14:19:45

Si te gusta, puedes leerla gratis enterita.
Envía una crítica de los primeros capítulos al autor y la recibirás en tu email en formato pdf.
Autor: Diego Almansa Ortega | Fecha: 13/08/2014 18:23:08

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